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Tuesday, April 23, 2019
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Conversión y unidad

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

El Santo Padre ha escrito una larga carta -ocho páginas- a los obispos norteamericanos, aprovechando que estaban reunidos en un retiro, en la que les da una serie de pautas para afrontar la grave crisis de credibilidad que atraviesa la Iglesia católica en ese país, debido a los escándalos provocados por los delitos sexuales del clero y por el encubrimiento que llevaron a cabo algunos obispos.

Lo primero que hay que decir es que, con esta carta, el Papa está cumpliendo con su misión de pastor de la Iglesia universal. Una parte de esa Iglesia atraviesa un momento de crisis y él, como vicario de Cristo, acude en su ayuda ofreciéndole unos consejos para que puedan afrontarla con éxito.

En segundo lugar, hay que decir que, en mi opinión, lo que se dice en la carta es excelente. El Pontífice pide a los obispos conversión -lo cual nos viene bien a todos siempre-, y especialmente les pide unidad. Unidad entre ellos y unidad con la Iglesia universal, lo cual explica por qué les pidió que no adoptaran por su cuenta nuevas medidas para luchar contra la pederastia en el clero, sino que esperaran a la reunión que se tendrá en febrero en Roma, con los presidentes de todas las Conferencias Episcopales del mundo.

La apelación a la unidad es una crítica contra la división existente en el seno del Episcopado norteamericano entre liberales y conservadores. Les pide que no utilicen los escándalos para hacerse daño unos a otros y que tengan en cuenta que a veces los medios que se pueden emplear para solucionar un problema pueden tener consecuencias peores que las que generaba el propio problema. No faltará quien interprete esta crítica a la división en el Episcopado como un apoyo por parte del Papa a los liberales frente a los conservadores, a los que se les ha solido acusar de ser más administradores que pastores y de estar más preocupados por la defensa de la doctrina que por el discernimiento misericordioso de los casos concretos. Además, han sido los obispos liberales los que han protagonizado la mayoría de los escándalos, aunque éstos no han faltado en las filas de los conservadores.

Quizá sólo se le puede reprochar a la carta una cosa: lo que no dice. No menciona, ni alude a ello, que la crisis se ha hecho más fuerte a raíz del descubrimiento del comportamiento escandaloso del ex cardenal McCarrick y su supuesta protección por el Pontífice, denunciada por el ex nuncio en Estados Unidos, monseñor Viganò. Tampoco afronta las tensiones y divisiones que genera en la Iglesia norteamericana -y no sólo en ella- la enseñanza de determinados teólogos e incluso obispos sobre cuestiones como la práctica de la homosexualidad, el aborto o el sacerdocio femenino, y que rozan sino es que traspasan los límites del Magisterio de la Iglesia.

En todo caso, vuelvo a repetir, lo que dice la carta es excelente y de su puesta en práctica por todos dependerá en buena medida que la Iglesia católica en Estados Unidos pueda superar su crisis. Si, en cambio, es utilizada por los liberales para golpear a los conservadores -como ya se está produciendo-, sólo servirá para ahondar la fractura interna, pero eso no es, naturalmente, responsabilidad del Papa.

Por su interés, reproducimos algunas de las frases de la carta.

“Muchas acciones pueden ser útiles, buenas y necesarias y hasta pueden parecer justas, pero no todas tienen "sabor" a evangelio. Si me permiten decirlo de manera coloquial: hay que tener cuidado de que «el remedio no se vuelva peor que la enfermedad». Y eso nos pide sabiduría, oración, mucha escucha y comunión fraterna”.

“En los últimos tiempos la Iglesia en los Estados Unidos se ha visto sacudida por múltiples escándalos que tocan en lo más íntimo su credibilidad. Tiempos tormentosos en la vida de tantas víctimas que sufrieron en su carne el abuso de poder, de conciencia y sexual por parte de ministros ordenados, consagrados, consagradas y fieles laicos; tiempos tormentosos y de cruz para esas familias y el Pueblo de Dios todo”.

“La credibilidad de la Iglesia se ha visto fuertemente cuestionada y debilitada por estos pecados y crímenes, pero especialmente por la voluntad de querer disimularlos y esconderlos, lo cual generó una mayor sensación de inseguridad, desconfianza y desprotección en los fieles. La actitud de encubrimiento, como sabemos, lejos de ayudar a resolver los conflictos, permitió que los mismos se perpetuasen e hirieran más profundamente el entramado de relaciones que hoy estamos llamados a curar y recomponer”.

“Somos conscientes que los pecados y crímenes cometidos y todas sus repercusiones a nivel eclesial, social y cultural crearon una huella y herida honda en el corazón del pueblo fiel. Lo llenaron de perplejidad, desconcierto y confusión; y esto sirve también muchas veces como excusa para desacreditar continuamente y poner en duda la vida entregada de tantos cristianos que «muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre» (Cfr. EG 76). Cada vez que la palabra del Evangelio molesta o se vuelve testimonio incómodo, no son pocas las voces que pretenden silenciarla señalando el pecado y las incongruencias de los miembros de la Iglesia y más todavía de sus pastores”.

“Huella y herida que también se traslada al interior de la comunión episcopal generando no precisamente la sana y necesaria confrontación y las tensiones propias de un organismo vivo sino la división y la dispersión, frutos y mociones no ciertamente del Espíritu Santo, sino «del enemigo de natura humana» que saca más provecho de la división y dispersión que de las tensiones y desacuerdos lógicos y esperables en la coexistencia de los discípulos de Cristo”.

“La herida en la credibilidad exige un abordaje particular pues no se resuelve por decretos voluntaristas o estableciendo simplemente nuevas comisiones o mejorando los organigramas de trabajo como si fuésemos jefes de una agencia de recursos humanos. Tal visión termina reduciendo la misión del pastor y de la Iglesia a mera tarea administrativa/organizativa en la "empresa de la evangelización". Dejémoslo claro, muchas de estas cosas son necesarias, pero insuficientes, ya que no logran asumir y abordar la realidad en su complejidad y corren el riesgo de terminar reduciéndolo todo a problemas organizativos”.

“Una nueva estación eclesial necesita, fundamentalmente, de pastores maestros del discernimiento en el paso de Dios por la historia de su pueblo y no de simples administradores, ya que las ideas se discuten, pero las situaciones vitales se disciernen. De ahí que, en medio de la desolación y confusión que viven nuestras comunidades, nuestro deber es -en primer lugar- encontrar un espíritu común capaz de ayudarnos en el discernimiento, no para obtener la tranquilidad fruto de un equilibrio humano o de una votación democrática que haga "vencer" a unos sobre otros, ¡esto no! Sino una manera colegialmente paterna de asumir la situación presente que proteja - sobre todo - de la desesperanza y de la orfandad espiritual al pueblo que nos fue encomendado. Esto nos posibilitará sumergirnos mejor en la realidad, intentando comprenderla y escucharla desde dentro sin quedar presos de la misma”.

“Esta credibilidad no radicará en nosotros mismos, ni en nuestros discursos, ni en nuestros méritos, ni en nuestra honra personal o comunitaria, símbolos de nuestra pretensión - casi siempre inconsciente - de justificarnos a nosotros mismos a partir de nuestras propias fuerzas y habilidades (o de la desgracia ajena). La credibilidad será fruto de un cuerpo unido que, reconociéndose pecador y limitado es capaz de proclamar la necesidad de la conversión”.

“Una fe y una conciencia despojada de la instancia comunitaria, como si fuese un "trascendental kantiano", poco a poco termina anunciando «un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo» y presentará una falsa y peligrosa oposición entre el ser personal y el ser eclesial, entre un Dios puro amor y la carne entregada de Jesucristo. Es más, se puede correr el riesgo de terminar haciendo de Dios un "ídolo" de un determinado grupo existente. La constante referencia a la comunión universal, como también al Magisterio y a la Tradición milenaria de la Iglesia, salva a los creyentes de la absolutización del particularismo" de un grupo, de un tiempo, de una cultura dentro de la Iglesia. La Catolicidad se juega también en la capacidad que tengamos los pastores de aprender a escucharnos, ayudar y ser ayudados, trabajar juntos y recibir las riquezas que las otras Iglesias puedan aportar en el seguimiento de Jesucristo. La Catolicidad en la Iglesia no puede reducirse solamente a una cuestión meramente doctrinal o jurídica, sino que nos recuerda que en esta peregrinación no estamos ni vamos solos”.

“Esta actitud nos pide la decisión de abandonar como modus operandi el desprestigio y la deslegitimación, la victimización o el reproche en la manera de relacionarse….Todos los esfuerzos que hagamos para romper el círculo vicioso del reproche, la deslegitimación y el desprestigio, evitando la murmuración y la calumnia en pos de un camino de aceptación orante y vergonzoso de nuestros límites y pecados y estimulando el diálogo, la confrontación y el discernimiento, todo esto nos dispondrá a encontrar caminos evangélicos que susciten y promuevan la reconciliación y la credibilidad que nuestro pueblo y la misión nos reclama. Eso lo haremos si somos capaces de dejar de proyectar en los otros las propias confusiones e insatisfacciones, que constituyen obstáculos para la unidad, y nos atrevamos a ponernos juntos de rodillas delante del Señor y dejarnos interpelar por sus llagas, en las que podremos ver las llagas del mundo”.

“El Pueblo fiel de Dios y la misión de la Iglesia han sufrido y sufren mucho a causa de los abusos de poder, conciencia, sexual y de su mala gestión como para que le sumemos el sufrimiento de encontrar un episcopado desunido, centrado en desprestigiarse más que en encontrar caminos de reconciliación. Esta realidad nos impulsa a poner la mirada en lo esencial y a despojarnos de todo aquello que no ayuda a transparentar el Evangelio de Jesucristo”.

“La Iglesia signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano lleva en su ser y en su seno la sagrada misión de ser tierra de encuentro y hospitalidad no sólo para sus miembros sino con todo el género humano. Pertenece a su identidad y misión trabajar incansablemente por todo aquello que contribuya a la unidad entre personas y pueblos como símbolo y sacramento de la entrega de Cristo en la Cruz por todos los hombres sin ningún tipo de distinción”.

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