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Thursday, September 20, 2018
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La virtudes humanas (cardinales)

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Nota bene: He debido realizar un trabajo sobre las virtudes humanas que considero que puediera ser de interés para los lectores.

 

Son las virtudes humanas (morales) aquellas que proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es por ello, el que practica libremente el bien. Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son pues, enseñables y aprendibles.

Santo Tomás de Aquino estudia en la Suma de Teología cincuenta y cuatro virtudes diferentes no pretendiendo abarcarlas todas ellas. Pero tradicionalmente se considera que las cuatro virtudes cardinales las engloban a todas. Son estas la prudencia, justicia, fortaleza y templanza. 

La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. Gracias a esta virtud aplicamos los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. Ocho son las partes integrales que se le reconocen a la prudencia: la experiencia o memoria de lo pasado; la inteligencia de lo presente; la providencia para ver las consecuencias del acto en el futuro y ordenarlo a su buen fin; la docilidad a los consejos de las personas más expertas; la sagacidad o disposición pronta para resolver acertadamente aquellos casos urgentes que no pueden esperar a un proceso más elaborado de discernimiento; la razón que se deriva del examen y reflexión de los conocimientos acumulados sobre la cuestión cuando no obra urgencia; la circunspección que atiende a las circunstancias que rodean al acto moral y que podrían modificar la decisión a tomar; y la cautela o precaución frente a elementos externos previsibles que pueden ser obstáculo para el buen fin.

“Esto precisamente sitúa en primer puesto la virtud de la prudencia. El hombre prudente, que se afana por todo lo que es verdaderamente bueno, se esfuerza por medirlo todo, cualquier situación y todo su obrar, según el metro del bien moral. Prudente no es, por lo tanto-como frecuentemente se cree-, el que sabe arreglárselas en la vida y sacar de ella el mayor provecho; sino quien acierta a edificar la vida toda según la voz de la conciencia recta y según las exigencias de la moral justa.” San Juan Pablo II

La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a cada cuál lo que le es debido. La justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El justo busca lo que es correcto, sin parcialidades, sin egoísmos. Esta virtud implica un gran desprendimiento de sí, una gran objetividad y una actitud a salir de uno mismo, para buscar y realmente otorgar lo que es correcto a los demás. El amor se construye sobre la justicia y es una continuación de la misma actitud de procurar el bien de los demás (querer bien), de lo contrario el amor corre el riesgo de ser un afecto impregnado de egoísmo, que se puede manifestar en querer poseer indebidamente al otro o en deseo de ser considerado, de sentirse indispensable…

“Cuanto más conocemos al hombre, tanto más se nos revela su personalidad, su carácter, su inteligencia y su corazón. Y tanto más caemos en la cuenta -¡y debemos caer en la cuenta!-del criterio con que debemos "medirlo" y qué significa ser justos con él.” San Juan Pablo II

La fortaleza es la virtud moral que asegura la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. Esta virtud hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. La fortaleza es una virtud humana directamente relacionada con la voluntad pues muchas veces para perseverar en el bien y en al amor, nos encontramos con el cansancio, con la rebelión de nuestras pasiones, de nuestro orgullo, con desalientos y desánimos. La fortaleza es mayor, y es posible hasta el heroísmo, cuando hay un gran amor: una madre saca fuerza de donde no tiene para ayudar a un hijo en peligro.

“El miedo quita a veces el coraje cívico a los hombres que viven en un clima de amenaza, opresión o persecución. Así, pues, tienen valentía especial los hombres que son capaces de traspasar la llamada barrera del miedo, a fin de dar testimonio de la verdad y la justicia Para llegar a tal fortaleza, el hombre debe "superar" en cierta manera los propios límites y "superarse" a sí mismo, corriendo el "riesgo" de encontrarse en situación ignota, el riesgo de ser mal visto, el riesgo de exponerse a consecuencias desagradables, injurias, degradaciones, pérdidas materiales y tal vez hasta la prisión o las persecuciones. Para alcanzar tal fortaleza, el hombre debe estar sostenido por un gran amor a la verdad y al bien a que se entrega.” San Juan Pablo II

La templanza. La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. Rinde un servicio indispensable para garantizar la verdadera libertad de la persona, y poder vivir todo por amor. La templanza es indispensable para la prudencia y soporte para la fortaleza. Solamente las personas llenas de templanza son personas de fiar, que pueden asumir responsabilidades de valor, que pueden garantizar un bien hacia los demás: la familia, la colectividad. Los que no dominan sus fuerzas pasionales pueden fallar en cualquier momento y dirigir con más facilidad hacia fines egoístas su actuación, con el peligro de mucho sufrimiento para los demás hombres.

“Pienso también que esta virtud exige de cada uno de nosotros una humildad específica en relación con los dones que Dios ha puesto en nuestra naturaleza humana. Yo diría la "humildad del cuerpo" y la "del corazón". (…)Recordemos que el hombre debe ser hermoso sobre todo interiormente. Sin esta belleza todos los esfuerzos encaminados sólo al cuerpo no harán -ni de él, ni de ella- una persona verdaderamente hermosa.” San Juan Pablo II

 

 

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