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La gran aportación del cristianismo a la Filosofía griega

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Autor: Manuel OCAMPO, filósofo

Entre las aportaciones más importantes que el cristianismo ha hecho a la Filosofía, está la identificación de Dios como el Ser Absoluto. Esa aportación no fue cualquier cosa, sino que trajo como consecuencia importantes ajustes en la visión del universo, porque bajo la perspectiva cristiana, en sentido estricto, sólo Dios es, puesto que todos los demás entes están sujetos al devenir.

En el cristianismo, todos los entes que no son Dios no son perfectos e inmutables como lo es el Ser. De hecho, siguiendo a Aristóteles, el cristianismo sostiene que todo movimiento implica el ser e implica el no ser plenamente. Cambiar es adquirir o perder ser. Basta recordar que Aristóteles definió el movimiento como acto de lo que está en potencia en tanto que está en potencia. La potencialidad aristotélica va actualizándose progresivamente de suerte que manifiesta cierta falta de actualidad que va adquiriendo. Sin embargo, hay que observar que Aristóteles concebía un mundo eterno que dura fuera de Dios y sin Dios, y a esto la Filosofía cristiana aportó la distinción entre la esencia y el acto de ser que revolucionó el pensamiento aristotélico al afirmar que fuera de Dios, todo lo que es, podría no ser lo que es, o incluso podría simplemente no ser.[1] La contingencia del mundo es una novedad metafísica que proviene del cristianismo. Si Dios es el Ser: “Yo soy” tal y como lo presenta el Éxodo, todos los demás entes que no son Dios sólo pueden recibir su ser de Él.

El Demiurgo del Timeo de Platón está muy cerca del Dios cristiano en cuanto su actividad esboza la obra creadora. Pero ese Demiurgo da todo al universo excepto el ser mismo. Por su parte, en lo que se refiere al Primer Motor inmóvil de Aristóteles, es en cierto modo la causa de todo lo que es. Sin embargo, la noción de creador no aparece en su doctrina. La doctrina platónica y aristotélica del origen del mundo explican por qué el universo es lo que es, pero nunca explican por qué es el universo.[2] Tanto Platón como Aristóteles permanecen completamente ajenos a la noción de creación.[3] Y es que lo que faltó a los griegos es saber que Dios es el Ser y que sólo en Él la esencia y el acto de ser se identifican. Por eso no pudieron deducir la necesidad de la creación o de la participación del ser.

La primera línea del génesis cambió el rumbo de la historia de la Filosofía, al poner los reflectores en una verdad que era fácilmente deducible de los principios de la misma Filosofía griega pero que la Filosofía griega no alcanzó. De hecho les faltó poco porque podemos ver cómo Platón pone lo uno en el origen de lo múltiple y Aristóteles pone lo necesario en el origen de lo contingente.[4] Definitivamente los griegos se quedaron en el orden de la inteligibilidad y del devenir y no alcanzaron el orden del ser y de la existencia aun cuando sus principios eran suficientes para hacerlo.[5]

Lo que produjo un cambio radical en la concepción del universo fue el darse cuenta de la creación y todas sus implicaciones metafísicas. Porque la creación implica la conservación de ese mundo por un Ser que no sólo lo conoce, sino que lo ama y lo mantiene cada instante en el ser. Los griegos no alcanzaron la inteligibilidad reflejada en este texto de san Agustín: “He dicho a todas las cosas que rodean en mis sentidos: habladme de mi Dios, vosotras que no lo sois, decidme algo de Él. Y todas gritaban con voz fuerte: ¡Él es quien nos ha hecho! Para interrogarlas, las miro y no tengo más que verlas para comprender su respuesta”.[6] Por eso en la medida que los filósofos se unían a San Pablo se apartaban de la filosofía griega. Porque en el cristianismo, la causa eficiente es causa creadora. “Todo lo que es, en un sentido cualquiera, debe necesariamente su ser a Dios. De un modo general, en efecto, para todo lo que depende de un orden, se comprueba que lo que es primero y perfecto en un orden cualquiera es causa de lo que es posterior en el mismo orden. Por ejemplo: el fuego, que es el más caliente de los cuerpos, es causa del calor de los demás cuerpos calientes, pues lo imperfecto extrae siempre su origen de lo perfecto, como la simiente viene de los animales o de las plantas. Ahora bien: hemos demostrado precedentemente que Dios es el ser primero y absolutamente perfecto; debe ser, pues necesariamente, la causa que hace ser todo lo que es.”[7] La acción creadora excluye la posibilidad de toda materia preexistente. Todo, incluso la materia, depende del acto creador.

Mientras el Dios cristiano es un Dios que ama, el dios de Aristóteles es un Dios que se deja amar. En Aristóteles el amor que el cielo y los astros le tienen a Dios es el que los mueve. Mientras que el amor que mueve en Santo Tomás es el amor que Dios le tiene al mundo.

En Aristóteles el Primer Motor, los motores intermedios, el movimiento y los entes están ya dados. El Primer Motor no es causa del movimiento. En cambio en la Filosofía cristiana ese Primer Motor de Aristóteles que Santo Tomás llama Dios es causa de todos los movimientos y de la existencia de todos los entes del universo.[8] Dios es el creador del movimiento mismo. A diferencia de Aristóteles, Santo Tomás implica la idea de creación al movimiento dando otro sentido a la Filosofía griega que jamás tuvo.

Pero, además, en lo que se refiere a la causa eficiente, la Filosofía griega no sale del orden del devenir. Aristóteles subordina a la primera causa, muchas causas segundas inmóviles como por la primera. En cambio, en Santo Tomás cuando prueba la existencia de Dios por la causa eficiente considera nuevamente la creación. La causa eficiente produce el ser por medio de sus efectos de donde se sigue que Dios es la causa eficiente de todo lo que no es Él.[9] En Santo Tomás, causa eficiente es causa creadora y, por eso, cuando se refiere a una primera causa eficiente, no puede ser otra que Dios. Santo Tomás sigue a Aristóteles, pero entiende la eficiencia de una manera muy distinta y por eso se separa por mucho de lo que propone Aristóteles.

Aunque los filósofos cristianos repitan lo que dice Aristóteles, se mueven en otro plano muy distinto porque para los griegos Dios no trasciende la serie de seres animados. El cristianismo trasciende el orden físico de Aristóteles para llegar al metafísico. Alcanza lo más profundo de los principios aristotélicos elevando el pensamiento de Aristóteles a Dios que ha revelado a los filósofos la naturaleza del objeto propio de la Metafísica. El universo griego difiere del cristiano en cuanto no pasa de alcanzar un dios que puede ser causa de todo, mientras el Dios cristiano es la causa de la existencia misma del ser. En el cristianismo no se trata de un universo informado o eternamente movido, sino de un universo que inicia con un acto creador; un universo contingente en el orden del ser más que de la inteligibilidad o del devenir. Por eso el Dios cristiano es un Dios trascendente, providente, que crea el ser del orden junto con el ser de las cosas ordenadas. El Dios cristiano no se limita a una finalidad que ordena de manera inmanente a los seres.

Los griegos, aunque lograron niveles grandiosos de especulación, no alcanzaron las conclusiones puramente racionales que podían extraerse de sus principios. Aunque esas conclusiones estaban incluidas en sus principios, no vieron todas las consecuencias que implicaban. Y la causa es porque no sobrepasaron el plano de la inteligibilidad para llegar al plano del ser. Como vemos, es muy importante ser conscientes de que los progresos de la Metafísica griega se dieron bajo el impulso de la revelación cristiana. Hay que comprender que el pensamiento cristiano fue el que condujo al pensamiento griego a la perfección, porque verificó la veracidad del pensamiento griego y la elevó a un plano mucho más alto. Esto es muy importante porque resulta muy destructivo para la Filosofía, pretender retornar a los griegos prescindiendo del cristianismo como si el cristianismo no hubiera aportado nada.

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