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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

El hambre, dramática preocupación. Mirando al futuro sin derrotismos

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Autor: Fernando CHICA, monseñor observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

El pasado 3 de julio, en Roma, el director general de la FAO, el profesor José Graziano da Silva, señaló, en la apertura de la conferencia bienal de esta organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura, que el número de seres humanos que padecen hambre en el mundo ha aumentado desde 2015.

La noticia ha caído (al menos entre aquellos que tienen un mínimo de sensibilidad ante este drama) como un verdadero jarro de agua fría. Llevábamos algún tiempo en el que la cifra de las víctimas del hambre venía reduciéndose año tras año. Ciertamente esta reducción era pequeña y demasiado lenta, pero ofrecía algo de moderado optimismo a los organismos y asociaciones de todo tipo que trabajan en este ámbito. Los datos que lanza ahora la FAO nos recuerdan que el drama sigue ahí y que, en vez de menguar, los números terribles del hambre han vuelto a crecer. El dolor y la amargura no solo perduran, sino que se incrementan, golpeando inicuamente a los más débiles y menesterosos. José Graziano da Silva destacó también el vínculo existente entre las cifras del hambre y el cambio climático.

El hambre, dramática preocupación. Miran

Como ya señalaba el papa Francisco en la encíclica Laudato Si, el tema del cambio climático no es solamente una cuestión que afecte a los científicos, a los académicos, a los amantes de la naturaleza, sino que es un aguijón clavado en la vida sobre todo de los más pobres, haciendo que los recursos de primera necesidad (el agua, los alimentos esenciales) sean cada vez más inaccesibles para grandes masas de población, que se ven así privadas de los medios básicos de subsistencia. «Lamentablemente, hay una general indiferencia ante estas tragedias, que suceden ahora mismo en distintas partes del mundo. La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos y hermanas es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil» (LS 25). Como consecuencia de todo lo anterior, la misma FAO ha denunciado que los precios de los cereales (que siguen siendo el nutriente esencial de la mayor parte de la humanidad) han venido subiendo en los últimos meses. Lo que puede parecer un simple cambio en los balances o en los informes económicos, apenas perceptible para muchos de nosotros, se convierte en un factor verdaderamente funesto para una enorme cantidad de personas, para las que el acceso a la base de su alimentación se hace cada vez más arduo, viéndose así abocadas a la pobreza y a la miseria absolutas, de las que brota una lacra tan punzante y desoladora como el hambre.

Agenda 2030

Vistos estos datos, muchos se preguntan si el objetivo 2 de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible — aprobada por los dirigentes mundiales en septiembre de 2015 en una cumbre histórica de la ONU—, que estriba en poner fin al hambre y lograr la seguridad alimentaria, se podrá alcanzar para ese año 2030, o si ese propósito quedará nuevamente restringido a un sueño irrealizable, cuya consecución habrá que postergar. La deteriorada situación alimentaria en la que se encuentran países como Somalia, Yemen, el nordeste de Nigeria, Sudán del Sur, el norte de Tanzania, una buena parte de Uganda, Chad es alarmante. La penuria en la que viven millones de hermanos nuestros en esos lugares de la tierra suscita honda preocupación y no puede dejar indiferentes a nuestras conciencias. Parece como si el hambre, flagelo que no ha dejado de azotar a la humanidad a lo largo de la historia, fuera una cantinela constante, y los esfuerzos por extirparla de la faz de la tierra, una utopía que se mantiene en el nivel de la verborrea, de las declaraciones solemnes, de las reuniones interminables y dispendiosas de los organismos internacionales. Sin embargo, aunque el panorama no es halagüeño, no podemos sucumbir al pesimismo o dejarnos embargar por el desaliento o la impotencia. «La esperanza nos invita a reconocer que siempre hay una salida, que siempre podemos reorientar el rumbo, que siempre podemos hacer algo para resolver los problemas», advertía el Obispo de Roma en la citada encíclica (LS 61). Y, dirigiéndose hace poco a la FAO, el Santo Padre volvía a alzar su voz en el mismo sentido, para que los datos negativos no nos conduzcan por la senda de un derrotismo que nos lleve a la pasividad: «No podemos permanecer únicamente preocupados o acaso solo resignados» (Francisco, mensaje a los participantes en la XL Conferencia de la FAO, 3 de julio de 2017). De hecho, tras los informes poco esperanzadores, el director general de la FAO respondió a esta incómoda cuestión y señaló que el objetivo de lograr el hambre cero para el año 2030 sigue siendo posible no obstante los datos negativos de este año y a pesar de que el número de personas que sufren hambre haya comenzado a crecer de nuevo. Pero, para ello, indicó: «Tenemos que pasar rápidamente del compromiso político a acciones con

cretas, especialmente a nivel nacional y regional.» Y para que la conferencia bienal no quedase solamente en buenas intenciones, el profesor Graziano describió el plan a plazo medio, el programa de trabajo y el presupuesto para 20182019 de la FAO, en los que se toman una serie de medidas concretas, prácticas, urgentes, que buscan revertir la tendencia negativa del hambre y también paliar sus efectos en las zonas más castigadas. Es ahí donde debemos implicarnos con todas nuestras fuerzas, aportando nuestro grano de arena para que esta pesadilla macabra del hambre pueda terminar cuanto antes.

Gestos concretos

Se necesitan gestos tangibles y perentorios en favor de los que precisan de alimentos, tales como no desperdiciar la comida ni usar mal los recursos naturales a nuestra disposición. Todo ello, siendo conscientes de que nuestras acciones diarias repercuten en la vida de quienes, lejos o cerca de nosotros, padecen graves carestías. Y, como creyentes que somos, podemos dar un ulterior paso: la plegaria incesante, rogando a Dios que nos otorgue la gracia de ver finalmente un mundo en el que no haya nadie que no tenga nada que llevarse a la boca. La Iglesia, en su cotidiana labor de socorrer a los desfavorecidos, a través de sus estructuras, coopera tanto en la labor de sensibilización (importantísima) como en la detección de situaciones dramáticas y en la concreción de las medidas anunciadas por la FAO. En este tema, quizás como en ningún otro, se puede dar esa colaboración franca, sincera, generosa y comprometida entre las diversas religiones, la Iglesia, las demás confesiones cristianas, las organizaciones no gubernamentales y los organismos internacionales, poniéndonos todos juntos al servicio de este noble objetivo que debería ser prioritario en las políticas internacionales. Todo ser humano, todo hombre y mujer de buen corazón, debería sentirse interpelado por este drama acuciante. Todos debemos (de nuevo en palabras del papa Francisco a la conferencia de la FAO) «tomar conciencia de que el hambre y la malnutrición no son solamente fenómenos naturales o estructurales de determinadas áreas geográficas, sino que son el resultado de una más compleja condición de subdesarrollo, causada por la inercia de muchos o por el egoísmo de unos pocos» (Ibid.). Ojalá que ese espíritu audaz e inconformista del Sucesor de san Pedro llegue a toda la Iglesia. No nos podemos resignar ante el drama del hambre; no podemos darnos por vencidos ni ignorar que tras las cifras y las estadísticas se esconden seres humanos, hombres y mujeres concretos, hijos de Dios llamados a la plenitud y a la vida. Olvidarlo sería un terrible escándalo.

Publicado en Catalunya Cristiana, el 20.8.2017

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