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Thursday, September 20, 2018
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Silencio

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Autor: Marco TOSATTI, periodista

Primero, denigrar. Adjudicar al adversario una etiqueta que lo ponga en dificultades ante la opinión pública, lo coloque a la defensiva. Es artificio retórico tan viejo como el mundo y la Iglesia lo conoce bien. Así, ante un hecho singularmente excepcional y excepcionamente sufrido, como la correccikón filial firmada -por ahora- por 62 personalidades del mundo católico, laicos y sacerdotes (cardenales y obispos, dicen, han sido voluntariamente excluidos) tenemos dos reacciones. La primera, sobre la que volveremos, de parte de los directamente interesados: el silencio.

La segunda, de sus secuaces de mano, o de pluma, o de ordenador, o de TV, si preferís: empequeñecer, etiquetar de forma humillante, dar a entender que se trata de pobre gente, de (¡horror!) gente de derechas; ¿no ha firmado también monseñor Fellay, el líder de los lefebvrianos? Otra reacción: recemos por ellos, pobrecitos, que se atreven a decir que el Papa puede equivocarse. No es posible: el Papa es quien decide quién es herético. ¿Cómo podría escribir cosas equivocadas? Dejemos a quien sabe más que nosotros refutar estas tesis, que atribuyen al Papa, siempre y por doquier, prerrogativas de las uqe no dispone y que nadie ha reivindicado nunca. Pero observemos que en los artículos de crítica, más o menos veladamente, falta -rigurosamente- un elemento: la valoración si lo que ha sido dicho en la corrección formal tiene sentido o si no lo tiene.

Quien escribe es una persona cualquiera, sin títulos académicos. Ha recibido una formación clásica, en la que ha sido educado en la lótica. Ahora bien, la lógica no es católica; es la base del razonar humano y basta. También para los católicos, porque la Mente que ha creado todo ha puesto la lógica como fundamento de su creación. Todo esto para decir, como otros más doctos de los que escriben han hecho ya, que cuando los firmantes de la Corrección escriben que como consecuencia de la Amoris Laetitia y de las interpretaciones de la misma: “Una persona, mientras obedece a la ley divina, puede pecar contra Dios en virtud de esa misma obediencia”, no es sólo la fe la que es eventualmente herida, sino también la lógica. Que es anterior a la fe. Y la misma cosa podría ser dicha para todas o casi todas las otras seis observaciones. Esto se se abstienen de destacarlo los “palmeros”, que repiten “¡Tradicionalistas!” “¡Conservadores”! y piensan que así han resuelto el problema, o al menos han ganado el salario del día.

No conozco a todos los 62 firmantes, más aún, conozco a muy pocos; pero de una ojeada a su corrículum, aunque veloz, me parece que son personas de estudio y de estudios. Liquidar su sufrimiento y esfuerzo con una etiqueta es una operación de propaganda, por desgracia no ignorada tampoco por la Iglesia. Cierto, tienen valor; con el clima que se respira desde hace años en el Vaticano y fuera, de control, espionaje, castigos e intimidaciones no digo del disenso, sino de cada idea que no sea la adecuada, para actuar deben tener verdaderamente un gran amor por la Iglesia, la de siempre. Y preferir correr cualquier riesgo antes que faltar al deber de la palabra.

Esto nos lleva al inicio de nuestra reflexión. Desde que la amoris Laetitia ha explotado en su devastadora ambigüedad querida en lo interno de la Iglesia, el Pontífice reinante ha recibido peticiones, apelaciones, Dubia, cartas personales y privadas, de centenares de personas, muchas de las cuales han gastado la vida por la Iglesia y no tienen ciertamente -a diferencia de otros- objetivos de poder o intereses que defender. Ahora, como casi paso extremo, está la Corrección. A todo esto la respuesta ha sido solo una: el silencio. Quien escribe entiende bien el punto muerto al cual cálculos equivocados, buenas intenciones, consejos venenosos, pueden haber conducido al principal protagonista del draman. Y quien escribe comprende también el efecto devastador y deprimente que podría tener sobre una personalidad particular el reconocimiento del error. Pero el silencio no se puede aceptar en quien es responsable de la fe de mil doscientos millones de fieles, entre los cuales la confusión aumenta. Especialmente si no hace otra cosa más que hablar, hablar, hablar... pero de todo lo demás.

 

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