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Thursday, May 24, 2018
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Los bosques y los árboles

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

La Asamblea General de las Naciones Unidas decidió que, a partir del 2013, cada 21 de marzo, se celebrara el Día Internacional de los Bosques. Este año ha sido dedicado a la relación entre los bosques y las ciudades sostenibles. Lo que se buscaba con esta iniciativa era concienciarnos sobre la importancia de todos los tipos de ecosistemas boscosos y árboles, poniendo de relieve las diversas formas en las que los bosques nos mantienen y protegen.

Nadie ignora que en la actualidad estamos experimentando una urbanización sin precedentes. Y en el 2050, según estudios de las agencias internacionales, se estima que 6000 millones de personas vivirán en ciudades. Pero esta creciente urbanización no tiene necesariamente que llevarnos a ciudades contaminadas. Los problemas son subsanables si no sucumbimos al pesimismo, si ponemos de nuestra parte, en una colaboración leal de todas las instancias implicadas, con firme voluntad política y clarividente altura de miras. Se trata de generar un dinamismo distinto, mediante el cual nuestras ciudades puedan ser verdes, acogedoras y saludables, a corto y largo plazo.

Dado que esta vez la efeméride caía cerca de Semana Santa, es posible que haya pasado un tanto desapercibida. Mientras la Iglesia vibraba con los misterios del domingo de Ramos, acompañaba a Jesús en su oración en el monte de los Olivos y sentía el gozo del encuentro con el Resucitado en el huerto –para renacer una vez más del Árbol de la Cruz–, la sociedad civil invitaba a considerar la importancia de los bosques. Aceptemos esta invitación, dando la vuelta al conocido refrán que vincula los árboles y los bosques.

En realidad, los árboles sí nos permiten ver el bosque. Recordemos, por ejemplo, aquel significativo 8 de junio de 2014, cuando el Papa Francisco plantó un olivo en los jardines del Vaticano, junto con el presidente de Israel, Shimon Peres, el presidente de Palestina, Mahmud Abbas, y el Patriarca Ortodoxo Bartolomé I. Fue un árbol por la paz en Tierra Santa, en Medio Oriente y en todo el mundo. De manera semejante, el 26 de noviembre de 2015, Su Santidad plantó otro árbol, antes de visitar la sede de las Naciones Unidas en Nairobi (Kenia). En ese momento afirmó que “plantar un árbol es, en primera instancia, una invitación a seguir luchando contra fenómenos como la deforestación y la desertificación”. Es decir, que un gesto tan sencillo como plantar un árbol nos ayuda a vincular lo local con lo global. Por eso, de inmediato, Francisco se refirió al impacto del cambio climático, a la lucha contra la pobreza y al respeto de la dignidad humana. Lejos de impedir que veamos el bosque, cuidar un árbol concreto es una ayuda para ver el bosque en su conjunto: “Plantar un árbol nos provoca a seguir confiando, esperando y especialmente comprometiendo nuestras manos para revertir todas las situaciones de injusticia y deterioro que hoy padecemos”, concluyó el Sumo Pontífice en aquella memorable jornada de su viaje por África.

De manera complementaria, también es cierto que valorar los bosques es una oportunidad para apreciar los árboles. En nuestro mundo, la mentalidad economicista distorsiona la mirada, confunde la capacidad de ponderar y tergiversa la acción. Por ejemplo, “si la tala de un bosque aumenta la producción, nadie mide en ese cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, dañar la biodiversidad o aumentar la contaminación” (Laudato Si’, n. 195). Cuando no se ha disfrutado de la sombra benéfica de un árbol, ni se ha captado la relación entre todos los seres vivos que habitan un bosque, se puede promover la tala indiscriminada de los bosques, simplemente guiados por el mezquino afán de lucro.

En su reciente visita a Puerto Maldonado (en la selva amazónica del Perú), el pasado mes de enero, el Santo Padre volvió a denunciar la cultura del descarte, “una cultura anónima, sin lazos, y sin rostros” en la que “los bosques, ríos y quebradas son usados, utilizados hasta el último recurso y luego dejados baldíos e inservibles”. Detrás de esa dinámica de muerte están “los falsos dioses, los ídolos de la avaricia, del dinero, del poder [que] lo corrompen todo. Corrompen la persona y las instituciones, también destruyen el bosque”. La voz del Papa se alzaba frente a los ídolos de la muerte, que tanto mal están causando a muchos hermanos nuestros, mientras Dios nos invita a cuidar la vida, que alienta en el árbol y en el bosque, en lo local y en lo global, en lo concreto y en lo universal.

La bondad de Dios hizo este mundo. Su amor y su gloria son causa de todo lo creado. Por eso es tan importante el compromiso con los bosques y con los árboles, vinculando las acciones personales con la dimensión estructural y recordando que, en realidad, “no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental” que requiere una respuesta integral (Laudato Si’, n. 139). Ahora bien, ¿qué podemos hacer nosotros? Sin ánimo de agotar el tema, sino más bien como una invitación a la creatividad y al compromiso, anoto algunas iniciativas que están al alcance de todos.

Una primera invitación es, sencillamente, dar un paseo sosegado por un bosque cercano o por un parque de nuestra ciudad. Eso nos ayudará a mejorar el talante contemplativo de nuestra vida. Po demos hacerlo en silencio y en soledad, o acompañados con alguna persona querida cuya amistad queramos cultivar. Empaparnos del bosque nos hará apreciar mejor el valor de cada árbol y de cada persona. Quizá queramos recoger frutos silvestres y regalarlos a alguna familia necesitada o a un comedor social. Otra propuesta es plantar un árbol. O cuidar una planta. O implicarnos en un huerto urbano. O crear un huerto propio en la terraza o el patio de nuestra casa, si las condiciones lo permiten. Podemos también explorar la posibilidad de involucrarnos en alguna iniciativa de consumo ecológico y solidario. De nuevo, apreciar el árbol y sus frutos nos ayudará a ver el bosque de este mundo globalizado y excluyente en el que nos ha tocado vivir.

Una tercera sugerencia se refiere al uso del papel. Sabemos que, para producir una tonelada de papel nuevo, se talan trece árboles y se vierten unos 20 metros cúbicos de agua residual. Por ello, todo lo que sea reducir, reutilizar y reciclar el papel que empleamos será una forma de cuidar los bosques. Y eso lo podemos hacer tanto a nivel personal como en el ámbito familiar, comunitario o social, sin olvidar la necesaria presencia pública para reclamar medidas estructurales que promuevan una cultura del reciclaje frente a la cultura del descarte.

En cuarto lugar, este tiempo de Pascua puede ser una buena ocasión para releer la encíclica del Papa Francisco Laudato Si’. Concretamente, podemos saborear el capítulo VI, que habla de la educación y espiritualidad ecológica. Allí, en los números 202-246, el Obispo de Roma nos ofrece indicaciones para apostar por otro estilo de vida, para una conversión según el Evangelio que beneficia a la humanidad y al ambiente, para dejarnos inundar por el gozo y la paz que Dios nos regala, para crecer en el amor civil y político, para apreciar la importancia de los signos sacramentales y el descanso celebrativo, para contemplar el misterio de la Trinidad y la relación entre las criaturas. Seguro que una lectura meditativa de estas páginas estimulará nuestra acción.

(Publicado en la revista La Verdad, de la Archidiócesis de Pamplona-Tudela)

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