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Thursday, November 15, 2018
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Llamar a las cosas por su nombre

There are no translations available.

Autor: Angelo STAGNARO, periodista

Puedo perdonarle casi todo a los protestantes y al protestantismo.

Lo que perdono... 
Puedo perdonar a los protestantes por el Know-Nothing Party y su criminal revuelta nativista de Filadelfia, las Intolerable Acts, el Bloddy Monday y las Orange Riots en Nueva York de 1871 y 1872. Les perdono las Enmiendas Blaine, que prohibieron que el dinero de los impuestos se utilizase para fundar escuelas parroquiales católicas.
 
También puedo perdonarles por el Ku Klux Klan y por financiar al maniaco ateo y genocida Plutarco Elías Calles y sus esfuerzos por matar católicos durante las guerras cristeras.

Puedo personarles por llamar “Anticristos” y “Prostitutas de Babilonia” a todos y cada uno de los Papas.
 
También les perdono por apoyar el Acta de Supremacía de Enrique VIII, en virtud de la cual la Iglesia ganó a muchos de sus modernos mártires. Igualmente les perdono por las Recusancy Acts y por el ficticio Popish Plot. También les perdono por el hecho de que, como católico, nunca podré sentarme en el trono británico aunque, literalmente, a todos los demás les está permitido.

Puedo perdonar a los protestantes por
The Troubles en Irlanda y por Oliver Cromwell y por la planificada Gran Hambruna Irlandesa y por las matanzas y la ocupación militar de ese país. Les perdono por esclavizar a 50.000 hombres, mujeres y niños que fueron expulsados a la fuerza de Irlanda y enviados a las Bermudas y a Barbados como trabajadores sin remuneración: los primeros esclavos de América. [ReL lo explicaba con detalle aquí]
 
Les perdono por las
Gavazzi Riots en Canadá y por la Orden de Orange y por la Regulación 17 de Ontario que arruinó las escuelas católicas de Quebec. Ni siquiera mencionaré la American Protective Association y su contrapartida canadiense, la Protestant Protective Association, dado que he decidido perdonar.

También perdono a los protestantes por convertir a la fuerza a convictos y prisioneros políticos católicos al anglicanismo en Australia; las conversiones forzadas es algo que los terroristas musulmanes han estado haciendo durante mil cuatrocientos años.
 
Perdono a los protestantes por quinientos años de veneno y ponzoña escupidos por todos los predicadores callejeros y puerta a puerta, la ebullición del odio anticatólico que está en el núcleo del primitivo mormonismo, del adventismo del séptimo día y de los testigos de Jehová, aunque no solo de ellos: de hecho, constituye en buena medida el anglicanismo y el metodismo tradicionales y muchas otras formas del protestantismo “mainstream”.
 
Perdono a los protestantes que rehúsan referirse a los católicos como “cristianos”.
 
También les perdono por ignorar deliberadamente los mil quinientos años anteriores a Martín Lutero, cuando todo el que era cristiano en Europa Occidental era, necesariamente, católico.
 
Les perdono por la Kulturkampf de Bismarck, que inspira el actual asalto a la libertad religiosa en América y Europa. No os preocupéis,
Jack Chick y tus ignorantes y venenosas Chick Tracts, por motejar a los católicos como Mackerel Snappers [por abstenerse de comer carne los viernes]: todo está perdonado.

Perdono a Martín Lutero por imponer en todo el mundo una Biblia desacralizada y enormemente manipulada pretendiendo que “Dios lo quiso así”. Lutero quitó siete libros y partes de otros tres del Antiguo Testamento, cuyo conjunto se denomina Septuaginta y fue utilizada por el mismo Cristo cuando estuvo entre nosotros.
 
Y también perdono a Martín Lutero por aceptar financiación de Solimán el Magnífico, sultán del Imperio Otomano musulmán, mientras él “luchaba” por separarse de la Iglesia católica. Por diversión y conveniencia, Lutero conspiró para empujar a la Cristiandad a la vía, al tiempo que animaba a sus compañeros protestantes a ponerse del lado de los turcos musulmanes para derrotar a la Iglesia católica y, con ella, a Europa. Solimán amplió incluso su extensa familia para que abarcase a todos y cada uno de los protestantes de Hungría y Rumanía, ahora que ya no eran “cristianos” (esto es, leales al Papa). El sultán animó a Lutero y a los protestantes a unirse bajo la bandera musulmana para derrotar al emperador y al Papa. Recuérdese, por favor, que Solimán el Terrorista quería nada menos que barrer el cristianismo del planeta, ¡para que luego hablen de que la política hace extraños compañeros de cama! Pero todo ello está perdonado… lo juro.
 
Perdono a los protestantes por el ridículo show televisivo
700 Club y sus tediosos ataques a la Iglesia Una, Verdadera, Santa, Católica y Apostólica.

También perdono a los protestantes por tardar 500 años en darse cuenta de que el Sola Scriptura es un enorme sinsentido y de que incluso Lutero tenía una fuerte devoción a la Santísima Virgen María, la primera cristiana, la Madre de Dios y la segunda persona más citada en los Evangelios.

También perdono a los protestantes su disonancia cognitiva al insistir simultáneamente en que:

- 1) todo el mundo puede interpretar la Biblia como guste y todos tienen razón;
- 2) los católicos se equivocan en la forma en la que interpretan la Biblia, lo hagan como lo hagan.
 
Perdono a los protestantes su anti-catolicismo, que es lo que el historiador John Hinghham llamaba “la tradición más exuberante y tenaz de la agitación paranoica en la historia de Estados Unidos”, y lo que el historiador Arthur Schlesinger, Sr. ha denominado “la inclinación más profunda en la historia del pueblo norteamericano”.
 
También perdono a los protestantes su apoyo a la violencia contra los católicos durante la autodenominada Ilustración y por el desarrollo de la masonería y por la “cuestión religiosa” brasileña y por La Violencia colombiana y por la masacre de la Miguelada [Michelade] en 1567.

Por cierto, que el exótico carácter mágico de la masonería contribuyó grandemente al desarrollo de las perspectivas arrianas del mormonismo, el unitarianismo, el adventismo del séptimo día, la Ciencia Cristiana y los Testigos de Jehová.

Por todo esto, no tengo para ellos más que perdón.
 
Perdono a los protestantes por hacer que el padre Nicolás Copérnico echase el freno a su teoría heliocéntrica y a sus datos hasta después de su muerte, aunque su amigo, el Papa Pablo III, le animó a publicarlos mientras el científico aún vivía. Parece ser que Copérnico no quería molestar a Lutero y a Melanchton, ambos opuestos al paradigma heliocéntrico del sacerdote, y temía que sus teorías lanzarían aún más a los protestantes contra la Iglesia de la que acababan de irse.
 
No lo digo como un vacío lugar común cristiano: verdaderamente les perdono por la Gran Tragedia, esto es, su ruptura con Roma del siglo XVI.

También les perdono por las fanfarronadas y aspavientos tediosos, venenosos y reduccionistas de Juan Calvino,
Ian Paisley y la iglesia baptista de Westboro. Además perdono a los protestantes por su apoyo y Schadenfreude, a la vez que su distanciamiento y pasividad durante el Terror Rojo en España y durante la represión de Hitler contra la Iglesia católica, en especial por La Noche de los Cuchillos Largos.

Pero mi perdón no se limita solo a ese oprobio. También perdono a los protestantes holandeses su apoyo explícito al shogunato Tokugawa cuando masacraron a decenas de miles de japoneses católicos en el siglo XVI.
 
Les perdono por todos y cada uno de los quinientos años de
estereotipos anticatólicos típicos en su literatura, desde El pozo y el péndulo de Edgar Allan Poe [cuyo protagonista es un preso torturado por la Inquisición española] a El progreso del peregrino de Paul Bunyan, pasando por El italiano de Ann Radcliffe [novela gótica, también de temática anti-Inquisición].

Les perdono por apoyar o consentir la Americans United por Separation of Church and State, rabiosamente fundamentalista atea, que fue una organización originaria y explícitamente anticatólica llamada Protestants and Other Americans United for Separation of Church and State.
 
Perdono a todos los protestantes por crucificar la historia de Europa con su insidiosa e indecorosa leyenda negra, que envenenó la mente de cientos de millones de personas, que prefieren creer las mentiras sobre la Inquisición antes que asumir el riesgo de leer algún libro al respecto.

Incluso perdono a los protestantes por las incontables profecías sobre el fin del mundo que se han demostrado una y otra vez absolutamente falsas. De paso, también les perdono por ignorar las Escrituras, que explícitamente explican cómo distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas de Dios: “Acaso vas a decir en tu corazón: ¿cómo sabremos que esta palabra no la ha dicho Yahveh? Si es profeta habla en nombre de Yahveh, y lo que dice queda sin efecto y no se cumple, entonces es que Yahveh no ha dicho tal palabra; el profeta lo ha dicho por presunción; no has de temerle” (Deut 18, 21-22).
 
Por añadidura, perdono a los protestantes por ignorar las palabras del mismo Cristo (tachadas en rojo) cuando designa a San Pedro como cabeza de la Iglesia: “Y yo a mi vez te digo, Pedro, que tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18).
 
Además del pasaje anterior, los protestantes ignorarán el hecho notable de que la Iglesia Una, Verdadera, Santa, Católica y Apostólica nunca desaparecerá. Ni siquiera las puertas del infierno prevalecerán contra ella. Se sigue que si una organización que dice estar inspirada por el Espíritu Santo desaparece miserablemente, eso significa que el Espíritu Santo no estaba verdaderamente con ella, como es el caso de los anabaptistas, los shakers y los puritanos.

Once iglesias protestantes cierran cada día en América. Es imposible determinar cuántas cierran cada día en todo el mundo. Actualmente hay 41.000 comunidades protestantes en todo el mundo, lo que significa que al menos 40.999 están completamente equivocadas. Esto no incluye las muchas decenas de miles de comunidades protestantes que han desaparecido en los últimos 500 años.

Claramente Dios no dicta mensajes diferentes para sembrar intencionadamente discordia, confusión y mentiras… sin embargo, esto me recuerda a otro espíritu inferior que disfruta haciendo exactamente eso (Jn 8,44).

... y lo que no puedo perdonar 
Pero lo que no puedo perdonarles, al menos no por ahora, es su insípido restauracionismo: la idea de que, de alguna forma, Dios se equivocó hace dos mil años cuando entregó el control su Única y Verdadera Iglesia a la Iglesia católica y al papado, cuyo progenitor fue San Pedro, como atestiguó Cristo no una sino dos veces en el Nuevo Testamento (Mt 16, 1819 y Jn 21, 1517).
 
El restauracionismo es la creencia de que el cristianismo debe ser restaurado según fue durante la Era Apostólica, y usando nada menos que las Escrituras: un proyecto condenado al fracaso. Su objetivo de re-establecer el cristianismo en su forma original ha formado parte del cristianismo durante dos mil años y, de hecho, San Francisco de Asís también deseaba “volver a lo esencial”, pero él no cometió el error de creer que Dios había cometido un error al poner al frente a San Pedro y a sus sucesores. Más bien esperaba re-centrar la Iglesia, no cambiar el dogma y la autoridad.
 
Esto no es algo que pueda obviarse generosamente, como su previo genocidio de católicos en diversos continentes o incluso la desacralización de nuestros lugares más sagrados durante los últimos quinientos años. Los miles de millones de mentiras protestantes sobre los católicos son nada en comparación con esta blasfemia.
 
Sugerir que, de alguna forma, Dios se haya equivocado en algo de lo que hace es una grosera impiedad y una herejía blasfema.
 
El Ecce ego sto! de Lutero suena cada vez más como el Non serviam! de Lucifer.
 
Sea anatema el restauracionismo. Dios no comete errores (Sal 19, 710). No tartamudea ni recula, como Alá (Sal 12, 6-7). No sufre confusión ni desconcierto (Neh 9, 6). No necesita ayuda de nadie ni de nada (Col 1, 6). Sus decisiones son definitivas y perfectas en su amor y su justicia (Prov 16, 10). No necesita explicarse a sí mismo (Rom 1, 20). No acepta consejos (Sal 33, 11).
 
Cuando Dios confió como pastores en Pedro y sus sucesores, no quiso decir “bueno… podéis estar al mando hasta que la gente en el siglo XVI lo sepa hacer mejor”.
 
El restauracionismo está más alla de cualquier entendimiento. Dios no es imperfecto, y por tanto quien adora a un Dios imperfecto no adora a la Trinidad (Sal 18, 30).
 
También los musulmanes exaltan una suerte de restauracionismo, en la medida en la que creen que el islam es lo que Alá siempre tuvo en mente pero simplemente no estaba seguro de cómo llevarlo a cabo con éxito hasta que llegó Mahoma. Creen que judíos y cristianos se corrompieron al mismo tiempo que sus sagradas escrituras, que son “poco fiables” por las maquinaciones de Alá. Y que solo ellos tienen una comprensión perfecta y completa del “verdadero plan” de Dios.
 
¿No les suena familiar?
 
Pero si esto es verdad, como en el caso del protestantismo, entonces ¿cómo se codificó el mensaje de Dios por primera vez? ¿No sabía Dios que su mensaje sería malinterpretado? Si es omnisciente y todopoderoso, debería haberlo sabido. Un dios inferior caería fácilmente en este error.
 
¿Cómo es que él fue tan tonto de confiar inicialmente en la gente equivocada? ¿Cómo es que simples mortales pudieron darse cuenta de algo que Él no vio (Job 38, 1; 41, 34)?
 
Pero, y lo que es más importante, ¿cómo podemos volver a confiar en esta deidad imperfecta ahora que ninguno de sus nuevos mensajeros, ninguno de los cuales es divino, está ya aquí? Quizá esa deidad está confusa de nuevo. Es una pendiente resbaladiza cuyo error es fácil demostrar.
 
No veo diferencia entre lo que creen estos restauracionistas cristianos y lo que profesan los restauracionistas islámicos. No es tan raro que hace quinientos años los protestantes recibieran financiación musulmana y apoyo político e ideológico: Dios los cría y ellos se juntan, como ocurrió.
 
Pero la principal razón por la que condeno el restauracionismo es porque se trata de una idea que no es concluyente. Cuando alguien cree en grandes teorías sobre conspiraciones perversas, se las arregla para hacerse pasar por el héroe/campeón que Dios siempre estuvo buscando. ¡Es su momento y el de nadie más! Ellos son la estrecha línea sagrada que separa el Orden del Caos, el Cielo del Infierno. Y en la medida en que se les ratifica en su estatus sagrado, todo lo que ellos puedan pensar, decir o hacer es aceptable. Después de todo, es lo que “Dios quiso” siempre.

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