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Monday, March 25, 2019
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Soberanía de la Fe

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Autor: Hernán VERGARA, escritor

Es difícil para los hombres de hoy, tomados por sus urgencias pasionales, por sus dificultades económicas, por sus anhelos de una vida mejor, rechazar el recurso a la anticoncepción. De nada vale la experiencia de tantas personas para las que el acogimiento a un niño renueva sus propias vidas. De poco sirve conocer tantas historias en las que el hijo menos deseado ha resultado ser la alegría y sostén de sus padres. La decisión por la anticoncepción no se toma pensando en el futuro aunque se tome a nombre del futuro. Se toma en el presente del apremio sexual, del pánico económico y de la necesidad de conservar la compañía conyugal. Frente a estos apremios sólo puede valer una obediencia trascendental.

La anticoncepción artificial es la desmesura en la vida sexual. Sirve para evitar la concepción de un nuevo hijo cuando es razonable evitarla pero no se limita a esto; es vía libre a la promiscuidad sexual en la inagotable gama de sus degradaciones, y es la celestina de los pánicos del hombre moderno: pánico económico, pánico demográfico, pánico ecológico y hoy, pánico del SIDA. La anticoncepción y el condón son las drogas contra esa corrupción y esos pánicos; son parte complementaria de la droga en la cultura moderna. La Iglesia no puede seguir acompañando a los gobiernos y a la civilización en esta marcha hacia la autodestrucción. La Iglesia debe volver sus ojos a quienes, puestos entre el poder y la vida, escogen la vida.

Jesús, en cuanto judío, no tenía punto de apoyo para justificar su celibato. Cierto es que Juan el Bautista era un célibe pero lo era como asceta que se privaba de muchas cosas de las que Jesús no se privaba. Esa vocación le exigía una libertad para disponer de su vida que, ante los judíos, no era compatible con el compromiso frente a una esposa y unos hijos. Construir esa novedad que era el reino de Dios era distinto a construir una familia según las costumbres judías…San Pablo se vió en dificultades para “recuperar” el matrimonio como institución de la Iglesia. Jesús no tuvo necesidad de engendrar hijos para amar a los niños tiernamente y reivindicarlos ante la sociedad judía como símbolo del hombre nuevo dentro de la novedad del reino (Mt 11, 25; Lc 10, 21 y par; Lc 9, 47; 18, 15-17; Mt 8, 3; 19, 13; Mc 9, 37; 10, 13-14). Si, a sus treinta años, se presenta como un célibe es sólo con referencia al reino que venía a instaurar.

Para unirse, el hombre y la mujer necesitan, además de apetecerse, renunciar a la propiedad sobre sí mismos, lo que es renunciar a su trascendencia frente al otro, y que el don que el uno hace de sí mismo sea aceptado por el otro. Cuando un animal macho y uno hembra se acoplan, lo único que puede ocurrir es que engendren una o varias crías; cuando un hombre y una mujer se unen, previa la entrega y aceptación mutua, algo ocurre necesariamente y algo, eventualmente. Necesariamente, los dos se hacen "una sola carne" (Gn 2,24); eventualmente, pueden concebir uno o varios hijos. Sin duda, el lenguaje bíblico es simbólico. El nos dice en este caso, que en la unión de un hombre y una mujer hay un plus con respecto a la unión entre dos animales macho y hembra. Un plus que el hombre o la mujer niegan, dan por no existente, cuando deciden unirse por el sólo motivo que determina la unión de dos animales macho y hembra: el apetito y el placer.

La castidad remite a la trascendencia, que es común a toda persona humana independientemente de si es célibe o casada, y no a la abstención sexual que es exclusiva de los célibes. La castidad es el ejercicio de la propia trascendencia y el respeto a la trascendencia del otro. Es en ese sentido en el que decimos de una persona que es íntegra o intacta frente a los retos de la convivencia humana. Leon Bloy escribía ya en 1904: “Encargo a un sacerdote, depositario de mi confianza, que pida para mí - muy particularmente - la virginidad. ¡Sí, la virginidad del padre de familia”![1]

Esa integridad o virginidad hablan de la persona en cuanto se rehusa a contemporizar con modos de vida que se apartan del proceso de divinización aún si esto la margina de la comunidad o de la convivencia con otros. Si de lo que se trata es del amor, es mejor “entrar tuerto al reino de los cielos que ir con los dos ojos al infierno” (Mc 9, 47). Una bella fórmula de esta integridad es la frase atribuida a Aristóteles: Amicus Plato, sed magis amica veritas (Soy amigo de Platón, pero lo soy más de la verdad). La castidad, aún si es referida exclusivamente a la sexualidad, remite a la trascendencia de sí mismo y de los semejantes. Asegurada la trascendencia, se entiende que el entregar la propia y aceptar la entrega del otro ha de tener una contraprestación proporcionada a lo que se entrega. Esa contraprestación es la fidelidad por encima de los cambios que el paso del tiempo trae a cada uno de los cónyuges, y el trascender la propia existencia en la del hijo o los hijos por encima de los temores sobre el futuro. La perversión opuesta a la castidad ha sido, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el adulterio y no el matrimonio. El culto al celibato y a la virginidad que florece en las iglesias cristianas no es referido a la vida solitaria, sin compañía a la cual entregarse y a la cual acoger, sino a una nueva y original nupcialidad: a la unión del creyente con Cristo y con sus prójimos según el mandato: “Amáos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,16). Es ése el tipo de unión que, mediante el voto de celibato, anticipa desde la vida presente esa unión con el Cuerpo de Cristo que será común a todos los cristianos después de la resurrección. Los mismos factores culturales que desescatologizaron la concepción de la vida cristiana[2] desplazaron el significado de la castidad hacia la ascética, abriendo, de paso, una profunda brecha entre cristianos célibes y cristianos casados.

Por la entrega corporal, que es entrega del yo por la mediación del cuerpo, la relación sexual remite al arquetipo de toda entrega corporal que es la entrega de Cristo. Entrega del Hijo al Padre para morir a manos de los hombres; entrega del Hombre Dios a los hombres para servirles de alimento. La entrega del hombre a otro que él mismo, ya sea a Dios o a un semejante, remite a la trascendencia de la persona humana. Una persona puede entregarse por la misma razón y con la misma fuerza que le permite rehusarse a la entrega. En eso está el dramatismo del enamoramiento, dramatismo vivido por Dios antes que por los hombres pues en El, la libertad de no entregarse es tan absoluta como su voluntad de entregarse. Como lo han experimentado y expresado los místicos cristianos, en nada es más el hombre imagen y semejanza de Dios que en su nupcialidad, y en la nupcialidad el drama de escoger entre la entrega y la renuncia a la entrega. Por su sexualidad, la persona puede ser violada pero, por su trascendencia, es inviolable. De allí que el problema de si es o no lícito el aborto alcanza su clímax de dificultad en el embarazo por violación. El único argumento en contra que se puede poner es que la persona engendrada es también trascendente, con la trascendencia protegida por el "¡No matarás!" (Dt 5,17) .

La entrega de una persona a otra, empezando por la persona divina, constituye el amor. El amor es la entrega de un trascendente a otro trascendente: "Tánto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito"(Jn 3, 16). Por su trascendencia, por su libertad, la persona no puede ser tomada sino cuando ella misma se entrega. En cuanto es un cuerpo vulnerable, la persona puede ser sexualmente violada, sometida, utilizada sin que ella se entregue pero, si la unión sexual ha de expresar el amor, es preciso que la persona se despoje a sí misma de su propiedad sobre sí misma, de su soberanía, y se entregue indefensa, confiada, a la posibilidad de engendrar un hijo quien, a su vez, no será menos trascendente que la persona a quien ama. Nadie, tal vez, ha dicho mejor que Sartre, lo que es la trascendencia de un hijo para sus progenitores. Lo dijo en una extraña página sobre la Virgen María y el niño Jesus:

“Es Dios, y se parece a mí”.

La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que ver en su rostro es un estupor ansioso que ha aparecido una sola vez en un rostro humano. El Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Lo ha llevado en su vientre nueve meses, le ofrecerá el seno, y su leche se transformará en sangre de Dios. De vez en cuando le viene una fuerte tentación de hacerle olvidar que es Dios. Lo estrecha en sus brazos y le dice: “Niño mío”.

En otros momentos permanece perpleja y piensa: “Ese es Dios”, y es presa entonces de un horror religioso por ese Dios mudo, por aquel niño que inspira temor. Todas las madres se han detenido en algún momento así frente a ese paquete rebelde de su carne que es su hijo, sintiéndose extranjeras ante aquella vida humana que ha salido de su vida y que está habitada por pensamientos extraños. Pero ningún hijo ha sido separado más cruelmente y más prematuramente de su madre, por ser Dios, y excede en todo sentido lo que ella puede imaginar. Pero pienso que hay otros momentos, fugaces y veloces en los que ella advierte a un mismo tiempo que Cristo es su hijo, su niño, y es Dios. Lo mira, piensa: “Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Ha sido hecho de mí, tiene mis ojos, la forma de su boca es la forma de la mía, se me parece. Es Dios y se parece a mí[3]. Y ninguna mujer, jamás, ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios caliente que sonríe y que respira, un Dios al que de puede tocar; y que sonríe. Es en uno de esos momentos cuando pintaría yo a María si fuera pintor. Y trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella adelanta el dedo para tocar la piel pequeña y suave de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe.

Al relacionar la entrega sexual con la entrega de Jesús se puede entender que, así como Jesús no escogió el sufrimiento y la muerte por ellos mismos, pues no fué ni un masoquista ni un suicida, sino que se entregó para que otros vivieran, así mismo la unión sexual entre esposos cristianos no ha de tener por objetivo único el placer o la expresión del amor mutuo. Ha de tener por objeto la vida de otra persona, si es que así ocurre, pues, como lo dijo Leon Bloy, “todo lo que sucede es adorable”. Para que la entrega o la abstención entren en el simbolismo de Cristo, es preciso que rimen con los motivos que tuvo Jesús para no entregarse o entregarse según que hubiera llegado o no su hora. De eso dependía el que su entrega fuera o no la causa de que otros vivieran. Entregarse o no sexualmente ha de relacionarse con el compartir o no con otros la vida que una persona tiene la dicha de poseer. El punto por decidir es si se comparte la vida transmitiéndola por la entrega sexual o si se renuncia a ésta para una participación de la propia vida en formas distintas a la entrega sexual.

La división de los cristianos en casados y célibes como en dos polos alternativos de desarrollo de la vida cristiana, uno de los cuales renuncia a la experiencia del matrimonio para dedicarse a la oración y al estudio de la Palabra de Dios, mientras que el otro se da por eximido de esas tareas para poder ocuparse de la crianza y educación de los hijos, con toda la problemática de las relaciones hombre-mujer, ha bloqueado en su fuente la reflexión teológico-espiritual sobre la sexualidad. Juan Pablo II intenta superar esta división con sus catequesis sobre la “Teología del Cuerpo” pero, al llegar al descubrimiento de que aun entre esposos católicos puede darse el adulterio, suscita una reacción que lo lleva a interrumpir de momento esas catequesis. En Francia, y en el período entre las dos guerras mundiales, se produce un vigoroso movimiento de reflexión teológico-espiritual en el que se destacaron cristianos casados como Leon Bloy, los esposos Maritain, Paul Claudel, Charles Péguy, Georges Bernanos y otros, pero este movimiento no alcanzó a contemplar el nuevo fenómeno de la política demográfica.

La Iglesia primitiva enfrentó, de entrada y con todos sus recursos, las costumbres sexuales de la civilización grecorromana. La lucha era de vida o muerte para el cristianismo, no sólo en lo referente a los gruesos asuntos del incesto y del homosexualismo sino en los aparentemente inocentes chistes de doble sentido (Ef 5, 3-4).

Nosotros pudimos conocer lo que había de atropello y de violencia contra los pobres en la anticoncepción antes de que la Humanae Vitae fuera promulgada[4]. La “política demográfica” y su instrumento, los anticonceptivos artificiales, vinieron destapadamente, cínicamente, como rechazo de los grupos plutocráticos de los Estados Unidos a los pueblos del Tercer Mundo. Vinieron como negación del derecho a engendrar para quienes tuvieran la irresponsabilidad de ser pobres o negros o mestizos. Para conocer la realidad del juego que el Gobierno hacía, no tuvimos necesidad de desenmascarar la ideología del desarrollo aplicado a los países subdesarrollados. Para nosotros la Humanae Vitae entró jugando como bandera defensiva de nuestro pueblo tercermundista contra el imperialismo y el colonialismo de los países desarrollados. Mientras los teólogos y los moralistas católicos discutían sobre los fueros de la conciencia para oponerse a la Humanae Vitae, los pobres del mundo quedaban sin la defensa esperable de parte de la inteligencia católica frente a los poderosos del mundo. En este caso también ocurrió que "los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su gente que los hijos de la luz" (Lc 16, 8). Los hombres del poder y las agencias que los representaban no se distrajeron en consideraciones sobre los problemas de conciencia en el uso de los anticonceptivos. Para esas agencias bastó el argumento economicista de "la lucha contra el subdesarrollo", argumento, por lo demás innecesario, frente a poblaciones que dependen de los servicios asistenciales del Estado como de la única posibilidad de obtener un poco de salud y de escolaridad. La posición de estas agencias tuvo el pragmatismo, la operatividad y la eficacia de una acometida militar. Esa postura herodiana no se realizaba contra una equivocada doctrina católica sobre la sexualidad ni por un sincero interés por el desarrollo de los países tercermundistas. Los gobiernos laicistas son indiferentes a esta clase de problemas. Dentro de este contexto, la Humanae Vitae, más que una doctrina del magisterio pontificio, es una bandera, una señal de lo que es justo, frente a decisiones de fuerza de los gobiernos.

El magisterio de Jesús no es el magisterio impersonal de una ley, así sea ésta la ley natural. Su magisterio es el de un yo y un tú. Para resucitar al hijo de la viuda de Naín se acerca al féretro y dice enérgicamente: “¡Muchacho, contigo hablo, levántate!” (Lc 7, 14)…. Ha sido necesario que Martín Buber, en este siglo, redescubra la índole personal de los dialogantes para que la inteligencia cristiana volviera a tomar nota de que la fe es un diálogo entre el Yo de un Dios personal y el tú que es cada persona.      

Todo el desarrollo ulterior de la vida será la verificación continuamente profundizada de esta gran ley de la existencia humana según la cual el Yo emerge del mundo anónimo del Eso solamente cuando se encuentra con el Tú. Reconocemos aquí el tema central del precioso libro de Martín Buber, Yo y Tu, que demuestra que es a través de un diálogo con un Tú como el Yo llega a tomar conciencia de sí mismo. Esto es una experiencia humana esencial cuyo alcance es, al fin de cuentas, religioso, si es cierto que, como dice Clavel, nosotros somos “yo” sólo porque Dios nos tuetea[5].

El concepto de naturaleza remite por sus orígenes griegos y estoicos a suficiencia de un ser para autorealizarse. Natural es lo que no necesita de otro para afirmarse ante lo otro, y es en ese sentido en el que lo empleó la sociedad ilustrada al notificarle al magisterio eclesiástico que, para entenderse con Dios, no tenía necesidad de ese magisterio. La fe cristiana, en cambio, es una escucha. Ella alude al “¡Escucha Israel!” del Antiguo Testamento, ella habla del hombre como de un “oído [que el Señor despierta] para escuchar como los discípulos” (Is 50. 4), como del niño que aprende a hablar oyendo a sus padres. La fe cristiana habla de una Palabra que enseña, de un magisterio originado más allá de la naturaleza humana. Un magisterio soberano, libre para hablar y para callar, adecuado a un hombre igualmente soberano, libre para escuchar y creer o para no escuchar y no creer. Para tomar los riesgos del diálogo, la Iglesia, o más propiamente, el magisterio eclesiástico, ha de examinarse para saber si está en condiciones de soberanía que enseña libremente y por amor o en condiciones de necesidad de ser escuchada para sobrevivir.

La encíclica Humanae Vitae ha puesto a prueba a la Iglesia, como un test, de si es soberana o se sitúa ante el mundo como dependiente, al igual que la salud mental es el test o prueba, en un médico, de si puede o no ser quien atiende a los que padecen una anomalía mental. La Iglesia corre el riesgo de que el mundo al que intenta enseñar y salvar le diga: “Iglesia, enséñate a tí misma y sálvate a tí misma antes de querer enseñarme y salvarme”. La desobediencia de la Iglesia a la Humanae Vitae la ha puesto en una crisis y en un mayor riesgo de extinción del que pudo darse en la Ilustración y en el modernismo. De esa crisis y de ese riesgo puede salir por ser una soberanía con respecto a la cultura laicista o puede sucumbir ante ésta.

Una vez autorizada la anticoncepción artificial para frenar la concepción de hijos ilegítimos, nada impediría su extensión como una práctica de la cultura sexual. Al defender el fuero exclusivo del Estado sobre una parte de la población advertía a los obispos que ellos tenían fuero apenas sobre otra parte de la población, la de los fieles observantes de la disciplina eclesiástica. En una sociedad homogénea ni el gobierno ni la Iglesia tienen un fuero diferenciado sobre una parte de la comunidad nacional. Cada una de las dos instituciones tiene como fuero la totalidad de la comunidad nacional. La tesis del presidente Lleras Restrepo tomaba los beneficios que para el Estado tiene una sociedad civil diferenciada de la comunidad eclesial, sin renunciar por ello a los beneficios que trae el que los obispos se sientan tan responsables de la salud del Estado como de la de sus fieles.

La paternidad es la más sagrada de las categorías del lenguaje bíblico desde que Dios ha sido llamado Padre por Jesús, y desde que San Pablo afirmó que "toda paternidad viene de Dios" (Ef 3,15). Lo que hicieron nuestros estadistas al hacer de esta categoría una herramienta de rechazo a los pobres es la más audaz y más cumplida realización de la figura del Caballo de Troya. Con la manipulación de esa categoría, los estadistas lograron arrastrar a los católicos hacia la reducción de lo que es un misterio a cuestión de aritmética. Al trasformar esta categoría bíblica en categoría política, han agregado a los diez mandamientos del decálogo y a los cinco mandamientos de la Iglesia: el de no tener más de dos hijos (como precepto) o ninguno (como consejo). Un mandamiento nuevo que no es dado con miras al reino de Dios sino al "crecimiento cero".

¿Hay más pecado en fornicar con anticonceptivo que sin él? ¿Qué es moralmente más grave, engendrar hijos por falta de anticonceptivo o no engendrarlos por el uso de anticonceptivo? El derecho que la Iglesia niega en la Humanae Vitae a los gobiernos para coaccionar a los esposos católicos en cuanto al uso de anticonceptivos, ¿lo niega también o podría admitirlo para compañeros sexuales ocasionales? Los niños que podrían ser engendrados fuera del matrimonio católico quedaban sin quién abogara por su derecho a nacer. La mayoría de los moralistas católicos, distraídos tal vez por el problema de la moralidad o de la inmoralidad de las uniones que se hacen por fuera del matrimonio católico perdieron de vista que hay algo más importante aún que la santidad de un matrimonio: la sacralidad de la vida humana, independientemente de la santidad o de la pecaminosidad de su origen. Juan Pablo II ha corregido la falla de esos moralistas con una encíclica en la que la vida humana es, sin más, el objeto de la solicitud del Evangelio. (Evangelium Vitae, 25 de marzo de 1995).

(Del libro del mismo título, del autor citado, tercer capítulo)


 

 

 

[5] A. Léonard, Pensamiento contemporáneo y fe en Jesucristo, Ed. Encuentro, Madrid, 1985, 286.

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