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Wednesday, November 14, 2018
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Pablo VI, santo

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

Para sonrojo de la humanidad, recientes estadísticas han puesto de relieve que actualmente 821 millones de personas en nuestro mundo se ven azotadas por el hambre. Estas cifras muestran una sangrante paradoja, sobre todo si pensamos que, hoy en día, se destina una ingente cantidad de dinero a buscar vida en otros planetas, mientras que, en el nuestro, una multitud incontable de seres humanos la pierde, porque no tiene nada, o casi nada, que llevarse a la boca.

Por tercer año consecutivo, los estudios realizados nos hablan de un repunte del hambre. Este lacerante fracaso ha de llevarnos a un serio examen de conciencia, tanto en el plano individual como nacional e internacional. Los datos que se manejan sobre la subalimentación crónica han de interpelarnos a todos: gobiernos, asociaciones, empresas, sociedad civil, entes sectoriales, personas particulares. Nadie puede responder a un cuadro tan macabro desde la insensibilidad. Las solemnes convenciones, los discursos y reuniones no son suficientes para extirpar el hambre. Hay que actuar y adoptar medidas perentorias, incisivas, eficaces y coordinadas. Así se podrá socorrer a quienes ven caer la noche con el estómago vacío.

Lamentablemente, este auténtico escándalo no es algo nuevo. Ya Pablo VI, a quien el Papa Francisco inscribió en el catálogo de los santos el pasado 14 de octubre, no dejó de levantar su voz contra esta perversa injusticia. Evocar la figura de Giovanni Battista Montini (1897-1978) y recordar algunos pasajes de su luminoso magisterio puede ayudarnos a salir de nuestro sopor para poner manos a la obra en una causa tan noble y urgente como derrotar el hambre y la miseria en el mundo. En el Mensaje que dirigió al pueblo de Dios, en 1977, con motivo de la Cuaresma, el Pontífice ponía al descubierto su alma, mientras alentaba a dejar a un lado la retórica, para pasar así a la acción en el servicio a los necesitados. Y lo hacía sin medias tintas: “¡Nuestra mirada y nuestro corazón de Pastor universal siguen estando profundamente afectados ante la muchedumbre inmensa de aquellos a quienes todas las Sociedades del mundo dejan a orillas del camino, heridos en sus cuerpos y en sus almas, despojados de su dignidad humana, sin pan, sin voz, sin defensa, solos en su aflicción! Ciertamente se nos hace difícil compartir lo que tenemos, con el fin de contribuir a hacer desaparecer las desigualdades de un mundo que se ha convertido en injusto. Sin embargo, las declaraciones de principios no son suficientes. De ahí que sea necesario y saludable que nos acordemos de que somos los intendentes de los dones de Dios y de que «la penitencia del tiempo de Cuaresma no debe ser solamente interior y personal, sino también exterior y social» (SC n. 110). Poneos ante el pobre Lázaro que sufre hambre y miseria. Haceos su prójimo para que él reconozca en vuestra mirada la de Cristo que lo acoge y en vuestras manos las del Señor que reparte sus dones”.

Estas palabras, escritas ya casi al final de su ministerio petrino, recogían aquellas otras de diez años atrás, contenidas en su memorable encíclica Populorum Progressio y que para nada han perdido vigencia: “Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren la miseria, cuando tantos hombres viven sumergidos en la ignorancia, cuando aún quedan por construir tantas escuelas, hospitales, viviendas dignas de este nombre, todo derroche público o privado, todo gasto de ostentación nacional o personal, toda carrera de armamentos se convierte en un escándalo intolerable. Nos nos vemos obligados a denunciarlo. Quieran los responsables oírnos antes de que sea demasiado tarde” (n. 53). Montini, como hoy hace el Papa Francisco, veía inaceptable que, cuando tantos pueblos no pueden subsistir porque no tienen lo mínimo para alimentarse, se derroche a manos llenas en la industria bélica, en vez de invertir en el fomento de la paz. Por eso, solicitó tenazmente que se constituyera un gran Fondo Mundial, alimentado por una parte de los gastos militares, con el fin de ayudar a los más necesitados (cf. Populorum Progressio n. 51). Y, para servir de ejemplo, quiso crear en la Santa Sede un Fondo, denominado «Populorum progressio», para manifestar la importancia que daba a esta cuestión y lo urgente que era hacerle frente.

El Papa Montini pudo emprender estas audaces iniciativas por ser un hombre de arraigada fe, un pastor con los mismos sentimientos de Cristo, Buen Pastor, alguien que constantemente extraía de la plegaria y de la meditación asidua de la Palabra inspirada la luz que lo conducía hasta el hermano pobre y desamparado. Ese estilo montiniano ha de ser también el nuestro a la hora de auxiliar a los desfavorecidos. El cristiano, cuando se acerca al pobre, no se mueve por razones sociológicas o culturales, por ansias de protagonismo o buscando aplausos. Su motivación es cristológica, mística. No hace nada más que imitar a su Señor. Sabe que el discípulo tiene que recorrer la misma senda que el Maestro. Por ello Pablo VI invitaba al cristiano a identificarse con su Salvador: “¡Ojalá que todos los que se dicen de Cristo puedan escuchar su llamada: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui un extranjero, y me recibisteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel; y me vinisteis a ver!» (Mt 25, 35-36). Nadie puede permanecer indiferente ante la suerte de sus hermanos que todavía yacen en la miseria, presa de la ignorancia, víctimas de la inseguridad. Como el corazón de Cristo, el corazón del cristiano debe sentir compasión de tanta miseria: «Siento compasión por esta muchedumbre» (Mc 8, 2)” (Populorum Progressio n. 74). Ahora bien, si, en la hora presente, los números del hambre, en vez de disminuir, se han disparado, significa que el grito del indigente no rompe nuestra sordera. Su clamor desgarrado parece haber quedado desatendido. ¿Qué nos está pasando que no vemos el rostro de Cristo en el débil y postergado? ¿Qué nos sucede que nuestras manos no curan las heridas de los menesterosos, permaneciendo cerradas o indolentes ante su necesidad? Y, sin embargo, el dolor de nuestros hermanos no consiente la espera. Hemos de apropiárnoslo si queremos paliarlo.

Volver a Pablo VI, traer a menudo a colación sus agudas y atinadas reflexiones, mirarnos en él como en un espejo de virtud, seguir sus huellas de cristiano comprometido, puede ayudarnos a salir de nosotros mismos y de nuestra comodidad, para levantar la vista hacia cuantos penan y padecen. Todos, sin excepción alguna, hemos de hacerlo, revisando esmeradamente nuestros planteamientos, ya que es deplorable que persistan o se agraven situaciones tan trágicas como el analfabetismo, la proliferación y prolongamiento de los conflictos armados, el incremento de las desigualdades económicas, la carencia de alimentos, agua potable, estructuras sanitarias o una vivienda digna para gran parte de la humanidad, el avance de la deforestación, la contaminación de los océanos, la trata de personas, las migraciones forzadas, el desempleo o los atentados contra la vida humana, particularmente en el seno materno.

Familiarizarse con los razonamientos de Pablo VI, entraña poner en un primer plano los derechos fundamentales del hombre, aquellos que constituyen el quicio del bien común de toda la humanidad en camino hacia la conquista de la paz. Para ello, es necesario que todos los hombres, cobrando conciencia cada vez más clara de esta realidad, tengan bien presente que, en este campo, hablar de derechos es también enunciar deberes. Uno de los deberes que estuvo más en la vanguardia del pensamiento y las iniciativas de Pablo VI fue la lucha contra el hambre. Y esto, sin duda alguna, por razones personales. En efecto, siendo joven sacerdote pudo frecuentar la sede del Instituto Internacional de Agricultura, enclavado en la maravillosa Villa Borghese de Roma, y que, a instancias de David Lubin, fue fundado por el Rey Víctor Manuel III para estudiar los problemas del sector agroalimentario. Esa entidad, de carácter técnico, estuvo en la base de lo que luego sería la FAO, organismo intergubernamental de la ONU para la Alimentación y la Agricultura. Esta institución tuvo su cuna en Quebec el 16 de octubre de 1945, como uno de los frutos más granados y benéficos del inmediato final de la II Guerra Mundial, justamente con el objetivo de eliminar el hambre a través del desarrollo del sector agrícola, ganadero y pesquero.

Respaldado por el apoyo incondicional de Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Su Santidad Pío XII logró que la Santa Sede estableciera relaciones diplomáticas regulares con esta Agencia Internacional, en 1948. Desde entonces, la Sede Apostólica ha colaborado con la FAO de forma constante y decidida, lanzando continuos llamamientos para que el pan no falte nunca en la mesa de la humanidad. Demos gracias a Dios por ver a Pablo VI en los altares. Amparados en su intercesión y animados por su palabra encendida de caridad, tengamos una mirada siempre atenta a las necesidades de los demás. A su lado, imitemos la bondad de Cristo, que tuvo compasión de la muchedumbre y no pasó de largo ante los que sienten el zarpazo del sufrimiento, el menosprecio y la amargura (cf. Mt 15, 32).

(Publicado en la revista "La Verdad" de la Archidiócesis de Pamplona-Tudela)

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