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Tuesday, February 19, 2019
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Pío XI, los cristeros mexicanos y la Cruzada Nacional española

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Autor: Javier NAVASCUÉS, periodista

La persecución a los católicos mexicanos, así como la heroica resistencia de éstos en lo que se conoce como “Cristiada” o “Guerra Cristera”, fue uno de los hechos más dramáticos que tuvo que afrontar el Papa Pío XI durante su pontificado (1922-1939). México, desde su independencia de España, a principios de la década de 1820, seguía siendo un país mayoritariamente católico, pero estaba gobernado por una élite de políticos, muchos de ellos anticlericales y masones, destacando entre ellos el presidente Benito Juárez, en la década de 1860.

En 1917 la política antirreligiosa se aceleró con el gobierno del presidente Venustiano Carranza, que había derrotado a los célebres caudillos revolucionarios Pancho Villa y Emiliano Zapata, pero que él mismo era totalmente anticlerical. Promulgó la Constitución de 1917, muy antirreligiosa que prohibía la enseñanza religiosa y nacionalizaba los bienes eclesiásticos. Pío XI la condenó duramente en su encíclica Iniqus Affictisque en 1926. El notablemente corrupto Carranza fue derrocado por el general Álvaro de Obregón en 1920, siendo muerto por uno de sus oficiales. Obregón, también antirreligioso, gobernó hasta 1924, año en que llegó al poder el general Plutarco Elías Calles, cuyo gobierno se caracterizará por una brutal persecución anticristiana.

Calles llegó a intentar prohibir el culto cristiano, ordenó el cierre de las iglesias e incluso intentó crear una Iglesia “Patriótica” cismática. Ante esta tiranía anticristiana los católicos mexicanos, viendo que era imposible negociar con el gobierno, (algo que intentaron sin éxito) se alzaron en armas en varias zonas del país, como Oaxaca, Jalisco, Zacatecas o Guadalajara. La Guerra Cristera (Viva Cristo Rey era el lema de los “cristeros”) fue una epopeya admirable de resistencia, heroísmo y martirio. Murieron 30.000 cristeros. La lucha más dura se dió en los estados de Jalisco y Michoacán, al norte del país, aunque la guerra afectó de hecho a la mayor parte de México. En 1926 y 1927 el Papa Pío XI declaró en varias ocasiones su admiración por los católicos mexicanos y deploró las leyes inicuas del gobierno, pero no llegó a aprobar la resistencia armada.

En 1928 un vengador cristero mató al general Obregón, que había vuelto a convertirse en presidente. El nuevo presidente Portes Gil manifestó una cierta voluntad negociadora y en ese momento intervino decisivamente el gobierno de Estados Unidos a quien en absoluto convenía la victoria de los Cristeros. Sus ejércitos se fortalecían mientras los del gobierno estaban en declive y es que el gobierno de lo que empezaba a llamarse PRI (“Partido Revolucionario Institucional” había entregado a Estados Unidos y sus empresas el petróleo y otros sectores económicos del país). Los Cristeros defendían una política más patriótica.

Washington intervino y a través de su embajador en México, Dwight Morrow, “medió” en una negociación entre el gobierno y algunos obispos mexicanos más “liberales” (los cristeros no fueron admitidos a negociar) que dio origen a los llamados “Arreglos” por los cuales los Cristeros se comprometían a disolver su ejército (la Guardia Nacional) y entregar las armas a cambio de que el gobierno se comprometiera a no aplicar la legislación anticristiana (aunque ésta no sería derogada). Pío XI, influido por los obispos norteamericanos, (al servicio de su gobierno), aprobó el Acuerdo e instó a los cristeros a deponer las armas.

En un acto de obediencia heroico los cristeros obedecieron, pero quien no cumplió el pacto fue el gobierno que detuvo y ejecutó a 1500 cristeros. El gobierno volvió a permitir el culto pero nada más. La legislación anticristiana y promasónica continuó durante muchos años. El régimen del PRI se consolidó e iba a durar largas décadas. (En realidad la masonería había sido la instigadora de la persecución anticristiana en México). El PRI es el equivalente ideológico en México a lo que en España es el PSOE.

Muchos católicos mexicanos se sintieron traicionados por Pío XI, pero en realidad éste había sido engañado en su buena fe tanto por el gobierno norteamericano (apoyado por sus obispos) como por su propio Secretario de Estado el filoliberal Cardenal Gasparri a quien en 1930 sustituyó por el mucho más conservador Cardenal Pacelli (futuro Pío XII). A partir de 1930 el Papa reconoció el fracaso de su política mexicana y dedicó nada menos que 3 encíclicas a México en 1932, 1933 y 1937 en las que alabó y justifico explícitamente la resistencia armada de los Cristeros. Era demasiado tarde pero demostró su buena fe.

Todo lo ocurrido respecto a México y la Guerra Cristera sirvió de lección a Pío XI en su política respecto a España, el nuevo campo de batalla entre la lucha el Bien y el Mal durante los años 30. Cuando la persecución a los católicos se hizo evidente, tanto con la quema de cientos de iglesias en 1931 y 1932, como a nivel institucional con la Constitución republicana de 1931, los obispos españoles publicaron con 2 Cartas pastorales colectivas ya en 1932 y 1933 denunciando la situación cada vez más difícil de los católicos en España. En junio de 1933 el Papa promulgó la Encíclica Dilectissima nobis denunciando la persecución anticristiana en España. La victoria electoral del centroderecha en 1933 posibilitó la formación de gobiernos de centroderecha hasta 1936 y la persecución institucional cesó, pero en el intento golpe de estado revolucionario de octubre de 1934 volvieron a arder las iglesias y a ser asesinados los católicos. En febrero de 1936, tras una victoria electoral falsa y fraudulenta de la izquierda ésta volvió al poder y se reanudó la persecución.

En julio de 1936 se produjo el Alzamiento Nacional cívico militar en defensa de la Fe y la Patria en contra del gobierno marxista genocida anticristiano. En la zona roja o republicana se produjo, como es bien sabido, una monstruosa persecución y un auténtico intento de genocidio contra los católicos, que dio como resultado la destrucción de 35000 iglesias (de las 56000 que había en el país) y el asesinato, bajo horribles torturas previas, de 8000 religiosos de ambos sexos y de 50.000 civiles, muchos de ellos martirizados por el simple hecho de ser católicos.

La célebre Carta Colectiva de los obispos españoles de julio de 1937 marcó la posición de la Iglesia. Pío XI ya en septiembre de 1936 había condenado las masacres revolucionarias aunque su prudencia extremada le llevó a diferir un año el reconocimiento oficial al gobierno del general Franco. El Papa felicitó efusivamente a Franco por su victoria definitiva en 1939.

El ejemplo mexicano hizo que durante los años de la República el Papa no cayera en la trampa “liberal” de condenar la formación de unidades paramilitares católicas como las del Requeté carlista (quizá los carlistas fueron el equivalente más exacto en España de lo que en México habían sido los Cristeros) y evitara cuidadosamente la condena o el desaconsejar la vía de las armas para derrocar al gobierno anticristiano, con falsas premisas de “humanitarismo” y “pacifismo” que tan caras habían costado a los católicos mexicanos.

La “opción armada” era plenamente válida como legítima defensa en última instancia si se trataba de hacer frente a un gobierno totalmente sectario y decidido a hacer realidad su objetivo de erradicar la religión del alma humana. La lección de los heroicos católicos mexicanos no fue olvidada.

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