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Sunday, May 26, 2019
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

La naturaleza como fundamento de la vida moral. A los XXV años de la "Veritatis splendor"

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Autor: Enrique MARTÍNEZ, doctor en Filosofía

Afirma el filósofo y psicoanalista lacaniano Slavoj Zizek que «la naturaleza no existe» sino como «dispersión caótica». Sigue en esto a Friedrich Nietzsche, para quien «el carácter total del mundo es por toda la eternidad el caos».

Esta negación del orden de la naturaleza y su sustitución por el caos es juzgada muy lúcidamente por José Mª Petit como una de las características esenciales de la postmodernidad. Ello se debe en última instancia a que la naturaleza es «sombra de Dios», y por eso hay que eliminarla. Ni siquiera debe proclamarse un naturalismo inmanentista en el que una naturaleza ordenada sea divinizada sustituyendo al Dios Creador; por el contrario, sólo cabe afirmar el imperio absoluto del azar, que imposibilita hallar un sentido racional a la existencia del mundo y una causa última de la misma.

«Esta tesis –explica Petit–, fisica y metafisicamente imposible, me recuerda el acto primero de la representación de los populares pastorets catalanes, en concreto la obra llamada L‘Estel de Natzaret del Dr. Pàmies en que, en el acto primero con que se inicia la representación, se produce un diálogo entre el ángel fiel a Dios, Miguel, y el ángel caído, Luzbel, en que este último, Satanás, le dice a san Miguel que él no ha sido creado por Dios sino que el azar los creó a ambos, tesis típicamente maniquea, pero que viene al caso recordar. El azar en la postmodernidad es creador».

Las consecuencias de esta doctrina en el orden moral son inmediatas y gravísimas. No se discute ya qué es y qué no es natural, ni se puede hablar de actos contra natura, y mucho menos de pecado contra Dios, sino que el bien y el mal es lo que cada uno quiera que sea, sin razón alguna que lo justifique. Se trata de la construcción sin fin del propio devenir propia del «hombre fáustico», en expresión de Francisco Canals; en efecto, cuando el soberbio e insatisfecho protagonista del drama de Goethe pregunta al diablo qué camino hay que tomar, Mefistófeles le responde: «¡No hay ningún camino! Vas adonde nadie pisó ni podrá pisar».

Desde esta premisa, cualquier defensa de lo natural y cualquier rechazo de lo contra natura deberán ser igualmente combatidos. Es así como hay que entender la imperante ideología de género con todas las perversas variantes que se derivan; su gran enemigo, al que destruir sin piedad, es la familia fundada sobre el matrimonio natural entre un hombre y una mujer.

La naturaleza significa el enraizamiento del devenir en el ser

Pero que la naturaleza existe es algo evidente a los sentidos, como ya reconoce Aristóteles. Y quien niega algo evidente lo hace por haber caído en las redes de las argumentaciones sofisticas o, aún peor, en las redes diabólicas que le llevan al pecado de protervia.

¿Qué es entonces la naturaleza, tan denostada en la postmodernidad? El mismo Aristóteles recoge cinco sentidos del término griego physis, que asume luego santo Tomás como sentidos del término natura: generación vital, principio intrínseco de la generación vital, principio intrínseco del movimiento, forma y materia en tanto que principios del movimiento, y esencia específica que es el fin de la generación. Mas el Aquinate destaca en la naturaleza como generación algo no apuntado por el Estagirita, y es la conjunción entre generante y generado. No se trata de un mero «contacto» entre el móvil y lo movido, sino un surgimiento, una pertenencia de lo generado al generante: «De ahí –explica Petit– que aunque el que nace es otro que el generante, es engendrado junto a él, desde él. Y ésta es la idea de la naturaleza, la pertenencia del obrar al ser, como al árbol le pertenecen los retoños, como a la madre le pertenecen los hijos» (5)... y como al hombre le pertenecen sus obras. Éstas no son pura exterioridad, sino que están unidas al sujeto que obra como lo generado al generante: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7, 20). ¡Qué hermosa es entonces la vida moral, manifestativa de la naturaleza del hombre, de su naturaleza racional! Más aún, de su ser personal (6). ¡Qué hermosa es sobre todo la vida familiar, lugar natural en el que se revela con más claridad la obra de Dios!

El combate postmoderno contra la naturaleza conlleva la desaparición de este enraizamiento de las obras en el ser personal. Sin la naturaleza deja de existir un orden moral, pero desaparece asimismo su sujeto, la persona: «El antropocentrismo radical –explica Canals– expresado en la primacía absoluta de la praxis cancela el reconocimiento de aquello que es dignissimum in tota natura. Persona es nomen dignitatis, pero esta dignidad entitativa no puede ser admitida, ni en sí mismo ni en el prójimo, por el hombre endiosado y suicida entregado al mito de la acción sin fin» (7). La consecuencia es descrita por Canals de este sugerente modo:

«Un literato conocedor del mundo de hoy podría fingir, con fundamento en la realidad, la biografia novelesca de este hombre a quien nadie miró, que podría haber sido reiteradamente fotografiado, radiografiado, sometido a análisis clínicos, y tests psicológicos, y cuyos datos podrían estar archivados en abundantes ficheros y memorias electrónicas, [la biografía de un hombre que] en su trágica soledad, perdido en lo público y sumergido en la socialización impersonal de pretendidas relaciones humanas, podría ser caracterizado con el título de el hombre a quien nadie miró» (8).

Las inclinaciones naturales y los preceptos de la ley natural

El enraizamiento del obrar en el ser se manifiesta en las inclinaciones naturales, pues todo lo que es natural está ordenado intrínsecamente a obrar para alcanzar un fin, que es su propia perfección. Santo Tomás identifica las siguientes inclinaciones naturales: primero está la que es común a toda sustancia, que la lleva a conservar el propio ser; luego la común a todo animal, que lo mueve a engendrar y criar la prole; y finalmente las inclinaciones específicas del hombre, que lo mueven a conocer la verdad acerca de Dios y a vivir en sociedad (9).

Y como aquello a lo que está inclinado el hombre lo aprehende como bueno y, por tanto, como algo que debe ser procurado, «de ahí –concluye el Aquinate– que el orden de los preceptos de la ley natural sea correlativo al orden de las inclinaciones naturales» (10). Se refuta así la acusación kantiana de extrinsecismo o heteronomía a la moral fundada en la ordenación natural a la propia perfección; sin duda, esta ley natural es participación de la ley eterna, pero ha sido impresa por Dios en el mismo corazón del hombre para que, siguiendo sus inclinaciones naturales, sea con su razón y el gobierno de sí mismo ministro de la Providencia.

Así, por la primera inclinación a conservar el propio ser «pertenece a la ley natural todo aquello que ayuda a la conservación de la vida humana e impide su destrucción» (11). De este modo, es de ley natural el trabajo, por el que se buscan los bienes necesarios para la alimentación, el vestido, la vivienda, etc.; la medicina, por la que se intenta la recuperación de la salud; o la milicia, por la que se busca defender la vida de los compatriotas. Y son contrarios entonces a la ley natural el suicidio, el aborto, la eutanasia y toda forma de homicidio contra el inocente.

Por la segunda inclinación a engendrar y criar la prole, «se consideran de ley natural las cosas que la naturaleza ha enseñado a todos [os animales, tales como la conjunción de los sexos, la educación de los hijos y otras cosas semejantes» (12). De este modo, son de ley natural el matrimonio para toda la vida entre un hombre y una mujer, la familia fundada en el matrimonio, y la educación de los padres a los hijos, de la que deriva subsidiariamente toda otra educación natural. Son contrarias entonces a la ley natural las diferentes formas de sexualidad fuera del matrimonio, o que excluyan la generación de los hijos, o realizadas entre personas del mismo sexo, así como la intromisión abusiva del Estado en la educación de los hijos.

Y por la tercera inclinación a conocer la verdad acerca de Dios y a vivir en sociedad, «pertenece a la ley natural todo lo que atañe a esta inclinación, como evitar la ignorancia, respetar a los conciudadanos y todo lo demás relacionado con esto» (13). De este modo son de ley natural la enseñanza y comunicación de la verdad, sobre todo la referida a Dios, principalmente en la educación, pero también en otros ámbitos de la vida social, como el judicial, el político, el comercial, el periodístico, etc. También es de ley natural el gobierno de la comunidad política en orden a promover por medio de la ley positiva la consecución de todos los bienes referidos anteriormente, que pertenecen al bien común por cuanto son exigencias de la naturaleza humana; y entre ellos el correspondiente a la verdad acerca de Dios, que es el más propiamente humano, y de ahí que sea una exigencia de la ley natural que en la vida política se tribute a Dios el culto debido. En consecuencia, son contrarias a la ley natural la mentira en todas sus formas –fraude, perjurio, difamación, etc.–; la enseñanza de doctrinas falsas –relativismo, escepticismo, ateísmo, etc.– y la prohibición de enseñar la doctrina verdadera; la promulgación de leyes injustas, y sobre todo en favor del «laicismo, o sea, de la apostasía de la sociedad moderna que pretende alejarse de Dios y de la Iglesia» (14).

Conviene apuntar finalmente que el fundamento de toda inclinación a la propia perfección y a la comunicación de esta se encuentra en la bondad divina. Ciertamente, quiso Dios crear este mundo, liberalmente y no por necesidad o indigencia, sino sólo para comunicar su bondad. Por consiguiente, debe decirse que todo bien creado se ordena a la bondad divina, y busca asemejarse a ella inclinándose por naturaleza a su propia perfección (15), y también comunicando a otros esta perfección (16). De ahí que rechazar las exigencias de la ley natural conlleva una radical oposición a la misma bondad divina.

La gracia no destruye la naturaleza sino que la supone y perfecciona

Mas ¿puede el hombre cumplir todas estas exigencias de la ley natural con sus solas fuerzas? Sí podía en el estado de naturaleza, excepto en lo referente a la consecución de los bienes sobrenaturales. Pero no puede en el estado actual de corrupción consecuencia del pecado original. Con admirable precisión lo explica santo Tomás:

«En el estado de corrupción, el hombre ya no está a la altura de lo que comporta su propia naturaleza, y por eso no puede con sus solas fuerzas naturales realizar todo el bien que le corresponde. Sin embargo, la naturaleza humana no fue corrompida totalmente por el pecado hasta el punto de quedar despojada de todo el bien natural; por eso, aun en este estado de degradación, puede el hombre con sus propias fuerzas naturales realizar algún bien particular, como edificar casas, plantar viñas y otras cosas así; pero no puede llevar a cabo todo el bien que le es connatural sin incurrir en alguna deficiencia. Es como un enfermo, que puede ejecutar por sí mismo algunos movimientos, pero no logra la perfecta soltura del hombre sano mientras no sea curado con la ayuda de la medicina» (17).

Y por ello, para llevar una vida moral conforme a la propia naturaleza -y por supuesto para la vida sobrenatural- El hombre necesita de la gracia. Pero no hay que olvidar aquel principio del Aquinate: «Como quiera que la gracia no suprime la naturaleza, sino que la perfecciona, es necesario que la razón natural esté al servicio de la fe, de la misma forma que la tendencia natural de la voluntad se somete a la caridad» (18).

El Verbo eterno de Dios mismo asumió la naturaleza humana en su integridad, y nadie ha seguido las inclinaciones naturales más perfectamente que Jesucristo: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado» (19). Por eso en Cristo se contempla mejor que en ningún otro hombre la naturaleza humana y la vida moral que le corresponde, de modo particular en el seno de la Sagrada Familia.

Es precisamente de su corazón humano traspasado por amor que mana la gracia que auxilia nuestra naturaleza caída, sanándola y elevándola con todas sus inclinaciones para poder amar con caridad divina en la vida familiar, en las amistades, en el taller y la empresa, en la comunidad política, en la historia:

«Sólo aquel que es el Unigénito del Padre y el Verbo hecho carne lleno de gracia y de verdad, al descender hasta los hombres, oprimidos por innumerables pecados y miserias, podía hacer que de su naturaleza humana, unida hipostáticamente a su divina Persona, brotara un manantial de agua viva que regaría copiosamente la tierra árida de la humanidad, transformándola en florido jardín lleno de frutos» (20).

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