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Friday, February 21, 2020
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

¿Es inocente el cardenal Pell?

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Autor: Michael WARREN, periodista

La rana nunca tiene en cuenta esa milésima de segundo en la que la temperatura del agua de la cacerola aumenta medio grado. Asimismo, los católicos que viven en América en 2019 no pueden apreciar mínimamente la magnitud de lo que ha sucedido esta semana en Australia. No tengo ninguna duda de que mis nietos sí lo harán.

Estos son los hechos. En diciembre de 2018, el cardenal George Pell, antiguo arzobispo de Melbourne y prefecto de la Secretaría de Economía de la Santa Sede, fue juzgado culpable de abuso sexual de dos niños del coro en los años 90. Apeló la sentencia y el 21 de agosto tres jueces votaron 2 a 1 ratificándola.

Sin ninguna sombra de duda, Su Eminencia es inocente. Me explico: es literalmente imposible que el cardenal Pell sea culpable del crimen del que ha sido acusado. Los hechos del abuso descritos por la fiscalía no sólo son ridículos, sino que es físicamente imposible para un hombre realizarlos. No hubo testimonios por parte de terceros y ni una sola prueba forense que demostrara su culpabilidad. Todos los sacerdotes, los chicos y los miembros del coro de la catedral de San Patricio en Melbourne han testificado que Pell estaba celebrando misa en el momento del presunto ataque.

Pero no se fíe de mis palabras. Lea los documentos del juicio. Lea los informes de las noticias. Demonios, lea cualquiera de los cientos de extensas diatribas anti-Pell publicadas en estos últimos años. Empiece con el asesinato político bajo forma de libro de Louise Milligan titulado Cardinal. Observe con qué rapidez se da usted cuenta de que lo que está leyendo no cuadra. Se dará cuenta de que está leyendo una y otra vez los mismos párrafos, dos, tres veces. Empezará a sentir ansia. «Estoy pasando algo por alto», se dirá a sí mismo, «esto no tiene ningún sentido».

De hecho, usted no está pasando nada por alto. La verdad es que no tiene sentido. Porque el cardenal Pell es inocente. Las acusaciones son falsas. Sin embargo, el sistema de justicia australiano, la prensa australiana y la mayoría de la opinión pública australiana se niegan a admitirlo. Un hombre inocente -un hombre santo, amable, honesto y compasivo- pasará los próximos seis años en prisión. Y cuando salga, pasará el resto de sus días en la tierra siendo considerado por el mundo un pedófilo violento.

Todo americano justo, cualquiera que sea su credo, debería sentirse indignado ante la grave injusticia que se está cometiendo en nuestra nación hermana del otro lado del Pacífico.

¿Cómo es posible que tantas instituciones -todas ellas diseñadas específicamente para salvaguardar los derechos individuales y garantizar el debido proceso- fracasen simultáneamente y de manera tan desastrosa? La respuesta es, sencilla y llanamente, el anticlericalismo.

Los corruptos, los decadentes y los depravados siempre han odiado el sagrado sacerdocio de Cristo. Esto fue así en el caso de san Telémaco, el eremita del siglo V que se lanzó entre dos gladiadores [para abolir los combates] y que fue prontamente apedreado por la multitud. Es así hoy en el caso del cardenal Pell, el defensor más claro en Australia del niño no nacido, ridiculizado durante mucho tiempo por sus esfuerzos en proteger a las familias rechazando la ley australiana del divorcio sin culpa.

Desde la investigación llevada a cabo por el Boston Globe («Spotlight») en los primeros años del 2000, el anticlericalismo está cada vez más difundido. Países con una amplia minoría católica (como Estados Unidos y Australia) están hartos de los hombres con alzacuellos. En nuestra cultura, los sacerdotes católicos son considerados culpables hasta que se demuestre lo contrario. Esto es lo que ha sucedido literalmente con el cardenal Pell, dado que no había pruebas condenatorias, sólo las inverosímiles acusaciones de un joven con problemas. Ha sido condenado porque no ha podido demostrar que él no abusó de esos chicos hace veinte años. A no ser que en esos años hubiera instalado cámaras de vigilancia, realmente no había ninguna posibilidad de que el tribunal dejara libre a Su Eminencia.

Además, incluso si los dos jueces que han ratificado la sentencia no fueran anti-clericales, ¿qué otra elección tenían? Hace mucho que el cardenal Pell ha sido condenado en el tribunal de la opinión pública. Su vida ya está acabada. ¿Por qué deberían pasar a la historia como los tipos que han dejado que quedara impune un obispo que había abusado de niños? ¿Tal vez porque es justo? Es una idea pintoresca, aunque no es una que tenga mucho que ver con la clase jurídica moderna.

Si estos estereotipos malintencionados tuvieran como objetivo cualquier otra religión, serían obviamente juzgados descaradamente prejuiciosos por todas las personas decentes. Por ejemplo, en abril, The New York Times publicó una viñeta grotesca en su edición internacional en la que se mostraba a un perro con la cara de Benjamin Netanyahu guiando a un Donald Trump ciego. El perro llevaba la Estrella de David en su collar; su propietario llevaba puesta una kipá. El periódico fue reprendido y obligado a pedir disculpas. Y con razón.

Sin embargo, dudo de que haya una reacción firme contra The Australian, el periódico de centroderecha líder del país, por una viñeta igualmente infame publicada el día en que se rechazó la apelación del cardenal Pell. En ella se puede ver a un sacerdote con cuernos y una barba de chivo escondido en un confesonario, que está cubierto con una cremallera gigante, como si perteneciera a unos pantalones de hombre. Esta es la realidad: el anticatolicismo es el último prejuicio aceptable.

¿Por qué? Porque en ciudades como Boston y Melbourne, la población nominalmente católica es, en su mayoría, eso: nominal. Los izquierdistas que hablan de boca para afuera sobre la fe sostienen, sin embargo, que la Iglesia necesita «caminar con los tiempos» sobre el matrimonio gay, la ordenación de las mujeres, etc. Estos pseudo-católicos dan a sus compañeros de la izquierda permiso para criticar «su» religión de una manera que, si se tratara de otras religiones, sería considerada islamofobia, antisemitismo, etc.

Estos católicos simbólicos recuerdan a su devota abuela y se sienten invadidos por un afecto nostálgico hacia la Iglesia. Esta abuela suele ser casi siempre una campesina polaca iletrada, con el rosario en la mano, que le pide a san José que interceda para que su inútil hermano deje la botella. Porque no odian a su Babcia.

(a pesar de que esta era una persona supersticiosa e instrumento homofóbico en manos del patriarcado internacional), creen que pueden odiar el dogma católico, los ritos católicos, el clero católico y todos los católicos practicantes, todo sin pensar que ellos mismos son unos anticatólicos intolerantes. Además, les gusta Joe Biden. Es católico, ¿verdad?

Louise Milligan, principal torturadora del cardenal Pell en los medios de comunicación australianos, encaja a la perfección en este tipo «católico anti-católico». Veamos estos pasajes de una entrevista que concedió en abril al Financial Times:

Procede de una familia irlandesa tan católica que su abuela se negó a ir a la boda de uno de sus once hijos porque no se celebraba en la iglesia. Cuando Milligan conoce a mujeres de su edad que han sido abusadas por monjas o sacerdotes, piensa «podría haber sido yo»…

Milligan no pretende ser imparcial. Siente la rabia de las víctimas de la Iglesia como si fuera una herida de guerra. «Crecí en un ambiente católico muy estricto e hice la comunión en la misma época en que la hizo Julie Stewart [una víctima de abusos]», dice. «La fotografía de su primera comunión se parece mucho a la mía. Allí, salvo por la gracia de una deidad que ya no sigo, es donde voy».

Nada que ver aquí, amigos. Sólo una chica de colegio católico perfectamente normal.

Una cierta parte de la culpa debe recaer también sobre nosotros, los fieles católicos que trabajamos en los medios de comunicación. Demasiado a menudo, en nuestra prisa por identificar a los sacerdotes malvados, olvidamos nuestro deber de defender a los buenos sacerdotes. Esto es evidente cuando listas de «sacerdotes acusados de forma creíble» son aceptadas como prueba incontrovertible de culpabilidad. Actualmente, muchos periodistas católicos bienintencionados y devotos contribuyen a esta cultura de desconfianza que está perjudicando gravemente al sacerdocio. Incluso si rechazamos el estereotipo del sacerdote pedófilo, no hacemos lo suficiente para refutarlo.

Nuestro deber es tanto proteger a los George Pells como condenar a los Theodore McCarricks. El primero puede incluso adquirir un significado especial, precisamente porque ningún medio secular arriesgará su piel exigiendo un juicio justo para un anciano sacerdote católico falsamente acusado de cometer crímenes atroces contra niños. Los periodistas católicos debemos avanzar y hacer mucho más para proteger a nuestros reverendos padres de estos estereotipos malignos. Debemos garantizar que el proceso legal sea ajustado a derecho y que se presuma su inocencia. Se lo debemos.

También se lo debemos a nuestros amigos y a nuestra familia, cuya fe en el sagrado sacerdocio puede ser corrompida por la retórica anticlerical. Se lo debemos a nuestros hijos, algunos de los cuales serán sacerdotes, y que pueden sufrir seriamente a manos de los cazadores de curas. Se lo debemos a todos los hombres jóvenes que se niegan a aceptar su vocación al sacerdocio, por temor a una persecución legal y sistemática; y no se equivocan.

Por último, pero no menos importante, nos lo debemos a nosotros mismos. Australia está utilizando el escándalo Pell para forzar a nuestro clero a violar el Sello del Confesionario cuando un sacerdote, que se está confesando con otro sacerdote, admite haber abusado de niños. Recuerde que los católicos de California esquivaron por los pelos una ley similar el pasado mes de junio.

Vinieron a por los obispos. Ahora vienen a por los sacerdotes. ¿A por quién vendrán después? Pues a por los laicos, claro está. Yo. Usted.

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