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Thursday, December 03, 2020
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

La peste de la banalidad

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Autor: Pietro DI MARCO, filósofo

En la coyuntura mundial de la pandemia actual no existe el más leve indicio de una intervención de la Iglesia “mater et magistra” que esté a la altura de su maternidad y su precepto universal. Lo hemos visto también aquí, en Italia, en varias intervenciones de diverso tipo, como las de Marcello Veneziani, Massimo Introvigne, Gianfranco Brunelli de “Il Regno”, Enzo Bianchi del monasterio de Bose. Años de piadosa charla eclesial sobre levadura, evangelización y profecía tropiezan de manera teatral con el obstáculo imprevisto de una epidemia que, inmediatamente, ha dramatizado todo, convirtiéndolo en una cuestión vertical, entre la vida y la muerte.

Esta incapacidad de palabra está agravada, contra toda esperanza, por la ideología de una Iglesia como “minoría profética” que tiende inevitablemente a la utopía, débil sustituta de la iglesia “militans”.

También la conmovida oración del arzobispo Mario Delpini entre las agujas de la catedral de Milán ha parecido falta de autoridad –¡sobre la cátedra de Ambrosio!–, empezando por el modo informal, casi privado, con el que el prelado se ha presentado ante las cámaras de televisión y el mundo, en lugar de hacerlo con los hábitos litúrgicos apropiados. Entiendo que bastan el hábito laboral y el solideo para empezar con “O mia bela Madunina” en lugar de hacerlo con “Recordare Domine testamenti tui et dic Angelo percutienti: Cesset manus tua” [“El Señor se arrepintió del castigo y ordenó al ángel que asolaba al pueblo: «¡Basta! Retira ya tu mano»”, de 2 Samuel 24, 16, introito a la misa “pro vitanda mortalitate vel tempore pestilentiae”]. Pero lo más relevante es que la invocación del arzobispo de Milán ha estado dominada, como por doquier ya en la Iglesia, por recomendaciones relacionales, de buenas formas cristianas, -ser amables, generosos y acogedores-, en las que Dios apenas es un interlocutor, y no por visiones fundamentales, histórico-salvíficas. Incluso la invocación a María, más practicada por los obispos, tiene a veces el sabor de una concesión al aspecto popular que llevamos dentro de nosotros, algo que tiene que ver más con el corazón que con una convicción del intelecto. Sin embargo, el culto público a Dios, también a través de María, es “logikòs”.

Que no nos digan que este es el nuevo e irreversible estilo de la Iglesia. Este estilo revela, más bien, un miedo dramático, especialmente en el mundo eclesial, al testimonio de la “mater et magistra” como siempre se ha llevado a cabo en la tradición de la Iglesia, además de ser una falta de fe en la oración votiva, en las peticiones solemnes de intercesión.

¿Quién ha sido capaz hasta ahora de verticalidad? ¿Dónde está la franqueza de elevar palabras de arrepentimiento y penitencia, algo que la Cuaresma impone como ejercicio diario? Seguramente lo han hecho muchas personas humildes, capaces de pedir, no sólo la protección divina, la intercesión de María y de los santos, sino también el perdón. Y lo han hecho en las órdenes religiosas, fieles a sí mismas, y en los monasterios de clausura que resisten.

Ciertamente, aunque con retraso, también el papa Francisco ha hecho algo; sin embargo, esto no basta para indicar a los hombres cómo deben verse bajo la incognoscible pero siempre providencial voluntad de Dios. Efectivamente, en su entrevista a “la Repubblica” del 18 de marzo hay una única alusión, por importante que sea: “Le he pedido al Señor que detenga la epidemia”, dado que el otro apunte: “Todos son hijos de Dios y Él los mira”, se diluye en el sustituto demasiado humano de las “cosas buenas en las que [también quien no cree en Dios] cree” y del “amor de las personas que tiene alrededor”.

La meditación contemporánea del cardenal Camillo Ruini en el programa TG2 Post es más rica y explícita: “Debemos creer […] que no estamos solos, […] porque […] el cristiano sabe que la muerte no tiene la última palabra. Hay que decirlo […] cuando se habla de centenares de muertos […]. Es por esto que Cristo resucitado es nuestra gran esperanza”. Y más adelante, a la común exhortación a redescubrir los afectos cotidianos, añade: “El redescubrimiento de nuestra relación con el Señor va en la misma dirección”; y dirige un pensamiento especial a quienes agonizan solos en las unidades de cuidados intensivos: “Esperamos que las personas que están allí […] les digan una buena palabra, que gracias a ellos no se sientan abandonados. Y, sobre todo, desearía pedir al Señor que les haga sentir que Él está cerca de ellos y los espera como el Padre de la parábola esperaba al hijo pródigo”.

No obstante, sigue habiendo una reticencia a rezar,  difundida y perceptible. El cristiano que se ha sumergido en la “vida”o en la nada de la mística, o en la invisibilidad, no puede tener ni las palabras de la oración ni a quién dirigirlas. Y, por otra parte, ¿en qué se ha convertido el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, que hace un tiempo se oponía al frío análisis teológico? Ese Dios se ha convertido en una especie de idealidad al que el cristiano moderno le limpia las “manchas” del Juicio, la ira y el castigo, para hacer de él una entidad dulzona. Por consiguiente: “Dio no tiene nada que ver”. Además, nos engañamos al pensar que mantener a Dios fuera de nuestras tragedias históricas  es, además de respetuoso, una gran apologética.

Nunca ha sido así. La relación entre Dios y el sufrimiento de los hombres es una parte eminente de la reflexión religiosa, desde los antiguos trágicos a los mayores pensadores cristianos. Ser conscientes de ello nos mantiene al nivel del misterio del hombre; en caso contrario, todo resbala hacia lo fútil. Y además, ¿quién invocaría, cuando esté necesitado, a un Dios que “no tiene nada que ver”? De hecho, no lo hace. Acudamos, en cambio, a los salmos de la angustia, la lamentación y la prueba. Proclamemos en voz alta el salmo 88:

Señor, Dios Salvador mío,
día y noche grito en tu presencia […]
Porque mi alma está colmada de desdichas,
y mi vida está al borde del abismo;
ya me cuentan con los que bajan a la fosa […]
Me has colocado en lo hondo de la fosa,
en las tinieblas y en las sombras de muerte;
tu cólera pesa sobre mí,
me echas encima todas tus olas […];
encerrado, no puedo salir,
y los ojos se me nublan de pesar […];
pasó sobre mí tu ira.

En verdad, no hace mucho que el Señor ha castigado a los cristianos, a los católicos, con la nueva lepra de la banalidad. “Me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie”, grita el salmo 69, 3. Hay a quien le gusta esta debilidad, y a la oración de salvación opone un “cupio dissolvi” que confunde con la humillación de Cristo. Pero el arco, o el puente, que del sufrimiento lleva al “Domine exaudi orationem meam / et clamor meus ad te veniat” (“que mi grito llegue hasta ti”, salmo 101, 2) exige voluntad de ser, contra el abandono nihilista, por lo tanto, de individuar y juzgar el mal.

A lo largo de los decenios hemos experimentado que una Iglesia que se propone como “suplemento del alma” (es mucho más; mejor dicho, no es esto) no puede evitar la deriva. La referencia a la persona, si no está fundada en la revelación divina y no encuentra en ella su horizonte de significado, se reduce a un supuesto humanista frágil y retórico. Y no es verdad lo que, con tanta frecuencia, se dice, a saber: que “amamos a Dios en los hermanos”, dado que sin el cumplimiento de la primera parte (“Amarás al Señor tu Dios”, Mt 22, Mc 12), que es el primer y máximo mandamiento, la segunda (“y al prójimo como a ti mismo”) producirá, necesariamente, formas demasiado humanas, ilusorias o impropias. Para todo vale el inolvidable inicio del salmo 127:

Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

No puede pasar inobservado que el objetivo de “renovar la sociedad” sustituye actualmente, en términos moralistas e indeterminados, ese ideal laico de la “consecratio mundi “que, con sus límites, conservaba en la época del Concilio Vaticano II una especie de continuidad y coherencia con el momento salvífico-sacramental y con la universalidad de la Iglesia como Ciudad de Dios en la tierra.

Una minoría profética y bíblica es una realidad en diálogo con el Pueblo de Dios extendido al ecumene. Nunca el Pueblo de Dios, ni siquiera como resto de Israel, coincide con el círculo del profeta. La Iglesia católica, la eclesiosfera católica, no puede coincidir con la secta, es decir, con el pequeño grupo de los elegidos, ahora más bien “salvadores” que salvados. Mil minorías proféticas, incluso las deseables, no son la “Catholica”, constituida potencialmente por la mayoría de los hombres (en conformidad con la “missio”), unidos en la comunión del Cuerpo místico.

Sólo el saberse corresponsables en la Iglesia de la infinidad de hombres comunes, especialmente de los bautizados, puede dar palabra al clero y a la jerarquía. Y las palabras son las de la historia sagrada, milenaria, que hoy deben ser petición de ayuda y actos de penitencia, fundados en el Dios que crea y eleva. Las palabras de la utopía, orgullosamente erigidas sobre el mito del futuro, en el aún-no-existente que sólo da sentido, se agotan rápida y miserablemente.

La gran peste contemporánea nos enseña que deberíamos liberarnos de los oropeles de la retórica eclesial que nos ahoga, “in capite et in membris”. Esta no tiene alas ni hondura en la mirada, y de lo único que es capaz es de un lenguaje consolador y benevolente. Para lucir palabras de este tipo ciertamente era innecesario que el amor de Dios se revelara en el dolor y en el poder cósmico que, a pesar de todo, celebraremos en la Pascua.

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