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Monday, January 18, 2021
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Dar al César en una epidemia. Los límites de la autoridad

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Phil LAWLER, periodista

Mi amigo y colega Jeff Mirus nos advierte de que no debemos apresurarnos a juzgar a nuestros líderes de la Iglesia; no debemos llegar a la conclusión precipitada de que estos se inclinan ante las autoridades civiles al restringir el ministerio pastoral durante la epidemia actual. Tiene razón, por supuesto, y reconozco en mí una fuerte tendencia hacia el juicio precipitado: una tendencia que necesito controlar.

Sin embargo, no puedo evitar llegar a la conclusión de que los católicos devotos tienen buenas razones para sospechar que, en esta crisis, sus pastores han estado más preocupados por las ramificaciones políticas de sus acciones que por las consecuencias pastorales. Digo esto por tres razones:

  1. Muy a menudo, las restricciones anunciadas por los líderes de la Iglesia han coincidido exactamente, punto por punto, con las regulaciones emitidas por las autoridades civiles. En Roma, la policía cerró el acceso a la Plaza de San Pedro (que está dentro de su jurisdicción), y unas horas después el Vaticano anunció el cierre de la basílica de San Pedro (que está bajo el control del Vaticano). ¿Fue esta una coincidencia? El mismo patrón fue evidente en todo el mundo: los líderes de la Iglesia cerraron iglesias tan pronto como los funcionarios públicos impusieron reglas de emergencia. Solo en raras ocasiones los líderes católicos se resistieron a la imposición de órdenes civiles en actividades religiosas.
  2. Como regla general, los obispos que han estado más ansiosos por restringir el acceso a los sacramentos -y los católicos laicos más ansiosos por defender esas restricciones- han venido del ala progresista de la Iglesia. En el papel, esa correlación no tiene sentido. Uno podría esperar que los católicos mayores y más enfermos estén a favor de medidas de salud pública más fuertes, mientras que los jóvenes e imprudentes se irritaran bajo estas restricciones. Pero si mis observaciones son precisas, han sido en su mayoría católicos ortodoxos los que han pedido un mayor acceso a los sacramentos, mientras que los progresistas han argumentado que la reapertura de iglesias sería poco sabia.
  3. La notable deferencia con la autoridad civil durante esta epidemia sigue un patrón que se ha vuelto demasiado común en los últimos años. Los líderes de nuestra Iglesia han evitado cuidadosamente la controversia pública, incluso a expensas de la disciplina eclesiástica. Tomemos, por ejemplo, la falta de voluntad manifiesta de los obispos estadounidenses de prohibir la Comunión a los políticos pro abortistas.

Durante los últimos cuarenta años, los católicos progresistas nos han dicho que la causa pro-vida no es razón suficiente para negarle a nadie la Eucaristía. Sin embargo, durante los últimos cuarenta días se nos ha dicho que la causa pro-vida es razón suficiente para negar la Eucaristía a todos. Imagínense.

Nos han dicho que no podíamos mantener abiertas las iglesias, porque la Iglesia Católica es una iglesia pro-vida, y nunca debemos hacer nada que ponga en peligro la vida de aquellos que vienen a rendir culto con nosotros. Esa lógica es sólida, hasta donde llega. Pero no llega lo suficientemente lejos.

La Iglesia Católica no se dedica a salvar vidas, sino a salvar almas. Por ello, durante una epidemia, mientras que los líderes civiles tienen como prioridad salvaguardar la salud física de las personas, los líderes de la Iglesia deberían tener más en cuenta el bienestar espiritual de sus personas. Así como es importante el preocuparse por la salud de los feligreses, los pastores nunca deberían hacer nada para poner en peligro las almas de quienes rinden culto con nosotros.

Solo en raras ocasiones las demandas de salud física entran en conflicto con las demandas del bienestar espiritual. Pero tal conflicto ha surgido en estas últimas semanas. Diferentes pastores han resuelto ese conflicto de diferentes maneras, y no voy a cuestionar sus juicios. Pero demasiados pastores, en lugar de tomar sus propias decisiones, se han sometido por completo a las autoridades seculares. Y esa sí es una elección que cuestiono.

En una excelente columna para Catholic World Report, Douglas Farrow observó que algunos católicos fervientes son reacios a reabrir iglesias:

Apelan al quinto mandamiento: “No matarás”. Y a lo que Jesús identificó como el segundo Gran Mandamiento, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Estos se han fusionado para justificar el nuevo mandamiento COVID: “Amarás a tu prójimo manteniéndote alejado de él, para que no transmitas un virus que pueda matarlo”. Y señalan que el mandamiento C OVID también permanece en vigor.

Aunque reconoce inmediatamente la necesidad de prudencia en lo que respecta a la salud, Farrow añade que es necesario un sentido del equilibrio y la proporción, porque “no servirá para proteger a las personas de un virus mortal, sólo para entregarlas a la pobreza, el hambre, la tiranía, la guerra o la muerte por negligencia”. Sin embargo, incluso esa no es su principal preocupación. El mayor peligro, argumenta Farrow, yace en la voluntad de los funcionarios de la Iglesia de aceptar restricciones impuestas por el gobierno -incluso restricciones extremas-, sin exigir que el gobierno entienda las prioridades de la Iglesia.

Mi preocupación es que al cumplir con ellos están respaldando, o se verá que respaldan, no el Evangelio del Reino sino el Evangelio del Estado; que están haciendo suyas las prioridades del Estado, en lugar de las prioridades de Jesús.

En un artículo publicado el mismo día por Le Figaro, el cardenal Robert Sarah hace un comentario similar, expresando preocupación porque los líderes de la Iglesia, en su deseo de ser “buenos ciudadanos”, con demasiada frecuencia han perdido de vista su misión más importante. Sí, la Iglesia trabaja por el bien de la sociedad en general y ofrece su orientación sobre asuntos temporales, como corresponde (en palabras del papa Pablo VI) a un “experto en humanidad”. “Pero, poco a poco, los cristianos han ido olvidando la razón de ese conocimiento”, remarca el cardenal.

La Iglesia Católica puede ofrecer consejos a los líderes civiles, en busca del bien común, porque la Iglesia sabe lo que la humanidad necesita para encontrar la felicidad verdadera y duradera. Pero los líderes civiles no pueden devolver el favor; no pueden ofrecer el mismo tipo de orientación a la Iglesia, porque el mundo secular no comprende la misión de salvación de la Iglesia. La Iglesia entiende al mundo; el mundo no entiende a la Iglesia.

De modo que la Iglesia no puede, y de hecho no debe, aceptar la presunción de que el Estado sepa lo que es bueno para la Iglesia. La responsabilidad del Estado es saber qué es bueno para el bienestar temporal de los ciudadanos en general. Cuando las leyes estatales están diseñadas para ese propósito y se aplican de manera equitativa, la Iglesia hace bien en obedecerlas. Por ejemplo, las iglesias parroquiales deben cumplir con las regulaciones locales de seguridad contra incendios. Pero cuando el Estado dictamina arbitrariamente que los servicios eclesiales no son actividades esenciales, la Iglesia no puede ni debe consentirlo. El culto es esencial. La Iglesia lo sabe porque es una “experta en humanidad” y porque está familiarizada con el Primer Mandamiento. Aceptar la designación como tarea “no esencial” es negar la autoridad adecuada de la Iglesia de Cristo.

Cuando los funcionarios civiles emiten órdenes sobre lo que es bueno para la salud pública, los obispos católicos deben escuchar, porque los funcionarios civiles tienen la autoridad adecuada para hacer cumplir las normas de salud pública. De hecho, un obispo prudente normalmente haría caso de esas reglas, incluso si él personalmente cree que están equivocadas, porque el obispo no es un experto en el campo de la salud pública. Pero cuando las reglas infringen las prerrogativas de la Iglesia -si comprometen la misión evangélica- el obispo debe objetar, protestar y, si es necesario, desafiar a la autoridad civil. Y nosotros también debemos hacerlo.

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