Los 522 mártires: hombres pacíficos asesinados por odio a la fe

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«La Iglesia, casa del perdón, no busca culpables, sino glorificar a estos hombres porque merecen veneración», señala en Tarragona el prefecto de la Congregación para las causas de los santos. Fue Benedicto XVI el que reservó a los Papas las ceremonias de canonización, dejando en manos de otros celebrantes -casi siempre el prefecto de la Congregación para las causas de los Santos- la celebración de la beatificación. Por eso la presencia del Papa Francisco en esta ceremonia de beatificación de 522 mártires del siglo XX en España ha sido desde la distancia pero, eso sí, cercana.

 

«Me uno de corazón a la celebración», ha dicho Francisco, que ha recordado a los mujeres y hombres proclamados beatos mártires.

«¿Quiénes son los mártires? Son cristianos ganados por Cristo; cristianos que han aprendido bien el sentido de amar hasta el extremo», ha dicho el Santo Pádre, que ha recordado que «no existe el amor por entregas. El amor total cuando se ama es hasta el extremo».

En la cruz Jesús sintió el peso de la muerte, ha recordado el Papa. Y perdonó. «Apenas pronunció palabra, pero entregó la vida», dice Francisco, poniendo el acento así en uno de los elementos esenciales para declarar beato mártir a un hombre o mujer: que muriera perdonando. «Cristo nos primerea en el amor. Los mártires lo han imitado en el amor hasta el final».

Tras recordar que siempre «hay que morir un poco para salir de uno mismo y abrirse a Dios», el Papa ha pedido a los fieles que imploren la intercesión de los mártires para ser cristianos concretos; «de obra y no sólo de palabra». «Que no seamos cristianos mediocres, barnizados pero sin obras», ha dicho el Santo Padre, que se ha despedido con un «recen por mí. Jesús les bendiga».

Torturas, humillaciones y suplicios

Comenzada la celebración, y leídos uno a uno todos los nombres de los 522 mártires beatos, el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, ha señalado en su homilía que todos los mártires beatificados fueron víctimas «inocentes, que soportaron torturas, humillaciones y suplicios indescriptibles». Los ha calificado de un «ejército inmenso de bautizados que siguieron a Cristo hasta el calvario para resucitar con Él en la Gloria de la Jerusalén celestial».

Tras lamentar la «niebla diabólica de una ideología que anuló a millones de ciudadanos pacíficos», que incendió iglesias y cerró colegios», Amato ha recordado que los mártires «no fueron caídos de la Guerra Civil, sino víctimas de una persecución religiosa que se proponía el exterminio programado de la Iglesia». «No eran combatientes, no tenían armas, no se encontraban en el frente ni apoyaban a ningún partido. No eran provocadores, eran hombres y mujeres paćificos que fueron matados por odio a la fe, sólo por ser católicos, sacerdotes, seminaristas, religiosos...» Fueron asesinados, en suma, «porque creían en Dios y tenían a Jesús como único tesoro».

La mansedumbre de los fuertes

Tras presentar el espíritu de los mártires, el cardenal Amato ha incidido en otro punto esencial de su beatitud: «No odiaban a nadie» y a la atrocidad de los perseguidores respondieron no con la rebelión o las armas, «sino con la mansedumbre de los fuertes».

El cardenal ha reconocido durante la homilía haberse preguntado muchas veces «cómo se explica su fuerza sobrehumana de preferir la muerte antes que negar la fe en Dios». A juicio de Amato, la respuesta está, además de en la gracia divina, en la preparación al sacerdocio que se les dio. «En los años previos, seminarios y casas de formación informaban a los jóvenes claramente sobre el peligro mortal en que se encontraban, eran preparados espiritualmente para afrontar la muerte por su vocación». Esta «pedagogía martirial», dice Amato, los hizo fuertes e incluso gozosos en su destino.

Para quien quiera saber por qué la Iglesia beatifica a estos mártires, Amato responde con una sencilla explicación. «La iglesia no quiere olvidar a estos, sus hijos dolientes. Los ora con culto público para que su intercesión obtenga del Señor una lluvia de bienes», ha dicho el cardenal, que ha subrayado la ausencia de cualquier otro mensaje. «La Iglesia, casa del perdón, no busca culpables, sino glorificar a estos hombres porque merecen veneración».

Convencido de que la humanidad necesita paz, fraternidad y concorcdia, Amato recuerda que nada puede justificar la guerra, el odio fratricida o la muerte del prójimo. De ahí la importancia de la caridad de los mártires que, con su bien se opusieron al mal como un muro. «Desactivaron las armas de los tiranos venciendo al mal con el bien».

«Estamos llamados al gozo del perdón, a eliminar de la mente el rencor y el odio», señalaba el cardenal durante una homilía en la que ha recordado en numerosas ocasiones al Papa Francisco, en nombre de quien animó a los fieles reunidos a pensar en «una persona con la que no esté bien, a la que no quiera» y rezar por ella.

Porque, ha recordado Amato, esta fiesta de beatificación no es sino una «fiesta de la reconciliación, del perdón dado y recibido, el triunfo del Señor de la paz». Tras llamar a la conversión del corazón a la bondad y misericordia, el cardenal ha recordado que «todos estamos invitados a convertirnos al bien. El señor es Padre bueno que perdona y acoge con los brazos abiertos a sus hijos alejados por el mal y el pecado».

Y Jesús, terminaba Amato, «da el coraje necesario» para ellos. No hay tribulaciones que nos den miedo si permanecemos unidos a Dios, si le damos cada vez más espacio en nuestra vida».