Nadie lo escucha cuando defiende la vida y la familia. Y hay un motivo

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Autor: Sandro MAGISTER, periodista

En una ocasión, en una visita a Turín, dijo a una platea de jóvenes: "Sed castos, sed castos". Y luego se disculpó: "Perdonad si os digo algo que no os esperabais". El Papa Francisco es también esto, es decir, un papa que a veces vuelve a lo antiguo y repite los preceptos de la Iglesia de siempre. Como no abortar. O, como dijo a los mismos jóvenes de Turín: no "matéis a los niños antes de que nazcan".

La prensa importante minimiza o calla cuando Francisco se separa de su imagen dominante, la de pontífice permisivo en principios que, hasta hace poco, la Iglesia definía "no negociables".

Y, sin embargo, son demasiadas, al menos un centenar, las veces en las que se ha separado de esta imagen, también en circunstancias solemnes como, por ejemplo, en Estrasburgo, ante el parlamento europeo, cuando condenó la lógica del "descarte", la que elimina todas las vidas humanas que ya no son funcionales, "como los enfermos, los enfermos terminales, los ancianos abandonados y que no reciben atención". Es lo que él suele definir como "eutanasia escondida".

Pero fue como si no lo hubiera dicho. Su discurso en Estrasburgo fue recibido con aplausos atronadores en todo el hemiciclo. Luego, fue tranquilamente archivado.

Sucedió lo mismo a mediados de noviembre, cuando Francisco utilizó una advertencia de Pío XII para ratificar la condena de la eutanasia, también aquí con los medios de comunicación que, en cambio, interpretaron sus palabras como una "apertura".

Una semana después, en dos homilías consecutivas en Santa Marta, el Papa atacó "la colonización ideológica" que pretende borrar la diferencia entre los sexos. Hace un año, mientras estaba en Georgia, incluso la tachó de "guerra mundial para destruir el matrimonio".

También estos reiterados arrebatos resbalaron como agua sobre mármol, ignorados.

La prensa tendrá sus culpas, pero es verdaderamente paradójico que esto le suceda a un papa como Jorge Mario Bergoglio, cuyo dominio de los medios de comunicación es considerado insuperable. A menos que supongamos que él es el primero en desear que estas intervenciones suyas no tengan repercusión y, sobre todo, que no  menoscaben su fama de pontífice que va al paso con el tiempo.

Un hecho es cierto: el épico choque frontal entre Juan Pablo II y la modernidad, o entre Benedicto XVI y la "dictadura del relativismo", es algo que el Papa Francisco no quiere de ninguna manera renovar. Le satisface que su pontificato sea leído a la luz tranquilizadora del "¿quién soy yo para juzgar?" y que, en consecuencia, cada palabra que diga o escriba sobre estos temas que dividen no sea tomada por definitiva y definitoria, sino que se ofrezca inerme, modelable, al arbitrio de cada persona.

Para obtener este resultado es de gran ayuda, también, su habilidad para realizar gestos de impacto mediático, incomparablemente más fuertes que las palabras.

Cuando hace dos años, al término de su visita a los Estados Unidos, concedió una audiencia muy afectuosa (ver foto) a un amigo suyo argentino, Yayo Grassi, acompañado por su "cónyuge" indonesio Iwan Bagus, este hecho fue suficiente para consagrar la imagen de un Francisco abierto a los matrimonios homosexuales, a pesar de cada palabra que había pronunciado en sentido contrario.

Y, viceversa, cuando multitudes imponentes, católicas o no, bajan a la calle en defensa del matrimonio entre un hombre y una mujer y en contra de las teorías de género, como sucedió en París con la "Manif pour tous" o en Roma con el "Family Day", el Papa evita cuidadosamente apoyarlas. Tampoco protesta por las victorias del frente adverso. Cuando en mayo de 2015, en Irlanda ganó el "sí" al matrimonio homosexual, Francisco dejó que fuera el cardenal Pietro Parolin, el secretario de estado, quien definiera este resultado como "una derrota de la humanidad" y, por lo tanto, que fuera él quien cargara con las inevitables acusaciones de oscurantismo.

En resumen, allí donde la batalla política y cultural en favor o en contra de la afirmación de los nuevos derechos es más intensa, el Papa Francisco calla. Y habla, en cambio, lejos del campo de batalla, en los lugares y en los momentos más al amparo del asalto.

Es su modo de preservar la doctrina tradicional de la Iglesia, como si de un refugio antiaéreo se tratase.