Matemáticas para esta Cuaresma

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

Estamos en Cuaresma. ¿Aprovecharemos esta ocasión para crecer en la sobriedad solidaria? La tradicional ascesis que propone la Iglesia para este tiempo litúrgico adquiere —en estos tiempos de hambre masiva e injusticia generalizada— una nueva urgencia y una exigencia apremiante. Como señaló el Papa Francisco en su última carta encíclica: «La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad» (Laudato Si’, n. 201).

Propongo, en los siguientes párrafos, acudir a las operaciones matemáticas básicas como un modo simbólico de esbozar un itinerario personal y comunitario de vivir la Cuaresma desde la óptica de los hambrientos y empobrecidos. Hablaré, pues, de la suma, la resta, la multiplicación, la división, las operaciones exponenciales y logarítmicas y, finalmente, del cálculo integral.

Sumar. La mayor parte de las homilías y reflexiones en tiempo de Cuaresma suelen poner énfasis en la necesidad de reducir, de ayunar, de quitarnos de algo. Yo prefiero comenzar invitando a sumar. ¿Hay algo más que puedo hacer a favor de los pobres? ¿Alguien más que se puede sumar a la mesa de mi hogar? Por ejemplo, ¿cómo puedo colaborar con un comedor social o un albergue de mi localidad? ¿Me animo a invitar a un plato caliente a una persona sin hogar que pide limosna en mi barrio? En definitiva, ¿puedo agregar a mi vida: más generosidad, más solidaridad, mayor amor?

Restar. En la tradición cristiana de la Cuaresma juegan un papel importante el ayuno y la abstinencia. Así pues, una segunda sugerencia se refiere a esta cuestión: ¿en qué aspectos de mi vida puedo «quitarme» algo? Puede ser la comida o la carne, por supuesto. Pero, además de ello, ¿siento que el Señor me llama a reducir mi consumo en otros ámbitos? ¿Me invita el Señor a «restar» en algún aspecto de mi consumo: electricidad, plásticos, caprichos, uso innecesario del coche, empleo del ordenador o las redes sociales, por ejemplo? En las matemáticas del Evangelio, todo lo que se resta acaba sumando.

Multiplicar. Todos conocemos los relatos evangélicos conocidos como la «multiplicación de los panes». También nuestros bienes materiales están llamados a multiplicarse para que lleguen a todos nuestros hermanos, especialmente a aquellos que sufren necesidades más agudas. La mejor manera para que nuestra generosidad se multiplique, resulte eficaz y llegue de manera eficiente a su destino, es hacerlo a través de organizaciones especializadas, como Cáritas, Ayuda a la Iglesia Necesitada, Manos Unidas, etc. Hay muchas entidades solidarias, y muy serias. Un buen número de ellas depende de institutos de vida consagrada. Están llevando a cabo una labor encomiable y podríamos ayudarlas a seguir ayudando a los pobres y desfavorecidos.

Dividir. Ya el profeta Isaías indicaba, con claridad y contundencia, cuál es el ayuno agradable a Dios: «Si repartes tu pan con el hambriento y sacias al que desfallece, entonces surgirá tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se convertirá en mediodía» (58, 10). Por tanto, dividir nuestros bienes para compartirlos con las personas empobrecidas es un modo de practicar la limosna que Dios desea, valora y agradece. «Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer...» (Mt 25, 34-35).

«Exponenciar». En el lenguaje cotidiano, decimos que algo «crece exponencialmente» para indicar que se trata de un aumento rápido, pero muchas veces sin el rigor de lo que esa operación matemática implica. En todo caso, si queremos que nuestra generosidad «crezca exponencialmente», tenemos un recurso básico al que acudir: la oración. Por ejemplo, en el sermón de la llanura, el evangelista Lucas recoge estas palabras de Jesús, invitando a la generosidad: «Dad y os darán: recibiréis una medida generosa, apretada, remecida y rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros» (7, 38). También asegura Jesús que quien deje algo por el Reino «recibirá cien veces más, ya en el tiempo presente» (Mc 10, 30).

Logaritmos. La función logarítmica es la inversa de la exponencial y resulta muy útil para comprender dinámicas a gran escala. Se usa, por ejemplo, en la escala Richter para medir la intensidad de un terremoto o en la escala de pH para medir la acidez de una sustancia. Es un instrumento básico para comprender las dinámicas de crecimiento de la población humana y también el calentamiento global fruto del cambio climático. Por eso, una «espiritualidad logarítmica» nos ayudará a «escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (Laudato Si’, n. 49).

Integrales. Simplificando mucho, podemos decir que el cálculo infinitesimal consiste en realizar operaciones matemáticas incorporando cantidades muy pequeñas en un todo unificado, de manera dinámica: así, se «integran» áreas definidas. La metáfora nos sirve para recordar la llamada que Su Santidad el Papa Francisco ha realizado a una conversión hacia una verdadera ecología integral, en el capítulo cuarto de la encíclica Laudato Si’: Necesitamos «una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza» (n. 139).

Estas siete operaciones matemáticas se pueden convertir en operaciones espirituales. No son recetas, sino una sencilla invitación a poner en práctica «la imaginación de la caridad», como la llamó san Juan Pablo II al comienzo de este siglo XXI (Novo Millenio Ineunte, n. 50). El tiempo de Cuaresma nos brinda una excelente ocasión para ello.

(Publicado en la revista Ecclesia)