Cuaresma, tiempo de misericordia

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Aunque cada semana hay noticias -por ejemplo, esta semana, una nueva acusación contra el cardenal Pell o la condena a seis meses de cárcel al cardenal Barbarín de Lyon por ocultamiento de un delito de pederastia-, la gran noticia de esta semana es que ha empezado la Cuaresma. Millones de católicos en todo el mundo se disponen a vivir este tiempo de gracia para avanzar en el camino de la santidad. Durante cuarenta días, que simbolizan los cuarenta años que el pueblo de Israel peregrinó por el desierto camino de la Tierra Prometida, vamos a prepararnos para celebrar la gran fiesta cristiana, la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Unas semanas antes de que Nuestro Señor fuera crucificado, estando lejos aún de Jerusalén, decidió ir a la ciudad para celebrar allí la Pascua. El riesgo era tan grande que los apóstoles intentaron disuadirle. Ante la insistencia de Jesús, el apóstol Tomás le dijo a sus compañeros: “Vamos también nosotros para morir con Él” (Jn 11, 16). Y todos le acompañaron, conscientes del riesgo que corrían, aunque luego al final renegaran de Él y huyeran.

Este “vamos también nosotros para morir con Él” es lo que debe marcar nuestra Cuaresma. Morir con Él, morir por Él, significa renunciar a todo aquello que le hace daño, directa o indirectamente. Para eso necesitamos aumentar nuestro contacto con el Señor, mediante la oración y la Eucaristía; necesitamos también purificarnos, mediante el examen de conciencia, la conversión, la confesión y la penitencia física; y, por último, necesitamos ofrecer misericordia porque hemos recibido ya la misericordia divina, misericordia que ofrecemos a los que nos han hecho año, a los que necesitan ayuda y también a la hermana Tierra no contribuyendo a su deterioro.

La Cuaresma es tiempo de misericordia, que se recibe y que se da. Es tiempo de oración, pues sin estar con Él no podemos ni saber lo que Él quiere de nosotros ni tampoco podemos hacerlo, aunque lo sepamos. Es tiempo de conversión y penitencia -también de penitencias físicas-, para quitar de nosotros lo que ofende a Dios y para fortalecer nuestra voluntad a fin de secundar mejor la gracia de Dios.

Y todo por agradecimiento al Señor. Vamos a morir con Él porque Él ha muerto por nosotros. Vamos a acompañarle en el Sagrario o a servirle en el que sufre, porque Él nos espera, nos necesita, nos llama. Él se lo merece y, más allá de los escándalos de algunos líderes de la Iglesia, nosotros hacemos las cosas por Él, que no nos ha defraudado nunca.