Venimos de muy lejos

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Autor: Manuel MORALES, sacerdote agustino

¡Qué lejos de la orilla empieza hoy este mar de Cádiz a dejar sus espumas, serenamente, lentamente, para que el sol espléndido de esta mañana feliz las abrillante de plata! Es este un rumor que descansa, armonía luminosa de la creación, como un tumulto de alabanza, invitación al sosiego. “Se deben” las ondas unas a otras, y dejan el clamor de la unidad, como un acompañarse suave, plácido, y no cesan de llegar y “perderse”.

Todo refleja y “explica” bellamente, con elocuencia, lo que vengo pensando y viviendo estos inicios de Cuaresma. Primero, el sacramento admirable del perdón, celebrado con el sacerdote amigo, enfermo de cuerpo y sanísimo de alma. Yo me confieso y él se confiesa. Esta vez decía él que “ha sido una gracia habernos encontrado”. Lo es. Y el sacramento, vivido así, es un signo sensible, sobrenatural, renovador. Sales nuevo.

Después ha sido nuestra “lectio divina” en casa, los “tres mosqueteros”. Yo les saco unos añitos a los dos. Meditamos juntos y nos comunicamos de corazón a corazón. Una mirada afable de acuerdo y complicidad tras la oración, y se abre una vez más el diálogo sobre cosas que se guardan en el alma y se dicen solo aquí.

No es nueva esta práctica. Posidio, el primer biógrafo de San Agustín, nos aseguró que el mayor gusto de su pastor y padre era “platicar de las cosas de Dios en íntima familiaridad con los hermanos”. ¡Y que no le faltaba trabajo al obispo! Pero había sido este su sueño poderoso: corazón de amigo, solo vivir con ellos daba sentido a la vida. Convertido a la fe, después de mucha fatiga y oraciones y lágrimas de su madre, anhelaba Agustín “buscar en amistosa concordia el conocimiento de Dios y del alma”. Pensaba en cristiano ya: “Mi alma no es mía, es de mis hermanos; las almas de mis hermanos no son suyas, son también mías; mejor, mi alma y las almas de mis hermanos no son muchas almas sino la Única Alma de Cristo”.

¡Tela, como dicen en Andalucía! ¡Ojalá fuera eso siempre el convento, que de “esos mares” venimos! Porque esa fue la nostalgia del “Emigrante” Hijo de Dios que venía del cielo: hacer familia. ¿De dónde sacaban aquellos pescadores la fuerza de colaborar en el reino del Maestro? ¿No era aquella nueva Alma de corazones su nueva fortuna?

¡Pobres criaturas! ¿Adónde vamos nosotros sin decirnos lo que llevamos dentro? ¿Vivir solo juntos y “por fuera”? ¿“A mis soledades voy, de mis soledades vengo”? ¿Así? Lope de Vega nos entendería si le explicáramos que, en este “Mar humano” del Creador (“suyo es el mar porque Él lo hizo”), aparece hoy “una nueva criatura”, más como salió de Aquellas Manos. Sin “soledades”. Porque avanzan la humanidad y los pueblos, la gente, avanza la ascética y la mística... Y todo nos obliga a acompañarnos y “adentrarnos” los unos en los otros. La soledad es lo sucio del mar. Pero esta onda nueva es imparable y purificante, un “signo de los tiempos”, “próximos” cada vez más próximos. Como el Amor Creador, tres Personas y un solo Dios.

“A imagen suya nos creó, hombre y mujer nos creó”. De allí, de tan lejos, venimos.