Los bosques y la educación

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

Para la celebración del Día Internacional de los Bosques, que tiene lugar cada 21 de marzo, este año se ha escogido el tema de los bosques y la educación, invitando a que todos aprendamos a amar el bosque. Obviamente, esta cuestión no se vive de la misma manera desde la selva amazónica o desde una gran ciudad, desde los húmedos bosques tropicales o desde los secos bosques mediterráneos, desde una escuela rural o desde una universidad líder en investigación. Pero, ¿qué nos puede decir esta realidad a todos nosotros? ¿Y cómo puede quedar iluminada desde la fe cristiana?

Imaginemos, por un momento, un bosque determinado. Y relacionémoslo con la educación y, en concreto, con las diversas disciplinas escolares. Parece evidente que tenemos ahí un rico material para aprender biología, geología y otras ciencias naturales. No es difícil pensar en modos para sumergirse en la educación artística a través del bosque, desde el análisis de los colores hasta el estudio de famosas pinturas. El gran poeta y místico carmelita San Juan de la Cruz es uno de los autores que, partiendo de los bosques, nos enseña a vincular literatura y espiritualidad. “¡Oh bosques y espesuras, / plantadas por la mano del amado! / ¡Oh prado de verduras, / de flores esmaltado, / decid si por vosotros ha pasado!”. De modo semejante, podemos encontrar numerosas conexiones educativas.

Con las matemáticas y la economía entramos en un terrero particularmente importante y delicado. Algunas personas y entidades, cuando ven un bosque, piensan en metros cúbicos de madera. En la encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común, el papa Francisco pone este ejemplo para explicar el error que supone aplicar unilateralmente el principio de maximización de la ganancia: “Si la tala de un bosque aumenta la producción, nadie mide en ese cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, dañar la biodiversidad o aumentar la contaminación” (LS 195). Pero es claro que “la pérdida de selvas y bosques implica al mismo tiempo la pérdida de especies que podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, no sólo para la alimentación, sino también para la curación de enfermedades y para múltiples servicios” (LS 32).

Dicho de otro modo, el ejemplo del bosque nos ayuda a captar los límites del paradigma tecnocrático dominante, con su visión unilateral y homogeneizadora (LS 106). Y nos plantea la imperiosa necesidad de educar la mirada: “Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático” (LS 111). Una educación integral que, por un lado, armoniza las diversas áreas del conocimiento y, al mismo tiempo, las incorpora a una visión sapiencial que aporta sentido de globalidad.

Por ello, el Papa Francisco ha dedicado todo el capítulo sexto de la encíclica Laudato Si’ a la cuestión de la educación y la espiritualidad ecológica. Por ejemplo, allí nos dice que “una buena educación escolar en la temprana edad coloca semillas que pueden producir efectos a lo largo de toda una vida” (LS 213) y recuerda que “todas las comunidades cristianas tienen un rol importante que cumplir en esta educación” (LS 214). Ella nos puede ayudar a “recuperar los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios. La educación ambiental debería disponernos a dar ese salto hacia el Misterio, desde donde una ética ecológica adquiere su sentido más hondo” (LS 210).

Esta propuesta educativa está llamada a crear una ciudadanía ecológica, apoyada en comportamientos concretos y pequeñas acciones cotidianas: “es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida” (LS 211). Ahora bien, conviene advertir que “la educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad y la relación con la naturaleza” (LS 215). Por eso mismo, estamos llamados a la conversión ecológica, que bien puede formar parte de nuestro itinerario espiritual en esta Cuaresma.

Nunca es tarde para aprender sobre los árboles y sus múltiples riquezas, ni sobre la necesidad de gestionar los bosques de manera sostenible. La misma Biblia nos ofrece un buen número de ejemplos: la encina de Mambré como espacio de hospitalidad sagrada (Gen 18, 1); la palmera del Cantar de los Cantares como expresión de amor apasionado; los cedros del Líbano y su relación con la fuerza del Señor (Sal 29, 5); el sicomoro de Zaqueo (Lc 19, 4) o la higuera de Natanael (Jn 1, 48) como ámbitos del encuentro y de la llamada; la vid como símbolo de la comunión íntima y fecunda (Jn 15, 1); los olivos de la agonía y la fidelidad de Jesús (Mc 14, 32); y, en definitiva, el Árbol de la Vida (Ap 2,8).

(Publicado en la revista La Verdad, de la Archidiócesis de Pamplona-Tudela)