Benedicto XVI: "Los Estados tienen el derecho de regular el flujo migratorio"

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Autor: Fernando PÉREZ-BUSTAMENTE, periodista

Llevamos mucho tiempo con una polémica abierta entre el papa Francisco y los gobernantes y políticos europeos a cuenta de la cuestión migratoria. El Pontífice quiere que Europa acoja a más inmigantes. Los políticos, tanto de derecha como de izquierda -p.e, la que acaba de ganar en Dinamarca-, dicen que no.

Pues bien, veamos lo que Benedicto XVI dijo al respecto hace tal solo 9 años. Cito de su Mensaje para la 97ª Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado (2011):

 

El Venerable Juan Pablo II (ndr: hoy ya canonizado), con ocasión de esta misma Jornada celebrada en 2001, subrayó que «[el bien común universal] abarca toda la familia de los pueblos, por encima de cualquier egoísmo nacionalista. En este contexto, precisamente, se debe considerar el derecho a emigrar. La Iglesia lo reconoce a todo hombre, en el doble aspecto de la posibilidad de salir del propio país y la posibilidad de entrar en otro, en busca de mejores condiciones de vida» (Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones 2001, 3; cf. Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 30; Pablo VI, Enc. Octogesima adveniens, 17). Al mismo tiempo, los Estados tienen el derecho de regular los flujos migratorios y defender sus fronteras, asegurando siempre el respeto debido a la dignidad de toda persona humana. Los inmigrantes, además, tienen el deber de integrarse en el país de acogida, respetando sus leyes y la identidad nacional. «Se trata, pues, de conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en especial si son indigentes, con la consideración sobre las condiciones indispensables para una vida decorosa y pacífica, tanto para los habitantes originarios como para los nuevos llegado» (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2001, 13).

Está claro, ¿verdad? Existe un derecho a emigrar pero también un derecho de cada país a regular el flujo migratorio. Y, le guste o no a Francisco, cada país, Italia también, es soberano a la hora de decidir cómo regula ese flujo y cómo defiende sus fronteras.

De hecho, no tiene nada de particular que, en base al hecho de que los inmigantes “tienen el deber de integrarse en el país de acogida, respetando sus leyes y la identidad nacional”, cada país eliga el tipo de inmigrante que mejor puede cumplir esa obligación. En España no hace falta explicar que eso le resulta mucho más fácil a los hispanoamericanos que al resto.

Supongo que no se acusará a Benedicto XVI y a San Juan Pablo II de ser malos cristianos por pedir que se conjugen esos derechos. O sí… capaces son algunos de tal cosa.