El Amazonas desemboca en Alemania

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Estamos ya acostumbrados, por desgracia, a que los “Instrumentum laboris” de los Sínodos sean polémicos, aunque luego lo que se apruebe no sea tan malo como se prometía. Quizá sea una estrategia bien planeada: se amaga con lo peor y así es más fácil que la oposición acepte cosas que no hubiera aceptado, conformándose con que el desastre no haya sido tan grande.

En este caso, lo que ha llamado más la atención es la posibilidad de ordenar hombres casados para atender a las comunidades que viven en sitios alejados y que, según indica el “Instrumentum”, reciben la visita del sacerdote cada dos o tres años. El hecho de que existan en la Iglesia católica ritos donde hay este tipo de sacerdotes -el rito oriental y el de los ex sacerdotes anglicanos- significa que eso es posible, con las debidas condiciones y limitaciones. Pero el problema no es ése y a nadie se le hubiera ocurrido alarmarse si sólo se tratara de eso. El problema es que se sospecha que esa aceptación de los sacerdotes casados en casos excepcionales y en lugares muy concretos, se generalice a otros países y a otras culturas. Los alemanes ya han anunciado que procederán a ello, diga lo que diga el Papa. Por lo tanto, se estaría utilizando como excusa para favorecer a los alemanes, la grave dificultad que tienen algunas zonas de la Amazonía para ser evangelizadas. Es, como sucedió con el aborto, la apertura de un resquicio en la puerta, que servirá para que ésta se abra de par en par más tarde.

Sin embargo, con ser esto preocupante, hay cosas aún peores en el “Instrumentum laboris”. Para entenderlas hay que remontarse a 1989, a la caída del Muro de Berlín y al posterior desmoronamiento de la Unión Soviética. Los grandes promotores de la Teología de la Liberación de inspiración marxista se quedaron, de repente, sin paradigma, sin modelo, sin “paraíso en la tierra”. No es que no supieran que todo aquello era una farsa y una dictadura, sino que ahora ya lo sabía todo el mundo. No podían seguir promoviendo el servilismo de la Iglesia a la causa marxista, porque ésta ya estaba desprestigiada. Entonces se reciclaron e inventaron un nuevo paraíso terrenal, con los mismos tintes marxistas, pero con otro lenguaje. Ese nuevo paradigma era la “pacha mama”, la “madre tierra”, y sus agentes era los pueblos indígenas, que por el hecho de serlo ya estaban libres de todo pecado, como antes lo estaban los obreros simplemente por serlo. Dejaron de hablar de la sociedad sin clases como utopía -para llegar a la cual había que pasar por la dictadura sangrienta del proletariado como un mal menor e inevitable-, para hablar del paraíso terrenal que era el mundo americano antes de la llegada de los torturadores españoles, primero, y de los explotadores norteamericanos, después. Por eso se incrementó tanto el rechazo a los actos del V Centenario del descubrimiento de América. Hay que volver a ese paraíso terrenal, que es la nueva sociedad sin clases. Por eso, un personaje tan significativo como Leonardo Boff empezó a publicar, uno tras otro, libros ecologistas-revolucionarios (“Ecología, grito de la tierra, grito de los pobres”, “Ética planetaria desde el Gran Sur” o “La voz del arco iris”, son sólo tres ejemplos). El actual “Instrumentum laboris” está impregnado de esta visión idealista de las sociedades primitivas, a las que les compete el papel histórico de fuerzas revolucionarias. Ahora resulta que el paleolítico es el paraíso en la tierra.

En este desvarío, se llega incluso a afirmar que la Amazonía, el territorio, es “un lugar teológico desde el que se vive la fe y también es una fuente especial de la revelación de Dios”. Surge así una tercera fuente de revelación divina, junto a la Escritura y la Tradición, que estaría incluso por encima de ambas en caso de colisión, puesto que “los pueblos amazónicos tienen mucho que enseñarnos”. La Iglesia en su conjunto debe adquirir un “rostro amazónico”, que implica “abandonar una tradición colonial monocultural, clerical e impositiva y saber discernir y asumir sin miedo las diversas expresiones culturales de los pueblos”. Y detrás de esto viene ya todo lo que se nos quiere imponer desde lugares tan alejados del Amazonas como es Alemania. Porque ser amazónicos significa que en un país se pueda dar la comunión a los protestantes u ordenar mujeres, en otro que se niegue la presencia real del Señor en la Eucaristía, en otro que se acepte la convivencia sin casarse, en otro que se permitan la eutanasia y el aborto y en otro -por ejemplo, Alemania-, todo eso junto. Para los promotores de estos cambios, ser amazónicos no es andar por la calle con un taparrabos y una pluma en la cabeza, sino entregarse de lleno al mundo y renunciar a todo lo que enseña el Evangelio, cuando está en contradicción con el mundo.

Por eso es tan importante lo que se apruebe en ese Sínodo, porque en realidad lo que menos importa es si se puede facilitar la evangelización a los indígenas que viven en lugares remotos; esa es la excusa, porque lo que de verdad interesa es preparar el camino para el Sínodo de Alemania, que es donde se van a proponer todas las reformas enunciadas, con la amenaza de llegar al cisma si no se las aprueban en Roma. Al final no sabemos si estamos hablando de los problemas de los nativos brasileños, colombianos o peruanos, o si estamos hablando de los problemas de los nativos alemanes, porque parece que de lo que se trata es de contentar a éstos usando a aquellos como excusa, lo cual es un claro abuso colonialista sobre aquellos a los que se dice querer respetar y ayudar. Ahora resulta que el Amazonas desemboca en Alemania y que los antiguos teólogos marxistas de la liberación se han puesto al servicio de la Iglesia más aburguesada que existe, una Iglesia que si no pagas un impuesto no te permite ni bautizarte ni celebrar un funeral por el alma de tu padre. A lo que hemos llegado.