Pérdida y necesidad de la religiosidad popular

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Autor: Clementino MARTÍNEZ, sacerdote

A partir de los años sesenta del siglo pasado y durante algunas décadas, sin tener en cuenta la doctrina del Concilio Vaticano II, se impuso la corriente que pretendía una piedad de expresión muy teológica y centrada exclusivamente en actos litúrgicos. De este modo, la piedad popular quedaba sin el debido sentido de la piedad.

Olvidaban, como indico, la doctrina del Concilio, que en la Constitución Sacrosanctum Concilium en el n. 12 dice: «Pero la vida espiritual no se agota sólo con la participación en la sagrada liturgia, En efecto, el cristiano, llamado a orar en común, debe, no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre en lo escondido». Y en el n. 13: «Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, siempre que sean conformes a las leyes y formas de la Iglesia, especialmente los que se realizan por mandato de la Sede Apostólica».

En esta línea seguirá el Magisterio de la Iglesia, de manera más explícita y aun profundizando en el tema.

«Tanto en las regiones donde la Igle­sia está establecida desde hace siglos, dice Pablo VI, como en aquellas que se está implan­tando, se descubren en el pueblo ex­presiones particulares de búsqueda de Dios y de la fe. Consideradas durante largo tiempo como menos puras, y a veces despreciadas, estas expresiones constituyen hoy el objeto de un nuevo descubrimiento casi generalizado. La religiosidad popular, hay que confesar­lo, tiene ciertamente sus límites. Está expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la religión, es decir, a las supersticiones. Pero cuando está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de la evangelización, contiene muchos valores» (Evangelii Nuntiandi, n. 48).

Bajo Juan Pablo II se publicará nada menos que el Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de las Sacramentos. (2002). Y en el n. 61, hablando de Los valores de la piedad popular, dice: «Según el Magisterio, la piedad popular es una realidad viva en la Iglesia y de la Iglesia: su fuente se encuentra en la presencia continua y activa del Espíritu de Dios en el organismo eclesial; su punto de referencia es el misterio de Cristo Salvador; su objetivo es la gloria de Dios y la salvación de los hombres; su ocasión histórica es el "feliz encuentro entre la obra de evangelización y la cultura”». 

Por su parte, Benedicto XVI, hablando a la Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina el 8 de abril de 2011, les decía: «La religiosidad popular no puede ser considerada como algo secundario de la vida cristiana»; y agregó: «La profunda religiosidad popular que caracteriza la vivencia de fe de los pueblos latinoamericanos (…) constituye “el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar"».

Finamente, no me resisto a citar esta frase, llena de contenido, del Papa Francisco: «Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización» (Evangelii Gaudium, n. 126).

Un "liturgismo" radical alejado de la realidad

Como podemos ver, la Iglesia ha avalado y avala la religiosidad popular; así queda reflejado tanto en el Concilio como en documentos posteriores. No obstante, como antes indico, se difundió una doctrina, que podemos calificar como de “liturgismo” radical. Según sus defensores, toda expresión de piedad debía correr por los cauces de la liturgia y partir de claros presupuestos teológicos. Con estos condicionamientos, estaba claro que no tenía muchas posibilidades la religiosidad popular. No entendían que al pueblo le cuesta andar por el camino de los conceptos y es evidente que sus expresiones religiosas no podían calificarse como litúrgicas. Lo que no obsta para que se pueda afirmar que «No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum» (Evangelii Gaudium, n. 124).

Los defensores de ese “liturgismo” radical olvidaban lo que el mismo Concilio Vaticano II había aprobado en el documento relativo a la liturgia. Además, daban la impresión de colocarse en un mundo teórico, muy lejano de la realidad del mundo rural y del alma de su religiosidad. Por si fuera poco, sus defensores eran los que, al mismo tiempo, hablaban continuamente de encarnación; con lo cual caían en una evidente contradicción.

El caso es que los sacerdotes rurales, deslumbrados por la “autoridad” de los defensores de esa corriente y la obligación creciente de atender a varias parroquias, y llevados por la mentalidad de cambio, poco ponderada, del momento, fueron abandonando muchas expresiones centenarias de la religiosidad popular. Eso sí, ni se educó al pueblo en la liturgia, ni el vacío que habían dejado esas prácticas seculares se sustituyó por otras “más litúrgicas”. Y esto ocurría cuando lo pueblos todavía tenían vida y no se había llegado a la situación de la España “vaciada”.

El daño estaba hecho. A pesar de todo, el pueblo, que, por su misma naturaleza, es reacio a todo cambio, y que no se aviene fácilmente a abandonar lo que ha llegado a ser vida de su vida, todavía pudo salvar algunas de sus expresiones religiosas.

Dos peligros

Desgraciadamente, hoy, sobre este pequeño resto de religiosidad popular, se ciernen dos peligros que pueden ser su final: el abandono de los pueblos y la grave disminución de sacerdotes.

La despoblación es un hecho de difícil solución. Solo una acción seria y eficaz por parte del estado (y no a corto plazo), podría revertir las cosas. Si los pueblos se “despueblan”, todo se acabó.

En cuanto al bajo número de sacerdotes y la necesidad de atender pastoralmente a muchas mini-parroquias, podemos hacer las reflexiones siguientes.

Nuestros sacerdotes rurales, tenemos que tenerlo presente, los sábados por la tarde y los domingos, además de la Semana Santa, hacen cantidad de kilómetros, y, con diligencia estresante, tienen que ajustar los minutos para llegar a cumplir el programa previsto. Algo parecido les ocurre con las fiestas patronales y sus novenas, hoy, en muchos casos, trasladadas al mes de agosto. Pero es un tema que, por su importancia, requiere un trato singularizado.

Sin embargo, la experiencia nos pone a la vista que este agobiante hacer kilómetros no soluciona el problema. Podemos decir que, como expresión de religiosidad popular, quedan las fiestas patronales, algunas procesiones y otros actos en Semana Santa; pero sólo donde se celebra y lo que se puede, porque en varios pueblos ya no se celebra todos los años y, donde se celebra, es casi reducida a lo litúrgico. También suele hacerse la Bendición de Campos y alguna otra función. ¿Pero dónde queda el rico patrimonio de piedad relativo a otros santos de devoción particular, además del patrono?, ¿dónde las prácticas referente al culto de la Eucaristía más allá de la Misa?, ¿dónde las expresiones de devoción a María del mes de mayo y en otros momentos?, ¿dónde todo cuanto era costumbre en la Cuaresma?, ¿dónde las profundas y cuantiosas devociones relativas a los difuntos?, ¿dónde el rosario rezado por las calles o a determinados lugares?, ¿dónde esos toques de campanas despertador de tantas conciencias y animador de tantas ilusiones?, ¿dónde tantas y tantas prácticas, que eran vida de su vida?

Es necesaria una atención pastoral diaria

Estos datos plantean la exigencia de un nuevo planteamiento pastoral, una distinta atención pastoral. Esta nueva forma de atención pastoral no puede reducirse a la Misa dominical, los funerales y ritos de dar sepultura sagrada, la fiesta patronal, la Semana Santa (donde se celebra) y poco más. Debe ocupar el día completo de todos los días; siempre con el debido descanso. Donde no se celebra la Santa Misa el domingo o el sábado, se puede celebrar en los restantes días de la semana; se puede administrar la Unción de los Enfermos, sentarse en el confesonario y estar dispuestos para administrar el sacramento de la penitencia; dar alguna pequeña charla (la gente escucha si se le dice algo que le interesa y se prepara bien); se puede visitar a los enfermos, y hablar con esas gentes, hoy marginadas y carentes de relación, con muchos casos en soledad. ¿No hablamos de Iglesia misionera? ¿No nos dicen que tenemos que salir a las periferias? La Misa es lo más excelso e importante, pero San Pablo no se conformó con celebrar el ágape.

Con lo dicho, nadie piense que olvidamos el sacrificio de nuestro clero rural. Ellos siguen siendo los que andan por las periferias. Ellos siguen celebrando la Eucaristía y las fiestas patronales en condiciones de tensión, agobiados por el tiempo y los kilómetros. En templos que de ordinario dejan sentir el clima extremo, muy especialmente en invierno. Sin niños ni jóvenes y, por tanto, con un horizonte apostólico limitado humanamente, hasta menos ilusionante; dato que exige una mayor dosis de vida espiritual. Pero, si la pastoral rural en este momento sigue siendo un problema sin solucionar, es necesario buscar vías de solución.

Una solución: vida en común de los sacerdotes diocesanos

Los sacerdotes diocesanos no somos religiosos, nos hemos educado, hemos vivido y actuado pastoralmente de una forma muy personal. Este modo de vivir y proceder lleva consigo que, sobre todo a los de cierta edad, nos cuesta aceptar eso de un equipo y mucho más de la vida en común. Pero, dadas las circunstancias, creo que por ahí debe ir la solución. Pensemos en dos sacerdotes o mejor tres, que vivan en un pueblo donde la vida se puede desarrollar de modo normal; pueblo de su servicio pastoral, no otro con nombramiento de algo como añadido. A esos sacerdotes se les encomienda un campo relativamente amplio, pero viable, con un plan pastoral muy parecido al de las misiones. Con un programa parecido el indicado en párrafos anteriores.

Si queremos ser, no solamente celebrantes de Misas, sino servidores del Evangelio en ese mundo rural, en las condiciones actuales, es irrenunciable cambiar la pastoral actual.

Se trata, pues, de abrir cauces a un nuevo modo de servicio pastoral. Servicio que exige, no sólo no abandonar a esas personas, sino cuidarlas con dedicación y amor de pastores del rebaño de Cristo. Tienen un alma redimida con la sangre de Cristo, igual que los de las zonas urbanas o más pobladas.

Ahora bien, con todo, va a ser difícil recuperar lo perdido: tanto a causa del escaso número de fieles que quedan en muchas de esas las parroquias, cuanto porque lo que necesitó siglos para cristalizar en costumbre, una vez perdido, no resulta fácil recuperar, menos a corto plazo. Pero, a pesar de estas y otras muchas dificultades, hay que hacer todo lo posible por recuperar ese acervo religioso. Es la forma de vivir y expresar su vida religiosa la gente rural.

Una espiritualidad de lo "palpable"

El problema es más serio de lo que, a primera vista, puede parecer. Esas gentes que modela lo rural no entienden de conceptos metafísicos, ni discursos elevados, son personas que viven directamente en contacto con la naturaleza que los rodea. Su vida se desarrolla entre algo que se toca, que se oye, que se ve, que se huele. Sus razones no van desde el discurso, sino desde la experiencia. Por eso, su piedad tiene que apoyarse en realidades que se ven, que se oyen, que se tocan. Aquí está la religiosidad popular. Y con ella y con ellos el cariño del sacerdote. Desde ahí, todo; sin eso, todo muy difícil.

Es más. A las expresiones religiosas iban unidas muchas de las costumbres profanas. Unas y otras iban marcando el fluir del año; eran como pasaderas sobre las que se iba apoyando esa pobre ilusión de lo que viene. Si se pierden las expresiones religiosas, con ellas pueden desaparecer las profanas, o bien se quedan sin alma.

No quiero hablar de “la España profunda”, porque este concepto, con mucha frecuencia, va referido a acontecimientos deplorables que han tenido lugar en el mundo rural. (Si bien no han faltado ni han sido menos oscuros en el urbano). Pero, con más propiedad y mejor sentido, podría referirse al mundo rural, en cuanto el humus donde están las raíces que han dado lugar a nuestro modo peculiar de ser.

En el campo se ve muy directamente a Dios, en la ciudad al hombre. Y desde Dios, sentido y vivido de ese modo especial, arranca nuestra cultura. No nos quedemos sin esas raíces, que el árbol se muere.