La Amazonía aprenda de China, donde la Iglesia florecía con poquísimos sacerdotes

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Autor: Sandro MAGISTER, periodista

El mantra con el que los defensores de los sacerdotes casados motivan su pretensión es la invencible escasez de sacerdotes célibes en regiones con pequeñas comunidades dispersas en lugares remotos, como el Amazonas o las islas del Pacífico. Hay que garantizar -dicen- que se pueda celebrar misa para todos y de manera regular, y no sólo unas pocas veces al año.

Curiosamente, los mismos que muestran tanta generosidad en querer otorgar la Eucaristía, también son los más tacaños cuando se trata de conversión y administración del bautismo, que equiparan al "proselitismo" tan aborrecido por el Papa Francisco. "Nunca he bautizado a un indio, ni lo haré en el futuro", dijo el obispo Erwin Kräutler, hombre clave del próximo Sínodo amazónico.

La mayor contradicción, sin embargo, es que en los dos milenios de historia de la Iglesia, que han visto innumerables casos de escasez de sacerdotes célibes para comunidades dispersas, nadie haya derivado de esto -con un razonamiento puramente funcional y organizativo- la obligación de reclutar como celebrantes también a hombres casados, los llamados "viri probati".

No sólo eso. La historia enseña que la escasez de sacerdotes célibes no necesariamente daña el "cuidado de las almas". De hecho, en algunos casos incluso coincide con un florecimiento de la vida cristiana.

Así fue, por ejemplo, en la China del siglo XVII. Una insospechada fuente, "La Civiltà Cattolica", revista de los jesuitas de Roma dirigida por Antonio Spadaro, confidente número uno de Jorge Mario Bergoglio, dio cuenta de ello hace tres años en un erudito artículo del sinólogo jesuita Nicolas Standaert, Profesor de la Universidad Católica de Lovaina.

En el siglo XVII en China había pocos cristianos y estaban dispersos.

Escribe Standaert:

"Cuando Matteo Ricci murió en Pekín en 1610, después de treinta años de misión, había aproximadamente 2.500 cristianos chinos. En 1665 los cristianos chinos eran probablemente unos 80.000 y aproximadamente en el 1700 eran unos 200.000; es decir, eran aún pocos si se comparan con toda la población, entre los 150 y los 200 millones de habitantes".

Y poquísimos eran los sacerdotes:

"Cuando Matteo Ricci murió, en toda China había sólo 16 jesuitas: ocho hermanos chinos y ocho padres europeos. Con la llegada de los franciscanos y de los dominicos, alrededor del año 1630, y con un leve aumento de los jesuitas en el mismo periodo, el número de misioneros extranjeros superó los 30 y permaneció constante entre los 30 y los 40 en los años sucesivos. A continuación hubo un incremento, alcanzando el pico de casi 140 misioneros entre 1701 y 1705. Pero después, a causa de la controversia acerca de los ritos, el número de misioneros se redujo casi a la mitad".

El consecuencia, el cristiano ordinario veía al sacerdote no más de "una o dos veces al año". Y en los pocos días que duraba la visita el sacerdote "conversaba con los jefes y los fieles, recibía información acerca de la comunidad, se interesaba por los enfermos y los catecúmenos. Confesaba, celebraba la eucaristía, predicaba, bautizaba".

Después, el sacerdote desaparecía durante meses. Pero las comunidades se sostenían. Es más, concluye Standaert: "Se transformaron en pequeños, pero sólidos centros de transmisión de la fe y de práctica cristiana".

He aquí a continuación los detalles de esa fascinante aventura, tal como se relata en "La Civiltà Cattolica".

Sin elucubraciones acerca de la necesidad de ordenar a hombres casados.

“EL MISIONERO LLEGABA UNA O DOS VECES AL AÑO”

por Nicolas Standaert S.I.

(de "La Civiltà Cattolica" n. 3989 del 10 de settembre de 2016)

En el siglo XVII los cristianos chinos no estaban organizados en parroquias, es decir, en unidades geográficas alrededor del edificio de una iglesia, sino en "asociaciones", de las que eran jefes los laicos. Algunas de éstas eran una mezcla de asociación china y de congregación mariana de inspiración europea.

Parece ser que dichas asociaciones estaban muy difundidas. Por ejemplo, alrededor del año 1665 había unas 140 congregaciones en Shanghai, mientras que había más de 400 congregaciones de cristianos en toda China, tanto en las grandes ciudades como en las aldeas.

El establecimiento del cristianismo a este nivel local se hizo con la forma de  "comunidades de rituales eficaces", grupos de cristianos cuya vida estaba organizada alrededor de determinados rituales (misa, festividades, confesiones, etc.). Esas eran "eficaces" porque construían un grupo y porque eran consideradas por los miembros del grupo como capaces de dar significado y salvación.

Los rituales eficaces estaban estructurados en base al calendario litúrgico cristiano, que incluía no sólo las principales fiestas litúrgicas (Navidad, Pascua, Pentecostés, etc.), sino también las celebraciones de los santos. La introducción del domingo y de las fiestas cristianas hizo que la gente viviera según un ritmo distinto al del calendario litúrgico utilizado en las comunidades budistas o taoístas. Los rituales más evidentes eran los sacramentos, sobre todo la celebración de la eucaristía y la confesión. Pero la oración comunitaria – sobre todo la oración del rosario y las letanías – y el ayuno en determinados días constituían los momentos rituales más importantes.

Estas comunidades cristianas revelan también algunas características esenciales de la religiosidad china: eran comunidades muy orientadas a la laicidad con jefes laicos; las mujeres tenían un papel importante como transmisoras de rituales y de tradiciones dentro de la familia; una concepción del sacerdocio orientado al servicio (sacerdotes itinerantes, presentes sólo en ocasión de las fiestas y de celebraciones importantes); una doctrina expresada de manera simple (oraciones recitadas, principios morales claros y simples); fe en el poder transformador de los rituales.

Poco a poco, las comunidades llegaron a funcionar de manera autónoma. Un sacerdote itinerante (inicialmente eran extranjeros, pero ya en el siglo XVIII eran, prevalentemente, sacerdotes chinos) solía visitarlas una o dos veces al año. Normalmente los jefes de las comunidades reunían a los distintos miembros una vez a la semana y presidían las oraciones, que la mayor parte de los miembros de la comunidad conocían de memoria. Esos leían también los textos sagrados y organizaban la instrucción religiosa. A menudo había reuniones aparte para las mujeres. Además, había catequistas itinerantes que instruían a los niños, a los catecúmenos y los neófitos. En ausencia de un sacerdote, los jefes locales administraban el bautismo.

Durante la visita anual, que duraba unos días, el misionero conversaba con los jefes y los fieles, recibía información acerca de la comunidad, se interesaba por los enfermos y los catecúmenos, etc. Confesaba, celebraba la eucaristía, predicaba, bautizaba y rezaba con la comunidad. Cuando se iba, la comunidad seguía con su praxis habitual de rezar el rosario y las letanías.

Por consiguiente, el cristiano ordinario veía al misionero una o dos veces al año. El verdadero centro de la vida cristiana no era el misionero, sino la propia comunidad, con sus jefes y los catequistas como vínculo principal.

Principalmente en el siglo XVIII y a principios del siglo XIX estas comunidades se transformaron en pequeños, pero sólidos centros de transmisión de la fe y de práctica cristiana. A causa de la falta de misioneros y de sacerdotes, los miembros de la comunidad – por ejemplo, los catequistas, las vírgenes y otros guías laicos – asumían el control de todo, desde la administración financiera a las prácticas rituales, incluida la guía de las oraciones cantadas y la administración de los bautismos.