Müller acusa: de este Sínodo han expulsado a Jesús

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Autor: Sandro MAGISTER, periodista

Ha comenzado el Sínodo sobre la Amazonia. “Pero tendrá consecuencias sobre la Iglesia universal”, advierte el cardenal Gerhard Müller, en una entrevista llevada a cabo por Matteo Matzuzzi para el diario “Il Foglio”, publicada precisamente el día de inicio de los trabajos. “Si se escuchan las voces de algunos de los protagonistas de esta asamblea se comprende fácilmente que la agenda es totalmente europea”.

Europea y sobre alemana. También en Alemania, en efecto, se ha iniciado un “camino sinodal” que se inspirará en el Sínodo sobre la Amazonia para reformar nada menos que la Iglesia universal, un sínodo en el que los laicos tendrán número y votos a la par de los obispos, un sínodo cuyas deliberaciones serán “vinculantes” y se referirán al fin del celibato sacerdotal, a la ordenación de las mujeres, a la reforma de la moral sexual y a la democratización de los poderes en la Iglesia.

Es un terremoto que desde el momento que fue anunciado ha sembrado inquietud en el mismo papa Francisco, quien en junio escribió a los obispos alemanes una carta abierta para inducirlos a moderar sus desproporcionadas ambiciones. En setiembre, el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, les escribió una carta todavía más apremiante, desestimando como canónicamente “inválido” el sínodo puesto en movimiento en Alemania. Y está fuera de toda duda que Ouellet se mueve en sintonía y acuerdo con el Papa. Ha dado prueba de ello hace pocos días, cuando se declaró “escéptico” sobre la idea de ordenar varones casados – punto clave de los sínodos amazónico y alemán – para agregar inmediatamente que es escéptico “también alguien que está arriba mío”. En cuanto a Francisco, quiso encontrar el 25 de setiembre a ocho jóvenes catequistas del norte de Tailandia, animadores de pequeñas comunidades remotas entre sí, congregadas muy rara vez por un sacerdote que celebra la Misa, pero muy lejos de pedir por este motivo la ordenación de varones casados. “El Reino de los Cielos es de los pequeños”, les dijo el Papa “profundamente conmovido”, en el informe de “L’Osservatore Romano”.

Pero las advertencias efectuadas por Roma a Alemania no han tenido hasta ahora ningún efecto. “No será Roma la que nos diga lo que debemos hacer en Alemania”, había declarado el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, ya entre la primera y la segunda sesión del Sínodo sobre la Familia. Y continúa ateniéndose a ese mantra, en Alemania con el consenso de la mayoría y la oposición de pocos, entre los cuales el de más alto rango es el arzobispo de Colonia, el cardenal Rainer Maria Voelki, quien ha llegado a denunciar el peligro de un “cisma”.

“En Alemania – dice ahora Müller, quien también es alemán, pero no gobierna una diócesis y, en consecuencia, no forma parte de la Conferencia Episcopal – quieren casi refundar la Iglesia Católica. Piensan que Cristo es sólo un hombre que vivió hace dos mil años, consideran que no fue un hombre moderno, están convencidos que no tenía nada de su docta formación. Por eso piensan que es necesario llenar estas lagunas y que les espera actuar a ellos. En una homilía, el cardenal Marx ha preguntado retóricamente: ‘Si Cristo estuviese aquí hoy, ¿diría lo que dijo hace dos mil años?’ Pero Cristo no es una figura histórica como el César. Jesucristo es el resucitado que está presente, que celebra la Misa a través de su representante ordenado sacerdote. Es el sujeto de la Iglesia y su Palabra permanece y vale eternamente. Cristo es la plenitud de la Revelación, por eso no habrá otra Revelación. Somos nosotros los que debemos buscar conocerla más y mejor, ciertamente no podemos cambiarla. Cristo es insuperable e irreversible, pero esto hoy no parece ser muy claro en ciertas latitudes”.

Para Müller este error está presente también en el ”Instrumentum laboris”, el documento base del Sínodo sobre la Amazonia: “un documento que no habla de la Revelación, del Verbo encarnado, de la Redención, de la Cruz, de la Vida eterna”, sino que más bien ensalza en lugar de la Revelación divina, para asumir como tales, a las tradiciones religiosas de los pueblos indígenas y sus cosmovisiones.

En Aparecida, en el 2007, Benedicto XVI puso en guardia sobre esto a los obispos del continente. “La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia universal – dijo –, no sería un progreso, sí un retroceso, una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado”. Pero fue cubierto de críticas por los teóricos de “una nueva comprensión de la Revelación de Dios” identificada en los pueblos indígenas, sin querer convertirlos entonces. Entre los más aguerridos estaba justamente un teólogo alemán emigrado a Brasil, Paulo Suess, inspirador del obispo Erwin Kräutler, nacido en Austria, gran estratega del Sínodo sobre la Amazonia, coautor del ”Instrumentum laboris” e inspirador de la idea de hacer celebrar el sacramento de la Eucaristía no sólo por “viri probati”, sino también por “mujeres casadas que dirigen una comunidad”.

“Pero no existe ni puede existir un derecho al sacramento”, objeta Müller. “Nosotros somos creaturas de Dios y una creatura no puede reclamar un derecho a su creador. La vida y la gracia son un don. El hombre tiene el derecho de casarse, pero no puede pretender que una determinada mujer lo despose reivindicando un derecho específico. Jesús eligió libremente entre todos sus discípulos a doce de ellos, presentando así su autoridad divina. Eligió a los que él quiso, es Dios quien elige. Nadie puede entrar en el santuario sin ser llamado. Una vez más prevalece la mentalidad secularizada: se piensa como los hombres, no como Dios”.

“El celibato sacerdotal – prosigue Müller en la entrevista en ‘Il Foglio’ – se puede comprender sólo en el contexto de la misión escatológica de Jesús, quien ha creado un mundo nuevo. Ha habido una nueva creación. Con las categorías del secularismo no se pueden comprender la indisolubilidad del matrimonio, así como el celibato o la virginidad de las órdenes religiosas. Con tales categorías tampoco se pueden resolver problemas que tienen su origen exclusivamente en la crisis de la fe. No se trata de reclutar más gente para administrar los sacramentos, sino que es necesaria una preparación espiritual, es necesario entrar en la espiritualidad de los apóstoles. Es necesaria una preparación espiritual y teológica, se necesita entrar en la espiritualidad de los apóstoles, no prestando atención a las agencias laicas que aconsejan mucho y sobre muchas cosas por razones totalmente contrastantes con la misión de la Iglesia. Sirve la espiritualidad, no la mundanización”.

Una mundanización ve el cardenal Müller también en el modo en el que parte de la Iglesia se ha alineado con la ideología ambientalista:

“La Iglesia es de Jesucristo y debe predicar el Evangelio y dar esperanza para la vida eterna. No puede hacerse protagonista de alguna ideología, ya sea la del ‘gender’ o la del neopaganismo ambientalista. Es peligroso si sucede esto. Vuelvo al ’Instrumentum laboris’ preparado para el Sínodo sobre la Amazonia. En uno de sus párrafos se habla de la ‘Madre Tierra’: pero ésta es una expresión pagana. La tierra viene de Dios y nuestra madre en la fe es la Iglesia. Nosotros somos justificados por la fe, la esperanza y el amor, no por el activismo ambiental. Es cierto que el cuidado de lo creado es importante, después de todo vivimos en un jardín querido por Dios. Pero no es éste el punto decisivo. Lo es el hecho que para nosotros Dios es lo más importante. Jesús dio su vida para la salvación de los hombres, no del planeta”.

A "L'Osservatore Romano" que publicó una necrología por el glaciar islandés Okjökull, muerto “por culpa nuestra”, Müller le objeta: “Jesús se hizo hombre, no un cristal de hielo”. Y continúa diciendo:

“Ciertamente la Iglesia puede dar su propia contribución con una buena ética, con la doctrina social, con el magisterio, recordando los principios antropológicos. Pero la primera misión de la Iglesia es predicar a Cristo, el Hijo de Dios. Jesús no le dijo a Pedro que se ocupara del gobierno del imperio romano, no entra en diálogo con el César. Se mantuvo a una buena distancia. Pedro no era amigo de Herodes o de Pilato, sino que sufrió el martirio. Es justa la cooperación con un gobierno legítimo, pero sin olvidar jamás que la misión de Pedro y de sus sucesores consiste en unir a todos los creyentes en la fe en Cristo, que no ha encomendado que se ocuparan de las aguas del Jordán o de la vegetación de Galilea”.