Creer, de verdad, en la divinidad de Cristo

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Lo del Sínodo de la Amazonía es tan grave y tan escandaloso que parece irreal. Quizá por eso, para camuflarlo un poco, están apareciendo noticias llamativas que distraen la atención y evitan que el escándalo sea mayor. Es el viejo juego del mago, que hace que el público se fije en una mano para hacer el truco con la otra.

Celebrar un rito de adoración a los dioses de la fertilidad -con dos tallas de madera que representan a dos mujeres desnudas embarazadas y un enorme falo-, en el Vaticano, junto a la gruta de Lourdes, es una provocación. Llevar en procesión una canoa, con una de esas tallas y el falo, y meterla en la sala del Sínodo, el día de la Virgen del Rosario, es una provocación. Luego viene el resto: la mayoría de los sinodales está claramente a favor del sacerdocio de los casados y del diaconado femenino, como paso hacia el sacerdocio de la mujer y, como es natural, del episcopado y del papado. Y esto es más que una provocación.

Cuando uno provoca es porque busca en el provocado una respuesta proporcional al insulto recibido; es decir, se está buscando que los conservadores se harten y se vayan; se está buscando un cisma, quizá porque no están seguros de que, si no se van, puedan hacer lo que quieran.

En este escenario escandaloso tienen lugar tres cosas, importantes. La primera es lo del asalto -no se puede calificar de otro modo- a la Secretaría de Estado como parte de una investigación sobre presuntos delitos económicos. Dejando las formas aparte, el Papa tiene el deber de hacer limpieza y merece todo el apoyo en esa tarea. ¿Pero tenía que ser en la víspera de la inauguración del Sínodo, cuando se iba a producir el escándalo de los ritos paganos en los jardines vaticanos y la procesión de la canoa, que ya estaban previstos?

Luego ha venido lo de Scalfari, diciendo que el Papa no cree en la divinidad de Jesucristo y que se lo ha dicho a él. Naturalmente, la afirmación es tan grave que supondría el cese automático de Francisco como Pontífice. Pero nada más fácil que desautorizar a Scalfari, como ya lo fue en el 2013, en el 2014 -cuando incluso se inventó una entrevista que no había existido- y en el 2015; es verdad que el primer desmentido, del director de la Sala de Prensa, Matteo Bruni, fue tan ambiguo que generó aún más polémica, pero luego Paolo Ruffini, el prefecto de la Comunicación, zanjó la cuestión con un “el Santo Padre nunca dijo lo que escribe Scalfari”.

Hay un tercer dato significativo. El cardenal Sarah, tan insultado por los progresistas liberales, ha concedido una entrevista al diario italiano más importante, en la que dice que el Papa Francisco es la persona adecuada para el momento presente y está puesto al frente de la Iglesia, justo ahora, por la Divina Providencia. Eso sí que es un amigo y no otros que pasan por serlo. Recuerda además Sarah que se apruebe lo que se apruebe en el Sínodo, éste es sólo consultivo y será el Santo Padre el que decida qué es lo que se convierte en Magisterio. A la vez, se muestra confiado en que de ninguna manera el Papa abolirá la ley del celibato obligatorio para los sacerdotes. A propósito de esto, el cardenal Müller ha recordado que no está en las atribuciones del Papa llevar a cabo dicha abolición.

¿Y si lo de la investigación de los delitos económicos hubiera sido hecha en ese día a propósito para evitar que el escándalo de los ritos paganos tuviera más repercusión? Claro que había que hacerla, ¿pero justo en ese momento? ¿Y si lo de Scalfari no fuera más que un favor del periodista a un amigo para que se hablara de algo fácilmente desmentible y la gente no se fijara tanto en las barbaridades que se están diciendo en el Sínodo? No lo sé. Pero me parece todo tan raro que no logro encontrar una explicación lógica a lo que está sucediendo.

Sigo pensando que estamos ante una batalla crucial, no entre buenos y malos, sino entre creyentes en la divinidad de Cristo y arrianos, que consideran al Señor sólo un hombre y que por eso se sienten con derecho a cambiar sus enseñanzas. Pero si creemos en la divinidad de Jesús, debemos creer que es Él el que lleva adelante la Iglesia. Ahí está nuestra paz y nuestra esperanza. De lo contrario, aunque estemos diciendo que creemos, en realidad nos estaremos comportando como los que creen que son como dioses, dueños de la historia.