Europa musulmana

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

El año que acabamos de terminar se despidió con la noticia de que once cristianos habían sido decapitados en Nigeria por los musulmanes. Una matanza más, de las muchas que tienen lugar en el centro de África y que no suelen ocupar espacio en los medios de comunicación, como si no valiera lo mismo la vida de esas personas que las de otros tantos europeos o norteamericanos que hubieran sido víctimas de un atentado terrorista en plenas fiestas navideñas. Aunque quizá la falta de interés sea porque los que han sido asesinados son cristianos. Además, se supo que 29 misioneros fueron martirizados en 2019, de los cuales 15 lo fueron en África, que se ha convertido en el continente más peligroso para los cristianos.

A la vez, se han conocido unas declaraciones del cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, alertando del crecimiento de los musulmanes en Europa, debido tanto a la emigración como a la elevada tasa de natalidad de sus mujeres. El cardenal reclamaba también más contundencia por parte de algunas autoridades islámicas a la hora de condenar los atentados terroristas, aunque reconocía que había algunos líderes que no tenían ambigüedad al respecto.

Y, mientras matan misioneros y laicos cristianos, ¿qué hacemos nosotros? El diálogo es necesario, aunque los frutos sean pequeños, pero quizá no sea suficiente. El problema nuestro es que ante la fe convencida de los musulmanes, ofrecemos tibieza y dudas. La confusión en la Iglesia es tan grande que no somos capaces de dar una respuesta espiritual que sea una alternativa a la fe firme de los seguidores de Mahoma. Porque, aunque muchos no se lo crean, las conversiones al islam por parte de católicos e incluso ateos son mucho más numerosas que las de musulmanes al cristianismo. Quizá lo que les atraiga de esa religión es la claridad con que se exponen sus principios y la firmeza con que se oponen a lo que el mundo considera políticamente correcto, empezando por su rechazo al aborto y al control artificial de la natalidad. En cambio, entre nosotros, sucede justo lo contrario. El cardenal Müller denunciaba hace unos días que “el veneno que paraliza a la Iglesia es la opinión de que debemos adaptarnos al espíritu de la época”; “nos hemos adaptado cómodamente al espíritu de una vida sin Dios”, añadió. La cuestión, por lo tanto, no es si los musulmanes tienen muchos hijos, sino que los cristianos tienen pocos porque se han adaptado al mundo e incluso sus pastores han dejado de enseñar lo que hasta hace poco venían enseñando al respecto.

Cuando oigo las noticias de martirios de cristianos en África, me pregunto qué haríamos nosotros si nos encontráramos en esa situación. ¿Los obispos, los sacerdotes, estaríamos dispuestos a ser mártires antes que traicionar a Cristo, como hacen nuestros hermanos africanos y como hicieron nuestros antepasados en España en 1936? Para ser mártires es fundamental la gracia de Dios, pero también la fe en la vida eterna y al menos un poco de amor al Señor. ¿Tenemos esa fe? ¿Tenemos ese poco de amor? ¿Lo tenemos los obispos y los sacerdotes? ¿Lo tienen los laicos? Y, si es así, ¿por qué los curas no hablamos más del cielo y por qué los laicos no tienen más hijos?

Según el cardenal Schönborn, en unos años Europa puede ser de mayoría musulmana. Él dice que es porque sus mujeres tienen más hijos que las cristianas. Y eso es verdad. Pero hay una verdad más profunda aún: ellos no se adaptan al mundo, sino que quieren cambiarlo desde su fe. Nosotros, en cambio, estamos en plena descomposición porque -como dice el cardenal Müller- hemos adaptado nuestra fe al mundo y cuando la sal se vuelve insípida no sirve más que para que la tiren a la calle y la pisen los hombres.