Prepararse para la persecución

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Tres países, tres tragedias. Y digo tres, pero podría añadir muchos más. Me refiero a Venezuela, Nicaragua y China. Podría añadir Cuba, Nigeria o España, sin ir mucho más lejos.

Los tres primeros tienen dos cosas en común: son víctimas del marxismo real, es decir del sangriento, y sus obispos han hablado claro contra la represión que sufre el pueblo -católico o no- en ellos. Esta semana lo ha hecho, una vez más, la Conferencia episcopal venezolana; ha alzado la voz protestando por el allanamiento de la Asamblea Nacional por las fuerzas represoras de Maduro, para evitar que Guaidó fuera reelegido presidente. También ha hablado el arzobispo de Managua, cardenal Brenes, pidiendo al gobierno dictatorial de Nicaragua que libere a los cientos de presos políticos que mantiene en las cárceles. Y lo ha hecho el cardenal Zen -arzobispo emérito de Hong Kong-, aunque en realidad su mensaje era del mes de septiembre pero sólo ahora se ha podido conocer íntegramente; ha escrito a todos los cardenales del mundo pidiéndoles su apoyo para evitar que la Iglesia católica en China sea obligada a someterse al Gobierno comunista de ese país.

En Cuba guardan silencio, pero no en Nigeria, donde un obispo ha acusado al Gobierno de estar favoreciendo la islamización del país tolerando la persecución contra los cristianos. Algunos, pocos, se han atrevido a hablar en España tras la constitución del nuevo gobierno socialista-comunista, que promete de entrada mantener una línea dura contra la Iglesia y muy hostil contra los principios morales cristianos.

Casi todos esos países donde los católicos están siendo perseguidos, tienen en común que los perseguidores son los comunistas. El resto son musulmanes radicales. Entre unos y otros están convirtiendo el siglo XX y lo que llevamos del XXI en el más sangriento de la historia para los seguidores de Jesucristo.

¿Qué tenemos que hacer?

Lo mismo que hicieron los que, antes que nosotros, tuvieron que soportar persecuciones y martirio. Debemos estar preparados, aumentando nuestra unión con Dios y la unidad entre nosotros. Una persona y una Iglesia anémica, sin espiritualidad, no soportará la persecución; una Iglesia dividida, tampoco. La unidad sólo se puede lograr en torno a la Palabra de Dios y a la actualización del mensaje de forma fiel y coherente con esa Palabra y con la Tradición. Pensar que no nos van a perseguir si nos adaptamos al mundo, es ignorar que mientras quede en nosotros algo de fe en Cristo seguiremos siendo molestos y seremos perseguidos; sólo renunciarán a la persecución cuando estemos totalmente insertados en el sistema y hayamos asumido completamente lo que nos exige el nuevo orden mundial: aceptar que no tenemos la plenitud de la verdad, que somos una religión entre otras y con el mismo valor que otras, y que Cristo es sólo un gran profeta -como muchos otros-, pero de ningún modo el Hijo de Dios hecho hombre. No debemos engañarnos, habrá persecución mientras no haya rendición total.

Por eso es muy importante lo que pasa en China. Lo más significativo es que allí los que están protestando -representados por el cardenal Zen y por muchos obispos y sacerdotes- son los que quieren ser perseguidos antes que renunciar a la fidelidad a Cristo. Prefieren la cárcel antes que la traición y lo que les duele no es que sus iglesias estén siendo derruidas, sino que tengan la impresión de que es la propia Iglesia la que les pide que se sometan al partido comunista y que dejen de proclamar aquellos puntos del mensaje de Jesús que el partido no tolera. Ellos quieren ser mártires antes que traidores y se sienten muy mal porque les parece que les están pidiendo ser traidores antes que mártires. Para entendernos, su crisis es como la que habría tenido Santo Tomás Moro si el Papa de su época le hubiera dicho que debía aceptar a Enrique VIII como jefe de la Iglesia para evitar que le cortaran la cabeza en la Torre de Londres. Eso ya lo sabía Santo Tomás y no hacía falta que nadie se lo dijera, pero optó por la fidelidad a Cristo al precio de su cabeza; lo que él necesitaba era alguien que le hablara del cielo y que le animara a poner a Cristo en el primer lugar y a no someterse a los intereses de los hombres cuando éstos eran contrarios a los de Cristo. Los católicos chinos quieren eso: apoyo y aliento para afrontar la persecución, no que les digan cómo tienen que hacer para dejar de ser perseguidos, porque eso ellos lo saben de sobra y desde hace mucho.

Preparémonos para la persecución. Para la que viene de fuera y para la que pueda venir de dentro. Pidamos la gracia, la fuerza y la misericordia.