Dadles vosotros de comer

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

Se trata de un pasaje bien conocido, o, quizá, no tanto: lo hemos escuchado y leído a menudo, pero no acabamos de entenderlo bien. En todo caso, es interpelante y actual. Nunca deja de sorprendernos. Me refiero al relato evangélico de la «multiplicación de los panes», tal como la narra el evangelista Marcos en su capítulo 6.

Quiero detenerme en algunos detalles, concretamente siete, que estimulan nuestro compromiso cristiano en la lucha contra el hambre y a favor de la justicia social. «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37). Recordemos el contexto: Jesús y sus discípulos han salido «para descansar un poco» (Mc 6, 31), pero la gente los reconoce y va tras ellos. Jesús enseña con calma a la multitud, hasta que se hace ya tarde. Los discípulos, entonces, proponen algo razonable: que cada cual marche a los poblados y aldeas para comprar algo de comer (Mc 6, 36). Pero Jesús ha visto las necesidades de la gente hasta el punto de que «se le removieron las entrañas» (Mc 6, 34) y, por eso, se opone a la propuesta, individualista y descomprometida. Frente a ello, lanza un reto directo, que desconcierta a los discípulos: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37). Ellos intentan defenderse como pueden, haciendo ver la desmesura del reto planteado: alimentar a esa muchedumbre costaría unos doscientos denarios. Es muchísimo más dinero de lo que ellos tienen.

 

Cuando pensamos en el hambre que hay en el mundo, también nos sentimos desbordados: pero, ¿reaccionamos desde el cálculo frío o desde la compasión implicada? «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver» (Mc 6, 38). Jesús no se conforma con una respuesta estadística y «pre-concebida», sino que lanza un reto de manera muy concreta: mirad a ver qué recursos tenemos, qué puede aportar cada uno, qué iniciativas se les ocurren, qué propuestas surgen. Preguntad, buscad, indagad. No os conforméis con lo ya sabido; poned en marcha la creatividad, no os dejéis llevar por el derrotismo, movilizad vuestros recursos de todo tipo —los económicos también, pero no sólo ellos—. Es una pregunta y una invitación que también nos lanza Jesús a nosotros, sus seguidores en este siglo XXI. «Cinco panes y dos peces» (Mc 6, 38). La verdad es que no parece mucho, pero algo es algo. Dos cosas quiero destacar a propósito de este detalle.

Primero, que los discípulos no responden de inmediato, sino «cuando lo averiguaron» (Mc 6, 38); es decir, que investigaron, cuestionaron, elaboraron... no dieron la réplica ya sabida. Ofrecieron una respuesta realista y no pesimista; no se dejaron llevar por la impotencia. Segundo, no solo encontraron cinco panes (que es lo que Jesús había preguntado) sino también «dos peces»; es decir, en esta respuesta aparece la innovación, el ejercicio de la fantasía, porque al involucrarse en el problema, surgen recursos que parecían olvidados o minusvalorados. ¿Cuáles son los «cinco panes» que puedo aportar para combatir el hambre en el mundo? ¿Y qué «dos peces» descubro como una aportación novedosa que podemos realizar hoy? «Mandó que se sentaran por grupos» (Mc 6, 39). Con este material de partida, que parece insignificante o, cuando menos, insuficiente, Jesús se pone en marcha. Mejor dicho, pone en marcha a la comunidad. Frente al intento individualista inicial («que cada uno se las arregle como pueda»), Jesús organiza a la multitud en grupos, sentándolos sobre la hierba verde. Hay grupos diferenciados, «de cien y de cincuenta» (Mc 6, 40), pero todos están sentados: no queda nadie fuera, nadie es excluido del conjunto. Este detalle de sentar a la gente en grupos habla de la importancia de la organización. Sin lugar a dudas, para resolver el hambre en el mundo debemos contar con diversas estructuras, que deben ser lo más eficientes posible. Hacen falta entidades sociales, organizaciones no gubernamentales, empresas privadas, gobiernos, organismos internacionales, universidades y centros de investigación aplicada, comunidades eclesiales.

Se trata de conjugar el verbo «cooperar». Es preciso unir manos y corazones, sumar ideas y proyectos para acabar con el hambre, la pobreza y la injusticia. No basta la buena voluntad; es imprescindible la organización: decisiones, políticas, legislación, presupuestos, equipos, coordinación. «Levantó los ojos al cielo» (Mc 6, 41). La acción de Jesús brota continuamente de su Padre, el Abbá, que siempre ha deseado que todos los bienes lleguen a la entera humanidad. «El Hijo no puede hacer nada por su cuenta; él hace únicamente lo que ve hacer al Padre» (Jn 5, 19). Por eso, las acciones de Jesús tienen autoridad y, por eso mismo, Jesús siempre comienza su actividad desde la oración. En este caso, «levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición» (Mc 6, 41). ¿Vivimos nuestro compromiso a favor de un mundo más justo como parte de nuestra amistad con Dios, a partir de nuestra experiencia espiritual creyente? ¿Oramos por la justicia y la paz? ¿Levantamos los ojos o, por el contrario, nos hundimos en un horizontalismo autorreferente? ¿Bendecimos o caemos en una desesperación, en un incesante lamento que nos lleva a maldecir?

«Se los fue dando a los discípulos para que los distribuyeran» (Mc 6, 41). Dos lecciones, sencillas y profundas, podemos ver en este detalle. Jesús no busca el protagonismo propio; ya anteriormente había rechazado la tentación de convertir piedras en panes para su provecho personal (Mt 4, 4) y ahora, una vez más, pone el foco en los otros. En segundo lugar, Jesús implica a los discípulos en la tarea; con lenguaje de hoy, diríamos que sabe delegar y sabe crear equipos de trabajo. Desde aquí, podemos preguntarnos: en nuestra acción solidaria, ¿buscamos protagonismos personales o institucionales? ¿Sabemos involucrar a los diversos actores, distribuyendo tareas del modo más adecuado? «Comieron unos cinco mil hombres» (Mc 6, 44).

No, Jesús no resolvió el hambre de todo el mundo a lo largo de la historia, como si tuviese una varita mágica. Sin embargo, facilitó que comieran cinco mil hombres. Es una aportación muy relevante, pero no es todo. Tampoco nosotros estamos llamados a resolver todo, como si nos creyésemos los salvadores del mundo. Ahora bien, podemos comenzar calentando motores. Un ejemplo concreto: decidamos colaborar, en el próximo mes de febrero, con la campaña de Manos Unidas contra el hambre el mundo. Comprometámonos generosamente con esta iniciativa. Puede ser la primera de otras muchas. La hora presente requiere, y además con urgencia, acciones concretas y eficaces, con objetivos cuantificables, con procesos cualitativos, con dinámicas transformadoras, con resultados tangibles, con metas evaluables. Y, sin duda, ello contribuye a mejorar el mundo, haciéndolo más habitable, más humano, más justo, más solidario, más divino.

(Artículo publicado en la Revista Ecclesia, nº 4017)