Coronavirus y vida eterna

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Autor:Christian VIÑA, sacerdote

Dios, Nuestro Señor, nuestro Único Señor, en su admirable Providencia, nos está regalando, con esta peste, una oportunidad maravillosa de volver a Él; de encontrar en su Sagrado Corazón la cura de todos nuestros males, y alzar nuestra mirada, de una vez por todas, hacia nuestro destino final: el Cielo. Que esta plaga haya surgido, y se haya expandido, sobre todo donde reina el materialismo ateo, puro y duro, debe hacernos recordar que toda carne es como hierba y toda su gloria como flor del campo: la hierba se seca y su flor se marchita (1 Pe 1, 24).

¡Cuántas lecciones podremos sacar de este mal si, en verdad, sabemos interpretarlo como un signo de los tiempos! Precisamente, en la Oración Colecta de la Santa Misa de hoy, le pedimos al Señor: Conserva siempre a tu familia en la práctica de las buenas obras, y confórtala de tal modo en sus necesidades temporales que pueda llegar felizmente a los bienes del cielo. Lo que siempre ha enseñado y vivido la Iglesia: caridad concreta, y consuelo y aliento en las adversidades siempre pasajeras. Por eso, conviene repetir con el salmista: Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida de mis días para que comprenda lo frágil que soy: no me diste más que un palmo de vida, y mi existencia es como nada ante ti (Sal 39, 5-6).

Esta posmodernidad, que se jacta de llamarse poscristiana; y que desprecia y persigue toda referencia a Dios y, claro está, al yugo suave y la carga liviana (Mt 11, 30) de nuestro Salvador, de pronto se enteró que un agente microscópico puede derrumbar su prometeica utopía de redención inmanente. Y que la vana pretensión de un mundo sin fronteras, con un globalismo manejado por las logias secretas y la usura internacional, se hizo trizas ante el cierre de fronteras, las cuarentenas y el aislamiento forzado. Experimentar, en carne propia, la fragilidad humana, sí o sí nos recuerda que solo estragos podemos esperar en nuestro empecinamiento de jugar a ser como dioses (Gén 3, 5). Y que no somos los dueños, sino hijos del Dueño.

¿A qué nos llevó desterrar la Biblia de nuestras vidas, de nuestras instituciones, y de nuestros gobiernos? A despreciar las palabras de espíritu y vida (Jn 6, 63), y pretender encontrar falsamente la solución a todo en libros de autoayuda; sin recordar que nuestro auxilio nos viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra (Sal 121, 1).

¿A qué nos llevó apartarnos de la recta interpretación de la Palabra de Dios, confiada por el Espíritu Santo a la Iglesia? A pretender manipular la Escritura, con nuestras propias reglas; y dejarle al Señor tan solo el puesto de notario, para que las refrendara sin chistar.

¿A qué nos llevó creernos que la historia empezaba con nosotros mismos; y despreciar la sabiduría, la experiencia y la maternidad de dos mil años de Iglesia? A vernos en la intemperie, sin raíces, sin referencia, sin vínculos sólidos, y rehenes de las más variadas esclavitudes.

Virus viene del latín, virus, y este del griego, ιό, y significa toxina o veneno; que solo puede multiplicarse dentro de las células de otros organismos. O sea, crece y se desarrolla de prestado; como solemos hacer nosotros mismos, cuando invadimos ámbitos ajenos, y procuramos gozar solo de beneficios, sin esfuerzo ni sacrificio propio. Hace unas horas se cumplieron 40 años de nuestro ingreso al Servicio Militar, en Argentina. Y revisando, con ex compañeros, fotografías y documentos de entonces, nos encontramos con la cédula de convocatoria que decía, textualmente: Para poder gozar de los derechos que la Ley le otorga es necesario que sepa cumplir las obligaciones que ella le impone. ¡Qué distante de este hombre posmoderno; que solo habla y exige sus derechos pero jamás se hace cargo de sus obligaciones!

Me contaba un querido colega periodista español que, por la embestida del microscópico agente infeccioso, hasta las conversaciones cotidianas en su trabajo se volvieron, por decirlo de algún modo, más espirituales. Y no puede ser de otra manera: ni el social – comunismo, ni el laicismo, ni el secularismo podrán calmar jamás las ansias profundas de felicidad; o sea, de eternidad junto a Dios, que están inscritas en el corazón humano. Muy por el contrario: a fuerza de querer encontrar respuestas definitivas, donde solo hay realidades transitorias, solo se tropieza con más y más frustración e impotencia.

Esta peste pasará, como pasaron todas las pestes que conoció la humanidad. Pero las palabras de Jesús no pasarán (Mt 24, 35). Por eso nos conviene entender, de una buena vez, que en Él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 28). Y que solo Él tiene palabras de vida eterna (Jn 6, 68).

¿Qué hacer, entonces, frente a la emergencia? Lo que la Iglesia hizo siempre ante parecidas e, incluso, más crueles calamidades: templos bien abiertos, sacramentos bien accesibles, y caridad exquisita con los enfermos. Más que nunca, como lo repite el Papa Francisco, la Iglesia debe convertirse en un hospital de campaña; con el ejemplo de su Divino Fundador, que no vino a ser servido sino a servir (Mt 20, 28). Y el testimonio de santos como San Luis Gonzaga y San Damián de Molokai; que contrajeron los males que los llevaron a la Gloria, a través de los enfermos que atendían.

Es, también, esta peste, una maravillosa oportunidad para volver a predicar, con parresía, sobre los novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria. Y recordar que Jesús nos enseña: No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena (Mt 10, 28). O sea, no tenerle miedo a la muerte, sino a una mala vida; a una vida de pecado, que es la muerte misma…

Increíblemente, ante la proliferación de quienes como expresión de supuesta rebeldía hacen propaganda de no bañarse, se nos recuerda que –como nos enseñaron, desde pequeños, nuestros padres- la mejor prevención es la higiene personal; especialmente, el lavado frecuente de las manos. ¡Cuánto más, obviamente, una buena confesión cuaresmal! Y, ni que hablar, la Eucaristía bien recibida; con las debidas disposiciones, y como Dios manda.

Más que nunca, entonces, hagamos realidad aquello de Iglesia en salida; como lo viene haciendo nuestra Madre, desde Pentecostés. Cuidado y prevención, por supuesto, con todos los medios a nuestro alcance. Pero que lo urgente no nos mate lo importante. ¿Servirá, por caso, en nuestra Argentina, para que gobernantes y supuestos opositores entiendan que esta, y otras plagas son prioridad de salud pública, y no el aborto?

Poco después de ordenado Sacerdote tuve dos experiencias extraordinarias de preparación para la muerte. La primera, de una viejita correntina, muy devota de la Virgen de Itatí; a quien le di la Unción de los Enfermos, en su pobrísima vivienda, rodeada de sus hijos y sus nietos, con sus rosarios en las manos. La serenidad de su rostro, por estar acariciando el de Jesús y de la Virgen, inundó la habitación de paz. Pocas horas después, ya en su féretro, lucía como mortaja el celeste manto de Nuestra Madre. El Señor, a quien amó y sirvió con devoción, le dio la gracia de la perseverancia final, y el auxilio de los Santos Sacramentos. La otra fue con un moribundo, con ardiente fe que, al contrario de la anciana, estaba rodeado de familiares hostiles a la religión y, por supuesto, a la presencia del sacerdote. Padre –me dijo- sé que tuvo que sortear varias vallas antes de entrar en esta habitación… Sé que me estoy muriendo; ¡hábleme y prepáreme para el Cielo!

En pocos días, el 18 de mayo, se cumplirán cien años del nacimiento de San Juan Pablo II Magno; quien, con sus palabras y el propio testimonio, nos enseñó cómo y por Quién vivir, y cómo y por Quién morir. Que él interceda, en esta hora, por todos los enfermos, por quienes los cuidan, y por quienes buscan los remedios eficaces. Y para que, enfermos y sanos, comprendamos, que siempre la última palabra sobre todo la tiene Dios. Y que Él, y solo Él, es nuestra salvación…