Hombres delicados

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Autor: Carlos Andrés GÓMEZ, doctor en Filosofía

De mis años escolares tengo una enorme cantidad de recuerdos, pero uno de los que más me ha marcado es el de algunos compañeros de clase en la secundaria que se distinguían por su inteligencia, sensibilidad, amabilidad, urbanidad, seriedad y delicadeza en el trato, en un contexto muy signado por la violencia y los modales bruscos y toscos tan típicos de los colegios masculinos, sobre todo, a partir del comienzo de la adolescencia, en la que, a veces, la afirmación de la masculinidad se da de un modo torpe, pues se confunde con hostilidad e insensibilidad. Aquellos compañeros que recuerdo con tantísima gratitud y aprecio fueron víctimas de un fuerte acoso por parte de algunos estudiantes que hacían burla de su carácter temperante y fino mediante hirientes comentarios acerca de su condición sexual, presuponiendo que todo hombre que no se comporta como una bestia o un macho cabrío es, necesariamente, una persona con atracción por el mismo sexo o, como se dice ideológicamente, un homosexual.

Lamenté ver que varios de estos grandes caballeros terminaron, luego, adscritos al lobby LGTBI, “saliendo del clóset”, con parejas del mismo sexo y, en algunos casos, llevando vidas signadas por dañinos excesos muy propios del estilo de vida gay y, pienso que, como bien indican los expertos en la materia (Nicolosi, Polaino, Anatrella, Cohen, entre otros), dicha confusión sobre la delicadeza de su personalidad pudo llevarlos a concluir, intuir, sentir o percibir que las sardónicas y ácidas bromas de sus pares en el periodo escolar ―y, tal vez, en épocas posteriores de su vida―, eran acertadas, es decir, que ellos, realmente, estaban en el cuerpo equivocado, que eran mujeres prisioneras en una anatomía masculina. Refiriéndose a Greg Louganis, campeón olímpico de trampolín en 1984 y 1988, los esposos Joseph Nicolosi y Linda Ames Nicolosi comentan:

“En una entrevista para la revista People, Louganis describió un recuerdo especialmente doloroso: un día, su padre le pegó con un cinturón para que practicara un salto que no quería hacer porque el agua estaba congelada. Louganis dice: ‘Me pegó en la espalda y las piernas hasta que me quemaban’. Eso no lo puedo olvidar. Me forzó a hacer cuatro o cinco vueltas y media hacia atrás. Para castigarlo, yo caía mal, tratando de hacerme daño…La mejor manera de tratar con mi padre era evitándolo’. Louganis no obtuvo el apoyo de otros niños durante su infancia; se le etiquetó como ‘negro’ por su complexión, le hacían burlas por ser un marica y debido a su tartamudeo”[1]

Como puede verse, en el caso de Louganis, hubo maltrato por parte de su padre y una hiperexigencia que le transmitió una visión negativa de la figura masculina, reforzada por el acoso escolar, lo cual ofrece dos claves muy importantes en la educación de los niños y jóvenes. La primera es que la figura paterna debe ser para ellos modelo de fuerza y ternura, de virilidad en todo el sentido de la palabra, pues esta incluye la elegancia y la temperancia en el uso de la fuerza, por ejemplo, distinguiendo el trato que debe darse a hombres y mujeres, sabiendo que estas son más frágiles y delicadas, pero siendo cariñoso, afectuoso y amoroso con todos según su identidad y rol social (por ejemplo, no se expresa igual el amor a la esposa que a un compañero de trabajo. Son formas distintas de amor caracterizadas por gestos y conductas que atienden a la naturaleza de la persona amada como cónyuge y amigo o colega).

En segundo lugar, es necesario dar importancia al hecho de que, siendo hombres o mujeres, la riqueza de la personalidad puede incluir aspectos más delicados en los primeros y aspectos más fuertes y hasta viriles en las segundas, lo cual no significa que la distinción entre los sexos sea ficticia o inventada por una cultura patriarcal, como sugieren los activistas de género. Me encanta cuando mi amigo argentino me manda una nota de voz llena de serenidad y cariño y dice “Hoooooola, Carlos” pues lo hace de tal manera que pareciese un niño que te llena el alma de paz con su mero tono, pero también me gustaba cantidad escalar con una de mis amigas que, siendo hermosa y teniendo unos rasgos muy delicados, daba muestras magníficas de fuerza física y valentía que, a veces, me hacían sentir superado y hasta avergonzado. Ella es mujer y yo soy hombre, llegamos, incluso, a compartir una relación de amistad muy íntima que se acercó al noviazgo, pero eso nunca implicó que yo no pudiera sintonizar con su feminidad valerosa ni que ella estuviera privada de hacerlo con mi masculinidad cálida y amorosa.

Sin temor alguno a ser políticamente incorrecto, concluiré diciendo que muchos de los actuales casos de “homosexualidad” no son más que confusiones inducidas que requieren más profundidad por parte de pastores de almas, teólogos, filósofos, antropólogos, psicólogos y educadores, pues la compañía de hombres delicados y matronas con liderazgo y autoridad no tiene nada qué ver con el deseo sexual ni refuta las evidencias de la biología. Tan solo, es una muestra más de la grandeza y el misterio de los seres humanos, pues ni una vida entera basta para conocer a uno solo de ellos y, por eso, el trato que debemos darnos los unos a los otros debe ser reverente, atento, respetuoso y lleno de amor, que a eso estamos llamados todos, hombres y mujeres, ya dice el texto religioso de la antigüedad que la perfección de lo humano se muestra solo en la diferencia complementaria de ambos, cuya consideración no ha terminado de hacerse y, tal vez, nunca sea concluida, si tratamos el tema con la debida delicadeza.



[1] Nicolosi, Joseph & Ames Nicolosi, Linda. Cómo prevenir la homosexualidad. Los hijos y la confusión de género. Madrid: Palabra, 2009 p. 71