Sínodo alemán. Sobre el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal y otras desgracias

Print
There are no translations available.

Autor: Pietro DE MARCO, filósofo

En las aventuras revolucionarias, las formulaciones de la cultura “crítica” ven alternarse -según los interlocutores y las situaciones- enunciados radicales con objetivos subversivos y enunciados circunscritos con objetivos reducidos, a primera vista banales. Este bilingüismo ideológico pertenece también a la opinión pública crítica católica, en cuanto se inscribe también en esa categoría de las “sociétés de pensée” ["sociedades de pensamiento"] revolucionarias analizadas por Augustin Cochin.

En Italia, las recientes medidas disciplinarias aplicadas a la comunidad de Bose y a la persona de su fundador, Enzo Bianchi, tienen que ver, de hecho, con un nudo importante de una red de “sociétés de pensée”, católicas y reformadas, en las cuales la oscilación comunicativa entre moderación y radicalismo teológico es una praxis difundida. Es difícil de decir cuánto de ello sea sincero y cuánto disimulado. Bianchi es sensible a las críticas de ortodoxia; hace años se disgustó por una observación que le hicimos Sandro Magister y yo. Pero muchos críticos, entre los cuales el difunto Antonio Livi (al cual le debemos un libro decisivo contra el colapso neomodernista del lenguaje teológico, “Vera e falsa teologia”, Roma, 2012), habían mostrado el gran vacío del planteamiento dogmático del prior de Bose, vacío invisible para la mayoría y, por tanto, hecho para ser asimilado y reproducido sin cautela.

En muchas subculturas católicas hay, por un lado, el crítico-destructor, en general un clérigo o teólogo, hombre o mujer, relativamente joven, con pocas nociones biblistas y sin formación dogmatica, es decir, un ideólogo; por el otro, una mayoría, clérigos y laicos, que usa eslóganes radicales pero que aspira a resultados más fáciles de conseguir. Muchos obispos participan de esta oscilación pragmática, más que del radicalismo de los líderes subversivos. En Alemania parecen ser la mayoría.

Ahora bien, ¿dónde se coloca el presidente de la conferencia episcopal alemana, el obispo de Limburgo, Georg Bätzing?

Llegado al cargo recientemente, Bätzing enseguida confirmó los proyectos reformistas del “Synodale Weg”, el camino sinodal en curso en Alemania. Respondiendo a la pregunta: “¿Cuál es su visión del próximo futuro de la Iglesia?”, excluyó ser “un hombre de visiones”; el mensaje esencial del sínodo a los hombres será que la vida es más fuerte que la muerte, transformando como consecuencia el significado de ser y definirse católicos, por lo que en este sentido también él puede ser incluido entre los visionarios. Las maneras expresivas parecen cautas, pero la “konkrete Vision” no lo es.

El “Synodale Weg” –dijo Bätzing – sigue pidiendo una “bendición” para los divorciados que se han vuelto a casar (materia difícil pero, tal vez, tratable caso por caso desde un punto de vista canónico, sin vaciar teológicamente el sacramento) y la intercomunión eucarística ente católicos y cristianos de otras confesiones, que también  en el pasado se concedía en Roma,  si se podía justificar y se concedía de manera excepcional. Por lo tanto, no hay nada de dramático en ello. Pero, como siempre en el “Synodale Weg”, son las motivaciones erróneas y supuestas las que son causa de asombro. “Hay ahora mucho acuerdo sobre el significado de aquello en lo que creemos y celebramos”, aseguró Bätzing. He aquí la oscilación sintomática.

En Alemania es, efectivamente, una tesis difundida el hecho de que la concepción de la Santa Cena sea ya la misma entre protestantes y católicos. Este consenso sólo puede haber madurado con la protestantización de la teología católica de los sacramentos. No tenemos noticia de que los protestantes alemanes hayan recuperado significativamente la común teología eucarística de la Iglesia universal, de la cual se excluyen. Que los cristianos, como ha dicho Bätzing, en base a este contexto objetivo puedan “decidir con buenos argumentos y según su conciencia” cuestiones como la intercomunión es un enunciado vergonzoso, mucho más condenable en boca de un obispo, que está llamado a ser maestro, no instigador de opiniones de conveniencia. Lo que está aquí en juego, en realidad, es la concepción de la práctica de la buena eucaristía, en el sentido del clásico “saber y pensar lo que se va a recibir”; y el significado católico del sacramento tiene que ser protegido celosamente también con el discernimiento de las diferencias con las demás confesiones.

Bätzing también sostiene que las decisiones del sínodo encontrarán sujetos, mejor, “alianzas”(Koalitionen) capaces de implementarlas; es un asunto que, en sí, es banal pero amenazador, porque en cambio no es banal, salvo en la mente de la conferencia episcopal alemana, el tipo de  sujetos que se ocuparían de la “implementación” de instancias que están, todas ellas, desde el punto de vista teológico, en el filo de la navaja. Igual de arrogante es, aunque no tenga futuro, la idea de exigir al papa un sínodo universal, con sede en Roma, para aplicar a toda la Iglesia el análisis ampliado de los resultados del “Synodale Weg” de Alemania. ¿No basta la congregación para la doctrina de la fe?

Y cuando después Bätzing afirma que “no se aceptan" los “argumentos que no están a favor” del sacerdocio femenino (que en realidad son enunciados de alcance doctrinal vinculante), muestra que el “Magisterio” episcopal y la cultura media teológica han formado en Alemania, no un pueblo cristiano, sino una opinión pública tan trastornada que lo que se quiere conseguir es un sinsentido: rehacer babélicamente la Iglesia. Se ha generado de hecho un secularismo católico, para después exhibir esta mentalidad reciente, y querida, como argumento contra la tradición de la “lex credendi”, del canon del creer (Glaubensregeln).

Creo que se debe invitar a los católicos alemanes, la mayoría, que están sufriendo la iniciativa de sus obispos y de supuestos representantes de la población laica como el “Zentralkomitee der deutschen Katholiken”, un verdadero grupo de poder presente en fuerzas en la asamblea, a oponerse a la incontrolada carrera del “Synodale Weg”.

Deben reaccionar como clero y como laicado allí donde vivan, parroquias, órdenes religiosas, prensa. Los intelectuales católicos deben recuperar su fuerza. Y se debe actuar también por vía canónica. La corrupción de la doctrina y una praxis de “reforma” absolutamente anormal están a la vista de todos. La catolicidad alemana no debe doblegarse, como si fuera una especie de obsequio absolutamente mal fundamentado y ciertamente no debido, ante una jerarquía que se está autofiniquitando.