Luz, sal, levadura

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

La difícil situación generada en Estados Unidos tras el presunto asesinato de George Floyd, afroamericano, a manos de un policía, con saqueos e incendios por un lado y con una respuesta poco mesurada por parte del presidente Trump por otro, ha servido para mostrar la fragilidad de nuestra sociedad, aunque no estemos en Estados Unidos. Hemos visto violencia desatada de ese tipo en muchas partes del mundo y por causas diferentes, y siempre han estado detrás grupos de agitadores de raíz anarquista, hoy ya identificados globalmente como “antifas” -abreviatura de “anti fascistas”-, que aprovechan el descontento legítimo de una parte de la población para sembrar el caos. La solución no está en criminalizar sistemáticamente a las fuerzas del orden, que muchas veces son los más perjudicados incluso desde el punto de vista físico. Hay que ir a la raíz de los problemas, bien sean éstos de racismo o de desigualdades sociales. Dejar las calles y los comercios en manos de los violentos no es una solución, pensar que todo se resuelve con la fuerza, tampoco lo es.

Pero si la deriva hacia una creciente agresividad en sociedades tan estables como la norteamericana o la francesa, resulta muy llamativa, hay otras señales de alarma que, por ser silenciosas, pasan más desapercibidas. Por ejemplo, la disminución constante de la tasa de natalidad. Tomando como ejemplo a España, esta semana se ha sabido que en 2019 nacieron un 3,5% menos de niños que el año anterior; ni siquiera con la aportación de los emigrantes, cuya natalidad representa el 25% del total, cuando son un 10% de la población, se ha logrado frenar la caída, que se sitúa ya en el nivel más bajo desde que hay registros. También se ha sabido esta semana que, en España, siguen a la baja los matrimonios y, sobre todo, los que se celebran en la Iglesia; estos son ya sólo el 20% del total, lo que significa que de cada diez parejas que se casan, sólo dos lo hacen por la Iglesia. Es verdad que dentro de esos matrimonios civiles hay que incluir a los divorciados, pero aún así el bajísimo porcentaje de bodas religiosas es ya un test de lo poco que significa la fe para los jóvenes españoles.

 

Racismo y desigualdad, que generan violencia; inestabilidad por el rechazo a comprometerse con un vínculo legal como es el matrimonio; disminución del número de hijos muy por debajo de la tasa de reposición, con un aumento creciente del número de abortos; éstas son algunas de las características de la sociedad en que vivimos. Pero si esos son los frutos, debemos intentar ver cuáles son las raíces. La injusticia, el racismo, la violencia o la falta de compromiso son consecuencia del egoísmo de unos o de otros. Es decir, son pecados que, como una bola de nieve que genera un alud, producen más pecados. ¿Qué tiene que hacer la Iglesia? Por un lado, no cabe duda, tiene que intentar paliar con sus cada vez menores recursos las consecuencias inmediatas del mal -por ejemplo, dando de comer al hambriento-, pero, sobre todo, su gran aportación debería ser la lucha contra el pecado, la evangelización. No importa tanto que seamos cada vez menos -como muestra la gran crisis de los matrimonios religiosos-, como el hecho de que no seamos lo que debemos ser. Cristo nos ve como la luz que brilla en la oscuridad, la sal de la tierra y la levadura en la masa; una levadura de la que basta una pizca para que todo fermente. Una Iglesia sólo social no interesa a nadie, ni siquiera a los que reciben directamente su ayuda. Si no ofrecemos junto al pan de trigo el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía, seremos como esa sal que ya no sirve para otra cosa más que para que la arrojen a la calle y la pisen los hombres. Cediendo al mundo, recibiremos el desprecio del mundo. Cristo lo dijo y no puede ni debe ser de otra manera.