Año del Agradecimiento

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Dicen que en las grandes crisis sale de dentro lo mejor y también lo peor que hay en el hombre. En esta terrible pandemia se ha comprobado una vez más esa afirmación. El heroísmo de los que han luchado contra el virus y sus consecuencias, sobre todo en los hospitales, pero también en los comercios y en todos aquellos servicios que no han dejado de prestarse, forman parte de lo mejor. El egoísmo de los que no han mostrado ningún tipo de solidaridad con las víctimas y que han llegado incluso a maltratar e médicos, enfermeras o cajeras de supermercados como si, por hacer su trabajo, fueran portadores de la epidemia, forma parte de lo peor.

Desde el punto de vista religioso ha sucedido igual. Los ejemplos de generosidad han abundado, tanto entre los que han puesto al servicio de los demás su dinero o su tiempo, como entre los sacerdotes que no han dejado de atender a sus feligreses a veces a escondidas y con riesgos. Pero también ha habido muchos que se han cerrado en sí mismos y que no han aprovechado este tiempo de encierro forzoso para acercarse más a Dios. Mientras que unos pocos daban gracias por lo que tenían y se apoyaban en Cristo para hacer frente a los problemas que generaba la epidemia, otros sólo han sabido quejarse contra Dios por las contrariedades que sufrían o se ha dirigido al Señor sólo para pedir y nunca para dar gracias, porque pensaban que no tenían nada que agradecer.

Este es precisamente el problema fundamental, que viene de muy lejos pero que en situaciones extraordinarias como la que vivimos, se pone abiertamente de manifiesto. Que uno que no tiene fe no le dé gracias a Dios, es lo normal; ¿cómo va a agradecer a alguien en quien no cree? Pero que un católico no sea capaz de acercarse al Señor para darle gracias, aun en medio de las dificultades, y para ofrecerse a Él para poder ayudar a otros, es una prueba de la inmadurez de su fe. A muchos, quizá a la mayoría, los problemas les han encerrado más en sí mismos y es hora de revertir esa situación. Es imprescindible y urgente tener con Dios y con el prójimo una relación que no sea egoísta, que no esté basada en la búsqueda del propio interés. Y eso por los efectos que tendría sobre la caridad, pero también por el bien espiritual y psicológico de la propia persona. El que no sabe agradecer se amarga y amarga la vida a los que le rodean. Sólo sabe quejarse y pedir. Todo es poco para él y por mucho que le dieran seguiría pareciéndole insuficiente. Hay que revertir esta situación y hay que hacerlo cuanto antes.

Por eso quiero proponer la celebración de un Año del Agradecimiento. Cada semana, fijarnos en un motivo para dar gracias y en un propósito a practicar. Invito a todos a secundarme en esta misión que considero imprescindible. Necesitamos curarnos del egoísmo y de sus consecuencias. Sólo el amor, sólo el agradecimiento, nos puede curar. El agradecimiento es la memoria del corazón, pero de aquellos que tienen un auténtico corazón de carne y no uno de piedra. Por muchos problemas que tengas, aprende a agradecer. Ni las quejas ni el egoísmo van a solucionar tus problemas. El agradecimiento te ayudará a ver todo lo bueno que tienes o que aún tienes, a disfrutar de ello y a conservarlo. Aprender a agradecer es aprender a vivir.