La Iglesia alemana, entre "reclamo nacional" y primado romano

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Autor: Roberto PERTICI, historiador

Los artículos de Sandro Magister y Pietro De Marco sobre el “Synodale Weg” que se está celebrando en Alemania y la posible deriva cismática de la Iglesia alemana tienen un gran interés para quienes intentan comprender la relación entre la Iglesia católica y la sociedad contemporánea.

Y sin embargo el historiador, incluso el profano de la complicadísima historia religiosa de Alemania, tiene la impresión de un “déjà-vu”. Aunque sea con contenidos parcialmente nuevos, impuestos por el desarrollo sociocultural de los últimos cincuenta años, nos encontramos ante el enésimo intento de formar una especie de Iglesia nacional por parte de ciertas figuras y ciertos ambientes –hoy, parece, mayoritarios– del catolicismo alemán, con objeto de recomponer a medio-largo plazo la unidad religiosa de Alemania y de recomponerla con una sustancial protestantización de su teología, liturgia y organización interna.

 

Si no tenemos presente esta aspiración –otro diría esta tentación
– nacional, corremos el riesgo de reducir todo a una deriva teológica, a una lucha entre ortodoxia y heterodoxia, a un conflicto intraeclesial: todo esto es verdad, pero tal vez no suficiente para explicar perfectamente el fenómeno que tenemos delante.

El catolicismo alemán ha oscilado con frecuencia entre este “reclamo nacional” (prácticamente una atracción, quizá no confesada, hacia el protestantismo, con el que –no debemos olvidarlo– vive en simbiosis) y el reconocimiento del primado romano: oscilación aún más dolorosa y dramática provocada por el hecho de que, de Lutero y Ulrich von Hutten en adelante, la identidad germánica se ha formado precisamente en contraposición con la “Babilonia” romana. ¿Se puede ser a la vez “buenos alemanes” y católicos, es decir, obedientes a un poder lejano y odiado por tantos compatriotas? Esta pregunta ha serpenteado a lo largo de los siglos de la historia alemana, hasta el Kulturkampf de Bismarck y la política religiosa del Tercer Reich.

Durante los primeros años del siglo XIX, la figura más eminente de dicho “reclamo nacional” y de la propuesta teológico-educativa que lo sustenta fue Heinrich Ignaz von Wessenberg (1774-1860), vicario general y administrador obispal de la diócesis de Constanza, que propuso y defendió su programa para una Iglesia nacional alemana nada más ni nada menos que en el Congreso de Viena. Llevaba consigo las típicas tesis anti-romanas de la tradición “febroniana” (reducción de las prerrogativas papales a un simple primado de honor y no de jurisdicción; mayor importancia del cuerpo episcopal; supremacía del concilio sobre el papa; el derecho de las prerrogativas estatales contra las injerencias de la sede papal) y la polémica de la ilustración católica contra la manía de las peregrinaciones, el culto de las reliquias, el autoritarismo de las instituciones eclesiásticas.

Franz Schnabel, el gran historiador de la Alemania decimonónica, sintetiza así las ideas religiosas de Wessenberg: sustitución de la ciencia escolástica por la racionalista; institución de parlamentos eclesiásticos en la diócesis; formación del clero según la ciencia más moderna; puesta en discusión del celibato eclesiástico; reforma de la vida litúrgica, haciendo que la predicación sea “la parte más importante de la cura de almas”; introducción de la misa en alemán y germanización del breviario, el canto y el libro de devoción; hostilidad hacia las peregrinaciones y órdenes mendicantes; reforma de la arquitectura eclesiástica según el uso protestante o puritano, austera y lo más gris posible (en el altar mayor solo se admitía a Cristo, se evitaban las imágenes de santos, a excepción de los patronos de las iglesias, pero que debían colocarse solo en los altares laterales “mientras estos existieran”). Una ordenanza suya sobre los matrimonios permitía la bendición de los matrimonios interconfesionales, a condición de que los hijos varones siguieran la confesión del padre y las hijas la de la madre.

Sin ánimo de crear cortocircuitos históricos, ¿no se advierte un cierto aire familiar respecto a las tesis del actual “Synodale Weg”?

Otro clamoroso ejemplo del “reclamo nacional” fue el cisma del sacerdote silesiano Joahannes Ronge a mitad de los años cuarenta del siglo XIX, tres décadas después del Congreso de Viena, décadas en las que la conciencia nacional alemana se había desarrollado y sobreexcitado enormemente, mientras que el ultramontanismo había dominado la política papal.

También Ronge había heredado la tradición “febroniana”, aún viva en Silesia. En octubre de 1844, escribió una carta abierta al obispo de Tréveris, Arnoldi, para denunciar la exposición decidida por este de una famosa reliquia, la “Túnica de Cristo”, a la que habían acudido medio millón de peregrinos. Ronge acusaba a Arnoldi de manipular conscientemente al ingenuo fiel católico con una “puesta en escena no cristiana”, destinada a llenar las arcas eclesiásticas y promover la “esclavitud material y espiritual de Alemania” a Roma. El cura silesiano se dirigía a dos públicos diferentes, proporcionando a cada uno un objetivo específico: invitaba a los racionalistas presentes en el clero católico a oponerse al conformismo teológico, y a los “compatriotas alemanes, tanto católicos como protestantes” a superar la separación confesional de Alemania. Después de la excomunión, en diciembre de 1844, anunció la fundación de una “Iglesia general alemana” separada (véase a este respecto: Todd H. Weir, “Secularism and Religion in Nineteenth-Century Germany: The Rise of the Fourth Confession”, Cambridge University Press, 2014).

Como muchos seguidores de Wessenberg después de 1830, también Ronge fue radicalizando sus posturas políticas y religiosas: participó en los hechos del parlamento de Frankfurt en 1848-49, luego se exilió a Gran Bretaña, donde se convirtió en un exponente del “secularismo” y el librepensamiento.

Otro cisma de profesores e intelectuales –aunque no faltó el apoyo de un ilustre prelado e historiador como Ignaz von Döllinger– fue también el de los Altkatholiken, los veterocatólicos, en 1871, en oposición a la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia votado por el Concilio Vaticano I el 18 de julio de 1870. Según uno de sus líderes, el gran canonista Johann Friedrich von Schulte, ese dogma cambiaba la naturaleza de la Iglesia y su constitución apostólica y suponía una amenaza para los Estados, porque daría a la Santa Sede enormes posibilidades de intervención en su vida interna, pues exigía la ciega obediencia de episcopado, clero y fieles. Este peligro se perfilaba especialmente para el nuevo Imperio germánico, fundado el 18 de enero de 1871, en el que había una importante presencia católica, con mucha influencia sobre todo en algunos Estados, y un nuevo partido católico, el Zentrum, que amenazaba con convertirse en la “longa manus” del Vaticano en la política alemana.

Así pues, las preocupaciones dogmáticas y religiosas y las preocupaciones nacionales y anti-romanas convivían en Schulte y en los Altkatholiken, con la falsa ilusión de encontrar un apoyo en el episcopado alemán que, en cambio –excepto muy raras excepciones–, se alineó con la mayoría defensora de la infalibilidad. Entonces los Altkatholiken buscaron un interlocutor en los vértices del nuevo Reich, en particular en el príncipe de Bismarck, y es sabido que esta alianza fue luego una de las bases del sucesivo Kulturkampf.

Estos tres intentos encontraron la firme condena de la Santa Sede, con procesos canónicos y excomuniones, y tuvieron un escaso seguimiento en el clero y el laicado, aunque la secta de Ronge, la de los Deutschkatholiken, sobrevivió varios decenios y la Iglesia veterocatólica todavía existe hoy. Repito: sin exagerar con los paralelismos históricos, parece que el “camino sinodal” emprendido actualmente (que sin duda habría sorprendido por su radicalismo a Wessenberg y puede que también al primer Ronge y a Döllinger) ha conquistado a la jerarquía de Alemania casi en su totalidad.

Creo que la filosofía de fondo del actual “Synodale Weg” fue señalada hace años por un eminente hombre de Iglesia alemán como el cardenal Walter Kasper. Ya he tenido ocasión de hablar a los lectores de Settimo Cielo de una conferencia suya sobre Lutero pronunciada el 18 de enero de 2016 (W. Kasper, “Martin Lutero. Una prospettiva ecumenica”, Brescia, Queriniana, 2016) y la propuesta que contenía de una “desconfesionalización” tanto de las confesiones protestantes como de la Iglesia católica: una especie de regreso al “status quo ante” el estallido de los conflictos religiosos del siglo XVI. Como ya se había llevado a cabo una amplia “desconfesionalización” en campo luterano, entonces le tocaría al mundo católico proceder con mayor valentía en esta dirección: Kasper habla de un “redescubrimiento de la catolicidad originaria, no restringida a un punto de vista confesional”. Está claro que las propuestas de Kasper están dirigidas a la Iglesia universal, pero aun así son evidentes sus raíces alemanas.

El “camino sinodal” que la jerarquía católica alemana se propone está precisamente hecho en vista de esta “desconfesionalización” y, por tanto, también de un encuentro con los demás componentes del cristianismo germánico. Sin duda tiene detrás el proceso teológico nítidamente indicado por Pietro De Marco, pero más bien parece un clásico proceso histórico “por agotamiento”. La impresión es que las razones y los motivos clásicos de la teología y la eclesiología católica a los que De Marco hace referencia ya no interesan verdaderamente a nadie en la mayoría de la jerarquía y el mundo católico alemán, que ahora tiene una orientación más “política” –como advierte también De Marco– que “teológica” de los problemas fundamentales, en línea, por otro lado, con la cada vez mayor centralidad de la política en el discurso católico. Si el “camino sinodal” sigue adelante y se lleva a cabo, ¿qué habrá que hacer verdaderamente para recomponer la unidad religiosa de Alemania, por lo menos en la vida de los fieles que quedan?

¿Y Roma? “L’intendance suivra!” [“La intendencia nos seguirá”, frase atribuida a Charles De Gaulle, ndt]. Tengo la impresión que esto es lo que piensan los obispos alemanes: que también Roma, con todo su bagaje, antes o después los seguirá.