Agustino de clausura

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Autor: Manuel MORALES, sacerdote agustino

Es un “empleo” que tuve en alguna rara ocasión, obligado por uno de mis posoperatorios, pero entonces con dolores, sacrificado, y no de muy buena gana. Esta vez, en cambio, me ha llegado “el oficio” (así llamamos los frailes el destino que nos da el superior) indoloro, fecundo, luminoso, providencial.

Este tremendo bicho que se ha llevado la vida de tantos, no ha cesado de contagiar a muchos y ha metido a todos en casa, a mí, con lo de la “edad de riesgo”, me ha ofrecido la clausura. Soy, desde primeros de marzo, un “agustino de clausura”. La habitación es mi “celda”; la azotea, mi calle para pasear y tomar el sol; el oratorio, mi iglesia (¡qué bien se está!); el refectorio, el tiempo de la fraternidad. Porque los otros dos agustinos siguen siendo “de vida activa”, un poco menos, pero activa.

Y la cosa va en serio. Ahora valoro como nunca a las hermanas y hermanos, sobre todo hermanas, que viven en clausura. Horas de silencio. Horas largas de contemplación. Horas para descubrir ese tesoro que enamoró a San Agustín, la interioridad. Comprendo a este grande cuando escribió: “¿qué es mi corazón sino un corazón humano?”. Es que está todo ahí, en el corazón. Y están ahí todos los demás, presentes como nunca. Tengo dentro de mí eso que llaman “microcosmos”. Experimento que mi horizonte, al renunciar a los tratos inmediatos, en vez de acortarse, se alarga y, desde aquí, “se trata” profundamente con la humanidad entera; se piensa en el mundo, en sus problemas y sus miserias. Solo un mínimo de noticias para saber lo que pasa, pero sin entrar en enredos, ni polémicas, ni discusiones estériles. Los salmos se rezan de otra manera. Está llenos de luz. Habla Dios con una fuerza y una penetración de los problemas humanos que sobrecoge. ¡Dios, Dios, Dios! Nadie nos entiende como Él.

Solo tres pensamentos de los últimos días.

1.- Creer en el amor de los demás. ¿El amor de los demás? Pienso lógicamente en el lío que se traen los políticos, sobre todo quienes ni de lejos piensan del amor lo que yo pienso. Le pido luz al Espíritu Santo, que en esta clausura “habla por los codos”, y mira lo que me dice: Si salimos todos de las manos del Creador ¿puedo yo dudar que esté sembrada en los corazones de los demás, como en el mío, su Bondad? Llegará el día de la cosecha. Ahora toca "cuidar el trigo y no perder la paz por la cizaña".

 

2.- Salir de nosotros mismos para encontrarnos con hermanos. ¿Con hermanos? ¿No es ingenuo seguir pensando eso tan “bonito” de la fraternidad universal? ¿Yo, hermano de quiénes? Y me veo, y nos veo, atrapados en la visión miope de nuestras pobrísimas relaciones. ¿Me desprenderé yo de esa trampa? ¿Qué dice Dios? Y responde: ¡Cuánto "cordón umbilical" tendrás aún que "perder para ganar" la libertad de los hijos de Dios, y ver hermanos donde el "yo" dichoso se empeña en ver enemigos! Dos alas para volar, amor a Dios y amor al prójimo. Lo demás es todo relativo.

 

3.- Descubrir detrás de cada circunstancia la mirada de Dios. Esto de la mirada de Dios me conmueve profundamente. Soy yo, pero somos todos. Dios nos mira a todos. ¡Ojalá no olvidara yo nunca esa mirada! Infelizmente puedo desinteresarme, incluso "jugar" a esconderme. Es inútil. Dios habita con nosotros, y espera pacientemente cruzar su mirada con la mía. ¿Hay mayor fuerza y mayor dignidad?