El culto litúrgico a los beatos y santos en la Iglesia

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Autor: José Antonio DA CONCEICAO, sacerdote

La Biblia nos revela desde el Antiguo Testamento la voluntad amorosa de Dios de comunicar su santidad al pueblo: “…serán para mí… una nación santa” (Éxodo 19,6). El cumplimiento en plenitud de este pacto de amor entre Dios y su pueblo se verifica en su Hijo Jesús, de quien Gabriel, Arcángel de Dios afirma: “Por eso el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios” (Lucas 1,36); lo mismo expresan los espíritus inmundos que reconocen en Él al Santo de Dios (Cf. Marcos 1,24; Lucas 4,34). La comunión cercana y directa con sus discípulos los pone a ellos, de manera especial, en grado de confesar su fe en Él: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan 6,69).

Por ello san Pablo no duda en llamar santos a todos los que han dado su adhesión a Cristo y se han incorporado, por el bautismo, en el Pueblo Santo de Dios (Cf. Romanos 1,7; Filipenses 4,21; Colosenses 3,12); con una pertenencia en plenitud por medio del martirio. San Pedro nos recuerda la santidad de Jesucristo y nos invita a participar de la misma: “… sean santos en todo su comportamiento, como es santo el que los ha llamado.” (1 Pedro 1,15).

Pasada la era de las persecuciones, se extendió a otros fieles de Cristo en quienes había resplandecido más la imagen de su Señor, el título de santo. Se conmemoró el aniversario de su entrada en el cielo, se invocó su intercesión, se los propuso como ejemplo a la comunidad. Así fue como nació y se desarrolló el culto de los santos. Popular en sus orígenes y manifestaciones, no recibió una expresión litúrgica para cada uno de aquellos a quienes se dirigía hasta haber sido ratificado por la Iglesia.

2.- Desarrollo histórico

Ya el Antiguo Testamento nos testimonia el piadoso recuerdo de los patriarcas y de los padres en la fe, en los que se unía la memoria de las maravillas de Dios y la convicción de que estas personas intercedían por el pueblo de Dios. Se les recordaba e invocaba como protectores y se pedía su intercesión. Un ejemplo lo tenemos en la oración de Azarías en el horno, cuando en ella se menciona a Abraham, Isaac y Jacob (Daniel 3, 34-35). En lo que toca a la alabanza del Señor el libro del Apocalipsis nos presenta el testimonio de la asamblea escatológica (Apocalipsis 5, 9-10). Esta conciencia de una comunión con todos los santos, engarzada en el encuentro con el único Mediador que preside “la asamblea de los primogénitos que están inscritos en el cielo,… que viviendo rectamente han logrado la perfección” (Hebreos 12,23), va a dar lugar, paulatinamente, a la veneración explícita de los santos en la liturgia cristiana.

2.1.- La veneración de los difuntos

Es la que ofrece la base para dar el paso, muy pronto, al culto a los mártires. La veneración de los difuntos se remonta a la prehistoria y se expresa de diferentes maneras según las regiones.

En Israel el cuerpo se enterraba en tierra o dentro de una roca. En Roma generalmente los cuerpos eran incinerados, eventualmente enterrados.

Los primeros cristianos asumieron la forma de enterrar a sus muertos, esto sobre todo se notó mucho en los seguidores de Jesús que no provenían del judaísmo, pues dejaron la cremación para inhumar a sus difuntos. Entre los greco latinos se acostumbraba hacer una reunión familiar en la tumba del difunto, donde se ofrecían libaciones y alimentos, y se realizaba un banquete fúnebre anualmente, el día en que había nacido el difunto.

Los primeros cristianos continuaron participando de esas costumbres familiares, pero evitando todo aquello que fuera incompatible con la fe en la resurrección y en la vida eterna en Cristo. Se enterrará a los muertos, pues como enseñaba san Pablo: “Se siembra algo corruptible, resucita incorruptible; se siembra algo despreciable, resucita glorioso…” (1 Corintios 15,42ss); y los banquetes fúnebres y las libaciones, los primeros cristianos las sustituyen por la celebración eucarística en los cementerios. Los cantos de esperanza con himnos y los salmos comenzarán a sustituir los lamentos.

2.2.- El culto a los mártires

El mártir por excelencia, “el testigo fiel” (Apocalipsis 1,5) es Jesucristo. Pero, por la incorporación bautismal en Cristo, mártir es el cristiano que confiesa su fe en Jesús hasta la muerte, dando testimonio de su señorío. El mártir se inserta plenamente con Jesucristo muerto y resucitado. Por eso la comunidad de los creyentes recuerda al mártir con un homenaje especial.

Los rasgos que caracterizan el culto de los mártires son parecidos a los que conforman el homenaje a los difuntos. Junto a la tumba del mártir, la reunión de los fieles sustituye al círculo de los parientes; no se celebra la fecha del nacimiento sino de la muerte padecida por Cristo, pero se mira la muerte como la llegada a la plenitud de la vida, verdadero natalicio, entrada en la ciudad santa de Jerusalén. Muy pronto la comunidad de los creyentes comienza a ver al mártir como intercesor; la costumbre de rezar a los mártires data desde la segunda mitad del siglo III (alrededor del año 260).

Las iglesias van compilando datos de la celebración de aniversario de los mártires; se van conformando listas con fechas, que constituyen los primeros pasos en la conformación paulatina de los calendarios cristianos.

Tertuliano testifica que en los funerales de los mártires se entonaban cánticos.

El obispo san Policarpo, fallecido aproximadamente en el año 155, podría haber sido el primer mártir al que su comunidad tributó veneración cultual.

La comunidad celebrante sabe que hacer memoria del mártir, es insertar su testimonio dentro del misterio de Cristo, el primer mártir, cuya pasión, muerte y resurrección están presentes en el sacramento eucarístico.

2.3.- El culto a los santos no mártires

A mediados del siglo III y en el transcurso del siglo IV, se presentan los primeros casos en que, aquellos que sufrieron en medio de las persecuciones, aunque no derramaran su sangre en el martirio, también son objeto de veneración por parte de las comunidades cristianas. La veneración y el culto a estos hombres fue equiparada por las comunidades cristianas con la veneración y el culto a los mártires. Para justificar este paso, Cipriano y Tertuliano acuden al ejemplo de los tres jóvenes del horno de Babilonia (Cf. Daniel 3,24-45).

2.4.- Obispos

Consecuentemente, se comenzó con la memoria de los obispos que habían dejado un recuerdo particularmente significativo. Las Iglesias locales se esforzarán por mantener actualizada la lista de sus obispos. El cronógrafo romano del año 354 presenta ya, junto con la Depositio Martyrum, la Depositio episcoporum. El papa Lucio (año 254) encabeza la lista de los papas no mártires. San Martín de Tours es el primer confesor no mártir a ser venerado con culto litúrgico.

Las comunidades cristianas, recordando a quienes les señalaron el camino de su fe, pasan de un primer momento en que ruegan por ellos, a otro en el que acuden a ellos con la oración.

2.5.- Ascetas, vírgenes y viudas

Finalizada la época de los primeros martirios en la Iglesia, el testimonio de la fe comienza a vislumbrarse en la vida ascética, en la virginidad y en la viudez, como nuevas formas de vivir la entrega radical al seguimiento de Cristo.

Efectivamente, los discípulos de los grandes ascetas empezaron a darles culto después de su muerte.

También las mujeres que consagraron su virginidad a Cristo son equiparadas a los mártires. Pero el culto litúrgico se reservó en principio a las santas mártires, como las esposas Perpetua y Felicidad (Cartago), Felicidad (Roma), la virgen romana Inés, Águeda de Catania y Lucía de Siracusa, incluidas hasta hoy en el Canon Romano o Plegaria Eucarística I.

2.6.- Factores del desarrollo del culto a los santos

Si bien durante los primeros siglos, el culto a los santos se realizaba junto a sus sepulcros, se puede constatar que, ya a partir del siglo IV, en Roma se festejaba el natalicio de los mártires africanos Cipriano, Perpetua y Felicidad. Hacia el siglo VI, la irradiación del culto más allá de las tumbas fue más notoria. Además de la basílica donde está sepultado el santo, numerosos santuarios comenzaron a celebrar su fiesta, en la espera de que su nombre fuera incluido en el calendario de otras iglesias. En este desarrollo influyeron los siguientes factores:

A.- La fama del santo

El factor determinante de la extensión del culto de un determinado santo fue su fama. Así, ya a mediados del siglo IV se ha extendido el culto a los apóstoles Pedro y Pablo, y hacia fines del mismo siglo se conocen las celebraciones de las fiestas de san Juan Bautista, san Esteban, san Lorenzo, los santos inocentes mártires, entre otras fiestas.

B.- Traslado de los cuerpos

La difusión del culto a santos menos conocidos respondió, en buena parte, al traslado de los cuerpos y, luego, al reparto de sus reliquias. San Ambrosio fue su principal promotor en Milán y Bolonia.

En Roma el proceso sistemático de traslado de los cuerpos de los santos comenzó en el siglo VI y se acentuó en el siglo VIII. Se trasladaban los cuerpos de los santos de las afueras hacia los templos de la ciudad, para protegerlos y evitar profanaciones. El resultado lógico era que cada templo que albergaba los restos de un santo se convertía en centro de culto del mismo.

C.- Reparto de las reliquias

San Agustín, en su obra De Civitate Dei, relata que, poco tiempo después de haberse descubierto los restos de san Esteban cerca de Jerusalén (año 451), una pequeña parte de estos llegó a Hipona donde realizó milagros.

El día del nacimiento a la eternidad de los santos ya no sólo se celebra junto a la tumba, sino dondequiera que hubiese un pequeño fragmento de su cuerpo. No pasó mucho tiempo sin que se estableciera la costumbre, de colocar reliquias de los mártires en el altar de una iglesia para su consagración.

Roma, que desde un comienzo opuso cierta resistencia al traslado de reliquias corporales, promovió, más bien, la veneración de reliquias representativas, tales como lienzos que se habían colocado en el cuerpo o la tumba del mártir, lámparas que habían ardido una noche ante la misma tumba.

En la primera mitad del siglo VIII comenzó en Roma un culto de los santos que ya no dependía de la presencia de reliquias, fueran éstas corporales o bien representativas. El cambio se dio con el papa Gregorio III, cuando ordenó en san Pedro la construcción de un oratorio en honor de Cristo y de su santa Madre; en el se incluiría también el culto de “todos los santos mártires y confesores y justos llegados a la perfección que descansan en el mundo entero”, y ordenó que cada tarde se celebrara un breve oficio en su honor. Éste fue el hecho que dio origen a la fiesta de todos los Santos, que en Oriente venía ligada a las fiestas pascuales, y en occidente, especialmente Inglaterra y los países francos, se celebraba (ya desde entonces) el 1 de noviembre, como la tenemos hoy.

D.- Testimonios escritos

No siempre se va a tratar de testimonios de rigor histórico. Más bien se trata de suscitar la admiración de los santos y la fidelidad al Señor bajo el estímulo de sus ejemplos. Calendarios y martirologios, libros litúrgicos, Actas de los mártires, pasiones, leyendas y vidas de santos, ofrecen una fuerte contribución a la difusión de su culto.

3.- La autoridad que legitima el culto a los santos

Durante el primer milenio se ve clara la iniciativa del pueblo, ratificada por la voluntad del obispo local. San Agustín se encarga de recordar que lo que hace mártir no es el suplicio que sufre, sino la causa por la que lo padece. Además del martirio por la causa de Cristo, los rasgos que identifican al mártir o santo son: la fidelidad a la oración, el celo por la predicación, el amor a los pobres, la acogida de los hermanos, la defensa de los derechos.

A finales del primer milenio surge con claridad el reconocimiento de la Santa Sede al culto tributado a los santos; siendo el primer santo oficialmente canonizado, el obispo Ulrico de Augsburgo, en el año 993, veinte años después de su muerte. Fue canonizado por el papa Juan XV. 

Durante el siglo XI se presentaron muchos casos, pero el término canonización no fue empleado sino a comienzos del siglo XII.

Terminado el Concilio de Trento en 1588, el papa Sixto V instituyó la Congregación de Ritos, confiándole la tarea de los procesos de canonización; al final de cada proceso, el Papa celebraba la canonización en el contexto de una celebración eucarística.

Una etapa previa a la canonización, fue instituida en 1634 y se denominaría la beatificación; con ella se autorizó la veneración de un siervo de Dios, dentro de determinado territorio o familia religiosa. El primer beatificado fue san Francisco de Sales, en 1665.

Los criterios que se toman en cuenta en la investigación previa a la beatificación y canonización son: la ortodoxia doctrinal del candidato, especialmente en sus escritos; el ejercicio heroico de las virtudes teologales y cardinales; y los milagros alcanzados por su intercesión. A un mártir se le dispensa del milagro.

4.- El Concilio Vaticano II y el culto a los beatos y santos

Sacrosanctum Concilium

La Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II, sobre la sagrada liturgia, en sus números 104 y 111, nos ofreció las grandes líneas de acción para la revisión del culto a los santos y su calendario. De allí dimanan los principios teológicos y pastorales que sustentan la disciplina actual del culto a los santos.

SC 111: “De acuerdo con la tradición, la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias auténticas. Las fiestas de los santos proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores y proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles. Para que las fiestas de los santos no prevalezcan sobre los misterios de la salvación, déjese la celebración de muchas de ellas a las Iglesias particulares, naciones o familias religiosas, extendiendo a toda la Iglesia sólo aquellas que recuerdan a santos de importancia realmente universal.”

La revisión del Calendario Romano General comenzó en 1964 y fue promulgado (el nuevo) el 14 de febrero de 1969. Los criterios que guiaron la revisión del calendario fueron los siguientes:

a) La prevalencia de los tiempos litúrgicos y las fiestas del Señor sobre las fiesta y memorias de los santos;

b) Un examen histórico-crítico del santoral;

c) Selección de los santos de mayor importancia para la Iglesia universal;

d) Una mayor representatividad universal del calendario de los santos.

El criterio de universalidad no sólo privó por su carácter geográfico (santos de todos los continentes), sino también de todos los estados de vida en la Iglesia, por eso en el nuevo Calendario Romano General, aparecieron santos que se destacaron por sus virtudes y vida cristiana en acciones misioneras y caritativas, apostolado de laicos, vida contemplativa, ascesis, etc.

5.- Fundamentos teológicos del culto a los santos

El culto a los santos y, de manera particular, el culto a la Virgen María, ha tenido que enfrentarse no pocas veces a través del tiempo, con la acusación, velada o directa, de invadir el terreno de la única mediación de Cristo. Debemos reconocer que no han faltado algunas exageraciones y prácticas ambiguas e, incluso, abusivas.

La Iglesia nunca ha perdido de vista la enseñanza de san Pablo: “Porque Dios es único, como único es también el mediador entre Dios y los hombres: un hombre, Jesucristo, que se entregó a sí mismo para redimir a todos” (1 Timoteo 2,5ss). Por eso el culto a los santos, sólo puede darse en referencia directa a Cristo.

La ceremonia de canonización comienza proclamando que el santo se canoniza “para gloria de la Santísima Trinidad”. Con estas palabras, la Iglesia canta el amor con que Dios se inclina hacia ella para revelar en el santo su propia imagen, que solamente se realiza en plenitud por la identificación del santo con Cristo.

Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) 828: “Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores (cf LG 40; 48-51). "Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia" (CL 16, 3). En efecto, "la santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero" (CL 17, 3).”

Cuando la Iglesia venera a los santos, reconoce y proclama en ellos al único Redentor y Mediador, Jesucristo. Eleva su canto de gratitud al Padre por la misericordia que nos ha prodigado en Cristo, y que resulta visible y eficaz en uno de sus miembros y, por él, en todo el Cuerpo de la Iglesia. Con mucha claridad encontramos ese clamor en el prefacio de los santos del Misal Romano.

El culto a los santos nos une estrechamente a Dios, los veneramos porque en ellos descubrimos los signos vivientes de la presencia de Dios, porque en ellos se refleja con mayor perfección la imagen y semejanza de Dios. El culto a los santos no nos desvía de la adoración porque nos acerca más al único Santo y fuente de toda santidad.

SC 104: “…Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos.”

La santidad es la participación plena en Cristo y en su obra, es la realización de la incorporación bautismal en el Misterio Pascual.

La Iglesia, al celebrar el culto a los santos, también realiza y vive con ellos la comunión de los santos, tan vivamente expresada por el apóstol san Pablo: “…así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros” (Romanos 12,5). 

La misión intercesora de los santos es también un medio de expresar nuestra confianza en ellos y de apoyar, con su ayuda, nuestro encuentro con Cristo. A lo largo de toda su historia, la Iglesia se ha esmerado en poner ante nuestra vista los ejemplos de grandes hombres y mujeres que, ya presentes en la asamblea celestial, nos enseñan el camino de la fe, oran por nosotros, y estimulan nuestra vocación a la santidad.

6.- Implicaciones pastorales

Pierre Jounel nos ofrece algunas orientaciones pastorales, que tratamos de resumir a continuación:

a) El descubrimiento del verdadero rostro de los santos. El primer esfuerzo que hay que hacer es quizá el de redescubrir el auténtico rostro de los santos. La popularidad de un santo nace de la gente y con frecuencia tiene raíces oscuras. La autoridad no puede ordinariamente ni promoverla ni oponerse a ella… Pero siempre es posible ayudar a los fieles a captar las virtudes centrales que han hecho de un cristiano un santo y a descubrir el elemento esencial de su mensaje.

b) La imitación de los santos. En la solemnidad de todos los santos, la oración propia pide siempre la gracia de seguir su ejemplo. Este aspecto del culto es decididamente esencial. Pero para que el personaje tenga una fuerza ejemplar, es necesario que su vida aparezca cercana a la de cada uno de nosotros. Ayer se sentían atraídos sobre todo por las gracias extraordinarias que se habían concedido a un santo y por los milagros que realizaba; hoy se desea comprender sobre todo en qué se le puede imitar.

c) La intercesión de los santos. Si la reflexión teológica justifica la intercesión de los santos, la acción pastoral debe ayudar a los fieles a encontrar el justo equilibrio entre exceso y el rechazo. Rechazar a priori que se pueda recurrir a los santos significa colocarse fuera de la tradición católica y manifiesta una cierta ignorancia del misterio de la encarnación. Pero el recurso a los santos debe quedar subordinado al recurso a Cristo. Ciertamente es legítimo adornar con flores y encender velas a las imágenes de los santos, pero es más importante adorar a Cristo en la Eucaristía. La protección de los santos no es ningún fruto de magia, sino de la fe y del amor. En este campo, como en otros muchos, la liturgia se revela como una verdadera maestra de fe y una reguladora de devoción: sigue recordándonos que el homenaje más auténtico que el pueblo de Dios puede tributar a un santo, hoy como en la época de las persecuciones, es celebrar su aniversario con una asamblea sagrada en torno a la mesa del Señor.