La gran estafa

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Esta semana se ha publicado un informe sobre la salud mental en Estados Unidos durante la pandemia. Según este informe, tres de cada cuatro jóvenes entre los 18 y los 24 años están afectados por algún tipo de desequilibrio. Lo peor es que el 25,5% de ellos afirmaron que en el último mes se estuvieron planteando seriamente la idea del suicidio.

También esta semana, en Italia ha hecho historia una sentencia del Tribunal Supremo que rechaza que los hijos tengan que ser eternamente sostenidos por los padres. Una vez terminados los estudios, cesa la obligación. Lo más interesante es que el Supremo italiano dice que es necesario un cambio de tendencia, para pasar del actual “derecho a cualquier derecho” al concepto de deber, porque así lo exige la evolución social y porque de lo contrario se produciría un “abuso de derechos”.

Jóvenes que se quieren suicidar, jóvenes que quieren seguir viviendo a costa de sus padres, jóvenes que se divierten sin control en tiempos de epidemia poniendo en riesgo sus vidas y las de otros. No son todos, ciertamente, los que se comportan así, pero son muchos, demasiados. Son responsables de sus actos, pero también son víctimas. ¿Qué ha hecho esta sociedad para llegar a este fracaso?

Creo que los jóvenes son víctimas de una gran estafa. Esto lleva ocurriendo desde hace décadas y por lo tanto son varias generaciones de adultos los que están también afectados. Hace ya muchos años empecé a darme cuenta de que algo no iba bien cuando veía a personas entradas en años que vestían como los jóvenes (con pantalones vaqueros rotos, por ejemplo), o que pasaban una y otra vez por el quirófano para quitarse una arruga o para retocarse la nariz. Los adultos, muchos adultos, se pusieron a imitar a los jóvenes y no sólo en el vestido. De este modo se privó a esos jóvenes de un modelo de comportamiento y de un horizonte de esperanza. Era lógico que pensaran: “Si cuando sea mayor querré ser como soy ahora, lo que me espera en la vida es sólo frustración”. Del “cuando sea mayor quiero ser como mi padre” se pasó a “mi padre quiere ser como yo”. Así se ha llegado a una auténtica divinización de la juventud, que va mucho más allá de lo que expresó Rubén Darío en su famosa poesía: “Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver”. La juventud se convirtió en el “divino tesoro” que irremediablemente se perdía y que había que intentar retener a toda costa. Esto, repito, sólo producía frustración, tanto en los que la habían perdido como en los que veían su futuro como una mera sucesión de días sin futuro, en los que había que vivir añorando el pasado.

Todo esto es fruto de una sociedad sin Dios, pero también de una Iglesia sin fe. Nosotros, que debemos ser la luz del mundo que brilla en la oscuridad, hemos dejado de alumbrar para disipar las tinieblas que, por nuestra dejadez, se han ido haciendo cada vez más grandes. Llevamos décadas sin hablar de la vida eterna, sin valorar el sufrimiento, sin dar la debida importancia a los tesoros de sabiduría que acumulan los ancianos. Por el contrario, son cada vez más los que, como el vicario general de la Diócesis alemana de Essen, consideran que la moral sexual católica es represora y que debe ser olvidada. Somos cómplices, sino primeros culpables, de la estafa que han padecido los jóvenes. No necesitan que se les diga que todo lo que les pide el cuerpo lo pueden hacer, porque eso ya se lo dice el mundo. Necesitan que se les dé esperanza, que se les hable de deberes y que se les ayude a enfrentar las dificultades de la vida. Como dice el Tribunal Supremo italiano, hace falta invertir la tendencia y pasar del “tengo derecho a cualquier derecho” al “tengo deberes que cumplir”. Y esa labor educativa la tiene que hacer la Iglesia antes que nadie. Como decía Chesterton: “No quiero una Iglesia que me dé la razón cuando la tengo, sino una que no me dé la razón cuando no la tengo”. Hemos contribuido a la estafa que han sufrido los jóvenes y ahora pagamos las consecuencias.