Algunas claves del magisterio social de San Pablo VI en su peregrinación a Colombia

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

Del 22 al 25 de agosto de 1968 San Pablo VI realizó una peregrinación a Colombia con ocasión de la celebración del XXXIX Congreso Eucarístico Internacional en Bogotá y de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se realizó en Medellín tras haber sido inaugurada por el Santo Padre en Bogotá.

La lectura pausada de los discursos que pronunció en ese viaje apostólico es altamente recomendable. De ellos se extraen advertencias válidas para la hora presente, con preciosas pautas de discernimiento y acción pastoral. Por este motivo me parece importante recordar algunos puntos del acervo doctrinal de Montini en su visita pastoral a esa hermosa nación latinoamericana. Representan una clave que abre la puerta a la comprensión de su magisterio social. En efecto, las afirmaciones de Pablo VI en Colombia son una aplicación de la Encíclica Populorum Progressio (26 de marzo de 1967) y, al mismo tiempo, una preparación de la enseñanza posterior del Pontífice en escritos como la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi (8 de diciembre de 1975). No a la fuerza de las armas y a la carrera armamentista Al partir de Roma, al amanecer del 22 de agosto, el Pontífice se refirió a la ocupación de Praga (Checoslovaquia) por parte de las tropas de la URSS y de sus aliados del Pacto de Varsovia, excepto Rumanía.

También abordó esta situación en el mensaje a los comunicadores de prensa, radio y televisión (23 de agosto), ocasión en la que pidió a los gobiernos hacer lo necesario para detener la carrera armamentista y dedicar los fondos gastados a aliviar los grandes problemas que angustian a los pueblos. No omitió, en la santa misa para los campesinos (23 de agosto), una clara indicación de que toda forma de violencia es contraria al espíritu cristiano y retarda el cumplimiento de las aspiraciones de justicia. En este contexto Pablo VI insistió en que tanto los pastores de la Iglesia como cada bautizado han de ser siempre apóstoles de la paz, no dejando de invitar a todos a luchar incansablemente por su instauración. Puede decirse que es esta una de las convicciones más profundas del Santo Padre, la cual expresó de múltiples maneras durante su fecundo pontificado. Hoy también la proliferación de las armas continúa retrasando el desarrollo de los pueblos y condena a las naciones a la miseria y a la esclavitud. Por eso no es extraño que el Papa Francisco, en nuestros días, alce reiteradamente su voz clamando por la detención de la carrera armamentista y alentando a las naciones a invertir en paz y solidaridad, de modo que se financien, no unas industrias que engendran muerte, sino aquellas necesidades básicas a las que tantos hermanos nuestros no pueden hacer frente por su pobreza (cf. Discurso a la Sesión anual de la Junta Ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos. 13 de junio 2016, n. 2).

San Pablo VI abordó el tema del desarrollo de los pueblos especialmente en su Homilía del día 23 de agosto, en la Misa celebrada con ocasión de la Jornada del Desarrollo. Partiendo de la llamada a convertir el amor en el principio de renovación moral y de regeneración social de América Latina, el Papa animó a hacer “eficaz” este amor en toda actividad apta para favorecer la promoción integral del hombre y de los pueblos: alfabetización, educación, formación profesional, formación de la conciencia cívica y política. Resaltó asimismo el Santo Pontífice que el dinamismo de la fe, tradicional y renovada, ha de despertar cada vez más el sentido de fraternidad y de colaboración armoniosa en orden a una constante convivencia pacífica, e impulsar y consolidar los esfuerzos para el progreso ordenado y la equidad, en conformidad con los principios de justicia y de caridad cristianas (cf. Discurso en el encuentro con el Señor Presidente de la República, 22 de agosto).

Por otra parte, en el discurso pronunciado en la residencia del Jefe de Estado (23 de agosto), el Papa habló de la misión de la Iglesia en la formación de ciudadanos, en la enseñanza de la ética y de la moral, en la tutela de los derechos de libertad y de justicia, en la constante invitación a la responsabilidad social de todos. Montini fue todavía más explícito en el discurso de inauguración de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano, pues se refirió a la dimensión social de la evangelización, que exige la formación de sacerdotes, religiosos y laicos en las principales líneas de la Doctrina Social de la Iglesia, y clamó por una tarea evangelizadora más decidida y valiente frente a los grandes problemas que agobiaban —y siguen hoy lacerando— a los pueblos latinoamericanos. El Papa Francisco nos recuerda también hoy que la luz evangélica aporta grandes beneficios a la construcción de la ciudad terrena, por lo que es importante y necesario promover la renovación de la fe, para que haya clara conciencia de que el compromiso de los católicos debe alcanzar los variados ámbitos de la vida humana y de las culturas (cf. Lumen fidei, 54-55). De ningún modo la Iglesia puede sustraerse de su compromiso con las realidades temporales pues es parte infaltable del anuncio del Evangelio.

La cercanía de Pablo VI con los pobres, los agricultores, los obreros se hizo visible en distintos momentos de su peregrinación a Colombia; sus palabras para ellos son quizás las más enérgicas y esperanzadoras de todo su viaje pastoral. Dirigiéndose a los campesinos (23 de agosto), reiteró que la Iglesia está del lado de los menesterosos y que no puede dejar de escuchar sus gemidos y angustias, porque ellos representan al mismo Cristo. Señaló igualmente que la tarea de la Iglesia va dirigida a consolidar los principios de los cuales dependen las acciones para remediar la miseria de tantos, fomentando también la dignidad humana y cristiana de los más desfavorecidos. La Iglesia no puede renunciar a la denuncia de las desigualdades económicas entre ricos y pobres y, consecuentemente, ha de promover las iniciativas y programas para el desarrollo integral y el bien de todos. Montini aprovechó su presencia en Colombia para invitar a los gobiernos de América Latina y de todos los países a afrontar con perspectivas amplias y valientes las reformas necesarias que garanticen a sus pueblos un orden social más eficiente. Particularmente, se refirió al imperativo de adelantar una reforma agraria para lograr que los más pobres puedan gozar de los bienes productivos, redistribuyendo la posesión y el uso de las tierras. En este contexto, Pablo VI urgió la solidaridad entre las naciones, inclusive con sugerencias concretas. Pidió, por ejemplo, poner en marcha vías fáciles de comercio internacional, con el propósito de favorecer a los países sin suficiencia económica. El Papa Francisco no se cansa de aseverar cuán imprescindible es hoy globalizar la solidaridad. Escuchar el clamor de los indigentes y salir a su encuentro es el mejor antídoto contra el consumismo egoísta y la cultura del descarte, que privan a los más pobres del alimento, del agua y de lo más elemental para para sobrevivir y gozar de condiciones dignas para su existencia (cf. Evangelii gaudium, 53).

En medio de las contrariedades que vive nuestro mundo, en medio de sus encrucijadas y anhelos, retos y problemáticas, el ejemplo de San Pablo VI, su amor a la Iglesia, su fina y perspicaz clarividencia, nos sirven de acicate para no dejar a nadie al margen de nuestra atención amorosa. El mensaje social de Juan Bautista Montini, tenaz pregonero de la Buena Nueva de la salvación, es una inagotable fuente de inspiración para los agentes de pastoral de nuestros días. Su palabra es también un caudaloso hontanar para cuantos se esfuerzan con su testimonio por reavivar la fraternidad y la solidaridad, que parecen enfriarse en estos momentos y de las que, sin embargo, tanto precisan nuestros contemporáneos, tentados por la indiferencia y la medio cridad. Recurramos, pues, a la intercesión de este Santo Pontífice. No echemos en saco roto sus atinadas enseñanzas. Antes bien, que fortalezcan a la Iglesia para que no desista, a partir del amor de Dios, en la realización de su misión de redención de las personas y de los pueblos, especialmente de los más postergados.

NR.- Publicado en L'Osservatore Romano el 21.8.2020