El fracaso del diálogo

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Esta ha sido una semana intensa, de noticias nada buenas. Un sacerdote italiano, dedicado a ayudar a los emigrantes sin papeles, fue asesinado a cuchilladas por uno de ellos. En la catedral de la Diócesis de El Paso, en Texas, derribaron y destrozaron la gran imagen del Sagrado Corazón que había junto al altar; se da la circunstancia de que el obispo de esa Diócesis fue de los primeros en significarse contra el racismo cuando empezaron las reivindicaciones del “Black Live Matter”, lo cual no ha impedido que su propia catedral sea víctima de un atentado. Pero hay más. En España, el Gobierno está pensando destruir la Cruz del Valle de los Caídos y expulsar a los monjes benedictinos de su monasterio, mientras da pasos para aprobar una permisiva ley de eutanasia. Y, para rematar, 48 parlamentarios de la Unión Europea han pedido por carta que el derecho a la libertad religiosa quede supeditado al supuesto derecho al aborto y a la ideología de género, de forma que sería delito si un cura católico condena el aborto o si un médico hace objeción de conciencia.

En esta misma semana he tenido la oportunidad de leer un largo e interesante artículo de un historiador italiano, Roberto Pertici, que reflexiona sobre el motivo por el cual mientras se esperaba una primavera en la Iglesia tras el Concilio Vaticano II lo que ha venido ha sido un crudísimo invierno. La tesis del profesor Pertici es que la Iglesia optó, con el Concilio, por dialogar con las dos ideologías que habían dominado los años posteriores a la segunda guerra mundial: el liberalismo y el comunismo. Lo hizo pensando que, al abandonar las trincheras del rechazo a esas ideologías, sería correspondida con una actitud amistosa por parte de quienes habían sido sus rivales ideológicos. Según el historiador italiano, la tragedia fue que, cuando se puso a dialogar, ya las cosas habían cambiado y sus interlocutores eran otros, aquellos que englobamos en el concepto de posmodernidad. Estos no tenían ningún interés en dialogar con la Iglesia, entre otras cosas porque para ellos un diálogo sobre la razón o sobre la verdad no significaba absolutamente nada, puesto que su pensamiento -si se le puede aplicar ese nombre- estaba basado en el relativismo, que niega precisamente la existencia de una verdad objetiva e incluso de una razón capaz de alcanzarla. La Iglesia se desarmó para el diálogo, mientras que sus nuevos adversarios se rearmaban para atacarla.

Esta desamortización doctrinal de la Iglesia -siempre según el profesor italiano- llevó consigo el abandono de cuestiones esenciales de la fe católica, que fueron vistas como inconvenientes para ese diálogo y por lo tanto dejadas de lado en un primer momento, para terminar por ser cuestionadas o incluso negadas por buena parte de la jerarquía. Entre ellas, y sobre todo, la existencia de la vida eterna y de la resurrección, con el juicio ligado a un premio y a un castigo eterno que les es intrínseco. Esto causó un gran desconcierto en los fieles, que pensaron que si lo que antes era verdad ahora ya no lo era, igual podía pasar con otras cosas. Para Pertici esta fue la causa de la gran apostasía de católicos que tuvo lugar en el último tercio del siglo XX. Los dos Papas de esta época, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, a los que considera plenamente comprometidos con la aplicación del Concilio Vaticano II, intentaron poner freno al caos doctrinal y moral en el que se había introducido la Iglesia. Citando a Madame de Staël, Pertici dice que estos Papas intentaron poner fin a la revolución posconciliar, que se había convertido en una revolución permanente, para evitar que acabara destruyendo al propio Concilio. Al menos en buena medida, fracasaron.

Termina el largo artículo del historiador italiano hablando de la reacción conservadora ante los excesos revolucionarios intraeclesiales y sus consecuencias en forma de apostasía masiva. Esta reacción, dice Pertici citando a Tocqueville, en caso de triunfar, haría de la Iglesia “una hueste de fervientes fanáticos en medio de una multitud de incrédulos”. Con su mirada de historiador, no ve ninguna solución posible, pues ni le convence la reacción conservadora ni cree que tenga futuro la línea de revolución permanente que promueven los que se consideran a sí mismos paladines del llamado “espíritu del Concilio”, en cuyo nombre han puesto en marcha una nueva Iglesia adaptada al hombre posmoderno, profundamente relativista y amoral.

Esto puede parecer que tiene poco que ver con las noticias de esta semana, pero a mí me ha parecido, en cambio, que está muy relacionado. Un cura que abre sus brazos a los emigrantes y es asesinado por uno de ellos; un obispo que se suma a las protestas antirracistas y ve cómo en pago su catedral es profanada; un episcopado  que evita la confrontación con el gobierno y ve cómo su voluntad dialogante es considerada una prueba de debilidad y aprovechada para aprobar la eutanasia o derribar cruces; una Europa paladín de los derechos humanos, en cuyo seno se está pidiendo que se suprima la libertad de opinión cuando no se esté de acuerdo con lo políticamente correcto. Lo que está siendo sacrificado no es sólo la vida de un generoso sacerdote o la existencia de una gran cruz y un monasterio; está siendo sacrificado el diálogo, su utilidad para resolver los problemas, pues la respuesta al que quiere dialogar es más agresión y más violencia.

Por otro lado, lo de llamar fanáticos a los que se niegan a doblegarse es algo muy viejo. Tan viejo como los mártires cristianos. Pero fueron ellos, esos fanáticos que se negaron a echar incienso en el altar del emperador -que entonces era lo políticamente correcto-, los que terminaron por vencer, aunque tuvieron que pagar un altísimo tributo de sangre. Con esto no quiero decir que esté contra el diálogo, pero desde luego sí lo estoy contra ese tipo de diálogo que pedían los terroristas mientras mantenían la pistola encima de la mesa. El diálogo no puede ser un fin en sí mismo, como si con dialogar ya tuviéramos bastante; dialogar mientras están saqueando tu casa y diciéndote que no protestes porque si lo haces dejas de ser dialogante, es tan absurdo como suicida. Callar por sistema, tragar con todo, aceptar el recorte de los legítimos derechos para que las fieras mediáticas -los modernos leones de Nerón- no nos devoren, no es el camino. Un diálogo con condiciones, inteligente y justo, sí. Una rendición que se quiere camuflar de diálogo, no. Aunque nos llamen fanáticos.