Volver a San Francisco

Print
There are no translations available.

Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

No es fácil mantener la paz y la esperanza en medio de tanta convulsión como hay en la Iglesia y en el mundo. Esta semana han seguido apareciendo noticias sobre las supuestas estafas ocurridas en el Vaticano. Hay que tener mucho cuidado a la hora de juzgar a las personas y esperar a ver qué ocurre en el juicio que debería abrirse contra el ex cardenal Becciu y los otros implicados. La presunción de inocencia debe valer para todos. Lo ocurrido con el cardenal Pell, que fue masacrado por los medios de comunicación y se pasó un montón de meses aislado en la cárcel, siendo inocente debería servir de lección.

Sin embargo, parece que nadie tiene interés en aprender lo que nos enseña el pasado más reciente. Mientras unos condenan al ex cardenal Becciu, que aún no ha sido llevado a juicio, otros están condenando al Papa por tener una cuenta privada de la que, supuestamente, le han robado veinticinco millones de dólares. El Papa disponía de esa cuenta para ayudar a personas y diócesis necesitadas. Pero eso da igual. La presunción de inocencia no existe, ni para el Papa ni para Becciu. Lo importante es atacar a la Iglesia, y lo hacen unos y otros.

Por eso me parece providencial que el Santo Padre esté en Asís este sábado para firmar una encíclica sobre la fraternidad universal. No fue San Francisco el primero en hablar del tema, pero desde luego sí fue el que lo inmortalizó con su “Cántico de las criaturas”. Nada más lejos del culto a la Pachamama y otras veleidades paganas que el espíritu del santo de Asís. Él no dice que todos seamos hijos de Dios, pero sí afirma que todos somos hermanos. Lo somos en tanto que somos criaturas que han salido de las manos del mismo Creador. La fraternidad universal de la que habla San Francisco presupone la fe en un Dios creador que nos crea porque nos ama. El hermano sol, la hermana luna, la hermana tierra o la hermana muerte, alaban a Dios -como pedía San Francisco- con su misma existencia, pero el hombre, que es consciente de esa fraternidad universal, debe alabar al Señor cuidando del resto de las criaturas y evitando hacer daño a los otros hombres, sus hermanos.

Por eso creo que en esta época tan convulsa, de cuchillos desenvainados que vuelan por los aires en forma de acusaciones mortales, hay que volver la mirada al santo de Asís. Cristo era, como él mismo decía, “su Dios y su todo”. Desde ahí, desde la primacía dada a Cristo, contemplaba a los hombres y a las cosas no como rivales sino como hermanos. Y si bien hizo mucho por aliviar el sufrimiento de esos hermanos, como hizo con los leprosos, no debemos olvidar el final de su famoso Cántico: “Ay de aquellos que mueran en pecado mortal. Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad porque la muerte segunda no les hará mal. Alaben y bendigan a mi Señor y denle gracias y sírvanle con gran humildad”. Ese es el colofón del espíritu de Asís: recordar a todos que Dios existe y que sin ese Dios creador no hay fraternidad universal. Recordar que hay vida eterna, pero que esa vida será con Dios o con el demonio en función de si se muere en gracia o en pecado. Alabar, bendecir, dar gracias a Dios y servirle con humildad es el fruto lógico que debería dar cada hombre que ha comprendido la grandeza del amor de Dios. Si privamos de esta fe en la vida eterna y en el juicio de Dios a la espiritualidad franciscana, lo de la fraternidad universal se convierte en una excusa para ponernos a todos mirando hacia el oriente y no precisamente porque sea por allí por donde sale el sol. Como hizo San Francisco, debemos mirar al cielo mientras tratamos a hombres y demás criaturas como hermanos, por agradecimiento a Dios.