Tiempos apostólicos

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

La publicación, por parte de la Santa Sede, del documento sobre el ex cardenal McCarrick cierra, al menos de momento, un lamentable capítulo de la historia reciente de la Iglesia. En él se admiten los fallos que ha tenido el sistema de promoción de obispos y la relación entre estos fallos y la capacidad de conseguir dinero por parte del promovido. No se habla del poder del llamado “lobby gay” y de cómo éste habría influido en esas promociones. En todo caso, el presidente de los obispos norteamericanos ha mostrado su satisfacción con el documento.

Esperando y deseando que el “capítulo McCarrick” se cierre definitivamente y deje alguna lección para el futuro, me ha parecido interesante el nuevo libro de George Weigel, “El próximo Papa”. En él, el autor de la mejor biografía de San Juan Pablo II dice que debemos asumir que ya no vivimos en tiempos de cristiandad sino en tiempos muy parecidos a los de la Iglesia primitiva, que se conocen como “tiempos apostólicos”. La así llamada “época o tiempo de cristiandad”, se caracterizó por el poder de la Iglesia para influir en la vida pública. Se establecieron, por ejemplo, las treguas en las guerras y el descanso un día a la semana para los trabajadores, se dio carácter inviolable a los templos para que en ellos se pudieran refugiar los perseguidos por una justicia medieval que tenía más de injusta que de justa, se favoreció la cultura -que ha quedado no sólo en las catedrales, sino en la música, en la literatura e incluso en la ciencia- y se creó una extraordinaria red de servicios sociales que beneficiaban a los más pobres, en una época en que el Estado como tal no existía y lo que dominaban eran los intereses de los señores feudales.

Lo que dice Weigel sobre el fin de aquella época, que tuvo sus luces y con sus sobras, ya lo constató hace años el arzobispo emérito de Philadelphia, monseñor Chaput. Ya no podremos influir en la sociedad -dijo el prelado norteamericano- para conseguir que se frenen leyes que atentan contra la vida de los inocentes o que no apoyan a la familia, perderemos incluso nuestra capacidad de servir a los más pobres en los asilos para ancianos o en los colegios, pero no deberíamos perder nuestra capacidad de ser la sal de la tierra y la luz del mundo.

En eso consiste vivir en “tiempos apostólicos”. En aquella época, con una Iglesia perseguida, refugiada en las catacumbas y, sin embargo, creciente, no se podía evitar la mala administración de los emperadores ni se podía influir en el comportamiento libertino de una sociedad pagana que se hundía en su inmoralidad y en su injusticia. Pero se ejercía la principal labor de la Iglesia: ser la levadura que poco a poco iba fermentando la masa.

Volver a los tiempos apostólicos significa volver a la Iglesia primitiva. En la Iglesia más primitiva de todas no había multitudes, había sólo un hombre y una mujer. El hombre era Jesús, el Hijo del Dios vivo, y la mujer era la Santísima Virgen María. Sobreviviremos si volvemos a poner nuestra mirada en ellos. Si Cristo es nuestra luz y nada de lo que Él enseñó se considera material de desecho porque está pasado de moda, sobreviviremos. Si la Virgen es nuestro modelo de cómo amar a Dios, sobreviviremos. Si estamos unidos en torno a Cristo, a su enseñanza recogida en los Evangelios y transmitida a lo largo de los siglos en lo que llamamos Tradición, sobreviviremos. Pero si estamos divididos, pereceremos. La unidad es nuestra única posibilidad de supervivencia y no se puede lograr más que siendo fieles a Cristo, a su Palabra y a la Tradición. Lo contrario sólo puede producir lo que ya está produciendo: división, confusión, caos. Un reino en guerra civil va a la ruina, dijo Jesús. Estamos en tiempos de persecución y no nos podemos permitir estar en guerra civil, pero ésta no acabará hasta que no se vuelva al origen. Unidad en torno a Cristo y a María o todo se habrá acabado.