¿Serán pocos los que se salvan?

Print
There are no translations available.

Autor: George PELL, cardenal prefecto emérito de la Secretaría de Economía del Vaticano

En 1972 participé en una mesa redonda cristiana dirigida a estudiantes de último año en un instituto público en la Australia rural. Al concluir, un estudiante se me acercó para debatir nuestras posiciones católicas. Era un no creyente que también buscaba respuestas en un pequeño grupo protestante. Yo salí perdiendo cuando le expliqué que la Iglesia católica no enseñaba que él fuese a ir al infierno si rechazaba ser católico. Su secta protestante era absolutamente clara en que rechazarles implicaba el infierno.

Durante mis recientes problemas con la ley, este antiguo estudiante me escribió para consolarme. También me agradeció que yo respetase entonces su autonomía. No rechazo ni lamento el consejo que le di en 1972. Lo que sí lamento es no haberle transmitido una mayor urgencia sobre la importancia de su búsqueda y de su decisión.

El éxodo postconciliar

Este estudiante era un caso infrecuente de alguien que estaba pensando en hacerse católico, pues la mayor parte del tráfico fue en la dirección opuesta. Desde el Concilio Vaticano II, todas las sociedades occidentales han visto un éxodo de miembros de la Iglesia y una disminución de la práctica religiosa. Las comunidades católicas en Bélgica y en Holanda, por ejemplo, casi han desaparecido.

Por desgracia y contra pronóstico, los “profetas de calamidades” explícitamente repudiados en el Concilio se han visto reivindicados porque los reveses se han sucedido en todos los ámbitos. Y es posible que las cuatro Postrimerías o Novísimos (Muerte, Juicio, Infierno y Gloria) no hayan acabado en el cubo de la basura, pero allí donde no son rechazados son, con frecuencia, ignorados o escondidos.

¿Acaso jugó el temor al infierno, el miedo a un castigo desproporcionado después de la muerte, un papel en el declinar de la Iglesia? Hace cuarenta o cincuenta años, la mayor parte de las parroquias en Australia tenían penitentes asiduos atormentados por los escrúpulos. Los escrúpulos causaban mucho sufrimiento, por lo que no es sorprendente que hubiese una reacción contraria. Pero ¿hay otro lado de la moneda? Nuestro silencio sobre el premio y el castigo después de la muerte ¿tal vez ha empeorado la indiferencia al destruir dos de nuestras más apasionantes afirmaciones doctrinales?

Dios como Juez

Todo el mundo se pregunta si hay vida después de la muerte, y la mayor parte de las personas a lo largo de la Historia han creído en algo como la inmortalidad del alma.

Por supuesto, la enseñanza cristiana sobre las Postrimerías es más concreta. Exige creer en un Dios Creador que es racional, bueno, que se interesa por nosotros y no es caprichoso. Dios pide a todos los hombres elegir el bien en vez del mal y la fe antes que la duda, la indiferencia o el rechazo.

El único Dios verdadero es así también el máximo juez, que separa a las ovejas de las cabras, remunerando con la felicidad o el castigo eternos en el Juicio Final, cuando tanto las almas de los buenos como las de los malos experimenten la resurrección del cuerpo.

Esta creencia puede llevar un inmenso consuelo a familiares y amigos en el duelo, como puede atestiguar cualquier sacerdote que haya celebrado un funeral para una comunidad de creyentes. Pero sigue siendo una enseñanza dura, a la que suelen resistirse con orgullo quienes se consideran autónomos y con derecho a definir por sí mismos el bien y el mal. Ni los antiguos laicistas ni los nuevos reciben amablemente la idea de un Dios que es a la vez Creador y Juez.

Qué dicen los Evangelios

Para todos los cristianos se sigue una cuestión inevitable: ¿cuántos se salvarán?

Aunque Jesús no era un sentimental, Lucas nos dice que no respondió directamente a la cuestión de si solo se salvarían unos pocos. No da porcentajes: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. Con mayor optimismo, Jesús concluye diciendo que muchos vendrán a la fiesta desde todos los puntos cardinales, y que los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos (Lc 13, 22-30).

En el relato de Mateo, Jesús es más explícito. La puerta es estrecha y espacioso el camino que lleva a la perdición. Los árboles que no producen buen fruto y las viñas que producen espinos en vez de uvas serán cortados y echados al fuego, mientras que aquellos que escuchan las palabras de Cristo y las ponen por obra construyen sobre un fundamento sólido (Mt 7, 12-27).

Mateo también recoge la promesa explícita de Jesús de que el Hijo del Hombre no será inclusivo en el Juicio Final, sino que separará a las ovejas de las cabras para premio eterno o castigo eterno.

En cierta ocasión me pregunté por qué Nuestro Señor era tan poco comprensivo con las cabras. Llegué a la conclusión de que es por su individualismo y su terquedad, su rechazo a cooperar y entrar en el redil (Mt 25, 31-46). Las cabras no simbolizan la conversión y la comunidad.

El cristianismo tiene como centro en primer lugar el amor a Dios y luego el amor al prójimo (Mc 12, 30-31). Dios nos amó tanto que su Hijo murió por nuestra Redención (Rom 5, 8). Éste es el contexto en el que debe situarse la enseñanza tradicional sobre el cielo y el infierno.

Purificación, sí, pero... ¿infierno?

Nunca tuve problemas con la doctrina de que sea necesaria una purificación antes de estar en presencia de Dios o enfrentarnos a su bondad. Lo he comparado con la incomodidad que experimentamos cuando nos despierta de golpe una luz brillante. Pero siempre me ha costado reconciliar la idea de un Dios que nos ama y la idea de un castigo eterno.

Hace más de cincuenta años, estaba preparando a un grupo de jóvenes ingleses para la Primera Comunión. Por la razón que fuese, empezaron a asegurar con total tranquilidad que el infierno no existe. “¿Y qué pasa con Hitler?”, pregunté… y el infierno regresó con fuerza.

Así pues, he enseñado públicamente sobre el infierno durante décadas -en una ocasión, dando lugar a una larga carta de apoyo de Germain Grisez de gran profundidad teológica-, pero también he expresado la esperanza, quizá la expectativa, de que sean pocos los enviados al infierno, con la creencia compensatoria de que muchos necesitarán ser purificados en el purgatorio.

Doctores y Concilios

Era consciente de que la mayor parte de los teólogos, y desde luego los Doctores de la Iglesia, creían que la mayor parte del género humano se condenaría. San Agustín fue muy explícito en cuanto al destino de los no bautizados: "Pocos se salvan en comparación con los muchos que perecen”. Desarrolló sus enseñanzas sobre estos puntos contra los donatistas y contra Pelagio, aparentemente más razonable y “moderno” sobre el destino de los no bautizados.

Los estudiantes de licenciatura que acudían a mis seminarios sobre San Agustín, centrados principalmente en las Confesiones, se indignaban casi unánimemente por que destinase a los niños no bautizados a la condenación, si bien él insiste en que los niños sufren “la más suave de las condenas”.

Ochocientos años después, el veredicto de Santo Tomás de Aquino era igualmente claro, aunque menos provocador que el de Agustín. Quienes se salvan son una minoría, pero su número nos es desconocido y “es mejor decir que ‘solo Dios sabe el número de quienes tienen reservada la felicidad eterna’”.

El Concilio de Trento, en su Decreto sobre la Justificación de 1547, parece descartar la posibilidad de que al final todos se salven: “Aun cuando Él ‘murió por todos’ (2 Cor 5, 15), no todos, sin embargo reciben el beneficio de su muerte, sino solo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión” (Capítulo 3, Denz. 1523 [795]).

Lumen Gentium

Pero la discusión sobre el número de los que se salvan se vio alterada por la constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, según la cual “quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (n. 16). La doctrina de que “fuera de la Iglesia no hay salvación” se desarrollaba así sustancialmente.

Las generaciones que disfrutaban ahora del sufragio universal y asumían la Declaración Universal de los Derechos Humanos aceptaron fácilmente que ni una circunstancia en el nacimiento ni la debilidad humana normal les excluirían del paraíso. La desigualdad que fundamentaba la institución de la esclavitud se rechazaba. El Concilio animaba al diálogo más que a la condena, a la persuasión más que al castigo, de modo que la propia noción de pecado mortal quedó atenuada. La participación en el sacramento de la confesión -ahora llamado reconciliación- cayó drásticamente.

Como muchos otros, yo llegué a creer que (casi) todo el mundo se salvaría. Invocaba al teólogo alejandrino Orígenes (c. 185-254), quien enseñó que en la apocatástasis final todas las criaturas –incluido el diablo- se salvarían, y al gran teólogo contemporáneo Hans Urs von Balthasar?, autor de ¿Qué debemos esperar? y Pequeño discurso sobre el infierno. Pero ahora me he dado cuenta de que no hay mucha diferencia entre creer que todos se salvan y creer que no se salva nadie.

Una cuestión que define el compromiso sacerdotal

Mi opinión cambió de forma inesperada. Cada año, las autoridades del Vaticano hacen dos cursos en Roma para los “obispos novatos”, los recientemente consagrados. Yo me encontraba dirigiendo una jornada de debates cuando un obispo norteamericano expuso el principio de que toda nuestra actividad sacerdotal queda determinada por cuántos creemos que se salvarán. Si no hay castigo y todos se salvan, entonces ¿para qué molestarnos? ¿Por qué Jesús cargó con la Cruz?

Me vi forzado a repensar mi postura. Volví a las enseñanzas de Jesús en el Nuevo Testamento y encontré que ofrecían un respaldo insuficiente para mi optimismo. Uno no tiene que creer con San Francisco Javier que los no bautizados se condenan, pero quienes, como yo, se amparan en el sentimentalismo, ignoran con demasiada facilidad el terrible sufrimiento causado por el pecado y subestiman la obstinación de la voluntad humana.

Mi difunto amigo jesuita Paul Mankowski respaldaba el argumento de John Finnis de que no tomarse en serio la afirmación de Jesús de que juzgará a todos en el último día “está en el corazón de la crisis de la fe y de la moral”. Ahora estoy de acuerdo. La esperanza cristiana en el triunfo del bien exige el juicio de Jesús.