La verdadera unidad

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

La toma de posesión de Joe Biden como presidente de Estados Unidos ha generado un auténtico terremoto en la Iglesia católica de ese país. El presidente del Episcopado y arzobispo de Los Ángeles, monseñor Gómez, como es habitual en estos casos, hizo público un mensaje dirigido al nuevo presidente. Le dedica palabras de aliento para llevar adelante su misión y ofrece la colaboración de la Iglesia para ello. Pero también le recuerda al católico Biden que sus promesas de apoyar el aborto van en contra de las enseñanzas de la Iglesia y que, además, ésta está preocupada por los recortes que pudiera sufrir la libertad religiosa.

En su carta, monseñor Gómez dice: “Nuestro nuevo presidente se ha comprometido a seguir ciertas políticas que promoverían los males morales y amenazarían la vida y la dignidad humanas, más seriamente en las áreas del aborto, la anticoncepción, el matrimonio y el género. Es motivo de profunda preocupación la libertad de la Iglesia y la libertad de los creyentes para vivir de acuerdo con sus conciencias”. Y añade: “Para los obispos de la nación, la continua injusticia del aborto sigue siendo la «prioridad preeminente». Aunque preeminente no significa «única». Tenemos una profunda preocupación por las muchas amenazas a la vida y la dignidad humanas en nuestra sociedad. Pero, como enseña el Papa Francisco, no podemos quedarnos en silencio cuando casi un millón de vidas por nacer son terminadas anualmente en nuestro país a través del aborto”.

A Biden no le ha hecho mucho efecto la carta, pues una de sus primeras leyes ha sido permitir que, con dinero público, se financie el aborto fuera de Estados Unidos. A quienes si les ha hecho efecto ha sido a varios obispos, especialmente al cardenal Cupich, de Chicago, al cardenal Tobin, de New Jersey, y a monseñor McElroy, de San Diego. El más duro en sus críticas ha sido el cardenal Cupich, para el cual la carta es “desafortunada”, sin precedentes en su crítica al nuevo presidente, y sin haber tenido en cuenta al Consejo de Administración de la Conferencia Episcopal.

En realidad, en contra de lo que dice Cupich, los precedentes existen. Cuando su predecesor en la Archidiócesis de Chicago, el cardenal George, era también presidente del Episcopado, Obama fue elegido presidente. Poco antes de hacer su juramento, George no dudó en escribirle una carta mucho más dura que la que ahora ha escrito Gómez. Además, la consulta a los obispos sí existió e incluso fue informado el Vaticano, que pidió que se retrasara su publicación unas horas, para que se conociera primero el mensaje del Papa al nuevo presidente. Mensaje en el que el Santo Padre le pide a Biden que defienda “a los que no tienen voz”, en clara alusión a las víctimas del aborto, lo cual no fue mencionado en el mensaje que también dirigió a Trump en su toma de posesión.

Así llegamos al problema de fondo, que no es otro más que la ruptura de la unidad de la Iglesia, puesta de manifiesto con la crítica pública que un cardenal dirige al presidente de los obispos de su país. Hay una Iglesia a favor de mantenerse dentro de los límites de lo políticamente correcto, de no decir nada que moleste a la opinión pública dominante. Y hay una Iglesia que está dispuesta a alzar la voz en defensa de la libertad religiosa y de los principios morales que emanan del Evangelio, no sólo el de la defensa de la vida y de la familia, sino también de los emigrantes y refugiados, entre otros. Si el nuevo presidente de Estados Unidos tiene ante sí el reto de unir a su pueblo, profundamente dividido, ese mismo reto lo tiene la Iglesia y quienes la gobiernan. Pero la unidad en la Iglesia sólo se puede conseguir en torno al “uno”, es decir en torno a Cristo, a su enseñanza íntegra, que no puede ser recortada para contentar al mundo. Entre otras cosas, porque si Cristo murió en la Cruz fue precisamente porque desafío los poderes de este mundo para proclamar que Él es Dios y que sólo Él es el camino, la verdad y la vida. Imponiendo dentro de la Iglesia la censura para no molestar al mundo, no se logrará la unidad, sino que se ahondará la división hasta que se llegue a la ruptura.