Biden también divide a la Iglesia

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Autor: Sandro MAGISTER, periodista

La revista dedicó la portada del 12 de diciembre de 1960 a un jesuita. Un mes antes, John F. Kennedy había sido elegido primer presidente católico de los Estados Unidos. Y el jesuita de la portada, John Courtney Murray, era representado como el gran teórico de una visión católica de la libertad religiosa, finalmente compatible con el pluralismo de la sociedad estadounidense.

Fue a Murray a quien el equipo de Kennedy pidió consejo para redactar el famoso discurso que el 12 de septiembre el futuro presidente pronunció ante una audiencia de pastores protestantes, en Houston, para disipar los temores –en aquel momento muy difusos en la sociedad estadounidense– de una subordinación a los dictámenes de una jerarquía católica hostil a las libertades modernas.

Ese mismo año,1960, Murray publicó un libro con la intención de disipar estos temores: el título estaba inspirado en el comienzo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América de 1776: We Hold These Truths. Catholic Reflections on the American Proposition [Creemos en estas verdades. Reflexiones católicas sobre el ‘principio americano’].

El libro llegó muy lejos. En 1965, en pleno Concilio Vaticano II, fue traducido al italiano por la editorial Morcelliana, de Brescia, cercana al papa Pablo VI. Y Murray, que fue requerido en Roma como perito de los obispos estadounidenses, fue el principal inspirador y redactor de la declaración conciliar "Dignitatis humanae", aprobada el 7 de diciembre de ese año y que marcó un hito en la libertad religiosa.

El mismo Pablo VI estaba tan convencido de la rectitud de ese punto de inflexión que quiso que las líneas generales del texto fueran votadas y aprobadas por el consejo el 21 de septiembre, para poder ir a Estados Unidos y a la ONU, unos días después, fortalecido por ese “pasaporte”.

El hecho de que Dignitatis humanae sea el documento más controvertido del Concilio Vaticano II no hace más que confirmar su relevancia.

De su negativa nació incluso un cisma, el de los partidarios del arzobispo tradicionalista Marcel Lefebvre y, hoy, de su aún más desatado rival, el arzobispo Carlo Maria Viganò, cuyo último cargo fue curiosamente el de nuncio apostólico en Estados Unidos.

No es de extrañar, por tanto, que Benedicto XVI, en su memorable discurso del 22 de diciembre de 2005, eligiera precisamente la Dignitatis humanae para ejemplificar la correcta interpretación del Concilio Vaticano II, como una “verdadera reforma” hecha “de continuidad y discontinuidad a la vez”.

Una de las razones por las que la Iglesia se distanció de sus posiciones antiliberales en los siglos XIX y XX fue, según el papa Joseph Ratzinger, precisamente el modelo estadounidense:

“Se empieza a tomar conciencia de que la Revolución estaounidense había ofrecido un modelo de Estado moderno diferente al teorizado por las tendencias radicales que surgieron en la segunda fase de la Revolución francesa”.

El modelo estadounidense es el que tiene sus dos piedras angulares en la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos: no establishment, el rechazo de una religión de Estado, y free exercise, la libertad de profesar públicamente la fe.

Para Murray, el origen de estos principios estaba en el filósofo del siglo XVII John Locke, quien a su vez se inspiraba a santo Tomás y a san Agustín.

Para Benedicto XVI, en cambio, la inspiración próxima provenía también de los principios de libertad de algunos Estados modernos, pero tenía sus raíces en el “mismo Jesús” y en los “mártires de la Iglesia primitiva” que “murieron por la libertad de profesión de su propia fe, profesión que no puede ser impuesta por ningún Estado, sino que solo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en la libertad de la conciencia”.

Pues bien, ese libro de Murray que tan importante papel jugó antes y durante el Concilio, ahora vuelve a publicarse en Italia, en perfecta coincidencia con la entrada en la Casa Blanca del segundo presidente católico de Estados Unidos, Joe Biden.

La introducción a esta reedición del libro, editada por Stefano Ceccanti - catedrático de derecho público comparado en la Universidad de Roma “La Sapienza” y diputado del partido democrático, además de presidente de los universitarios católicos en su juventud- fue reproducida íntegramente en “L’Osservatore Romano”, en las mismas horas del juramento de Biden, el 20 de enero:

¿Todo en orden y en paz, entonces, entre la Iglesia católica y el nuevo presidente estadounidense, en el noble surco de Murray y Dignitatis humanae?

En absoluto. Porque con Biden vuelve a salir a la luz una vez más que el problema no es solo la libertad religiosa, sino el qué hacer con esta libertad.

Que la disputa es real y está lejos de resolverse también quedó patente en los diferentes tonos de los dos mensajes eclesiásticos más importantes que saludaron la entrada de Biden a la Casa Blanca: el del papa Francisco y el del presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, el arzobispo de Los Ángeles José Horacio Gómez.

El papa Francisco se limitó a solicitar brevemente al nuevo presidente la construcción de “una sociedad caracterizada por justicia y libertad auténticas, junto con el respeto infalible de los derechos y la dignidad de toda persona, especialmente de los pobres, los vulnerables y los que no tienen voz”.

El arzobispo Gómez, por otro lado, en un mensaje mucho más amplio y articulado, difundido en inglés y español, tras reconocer la sincera fe católica del nuevo presidente y su constante compromiso con “la prioridad que establece el Evangelio para los pobres”, continuó de la siguiente manera:

“Como pastores, los obispos de la nación tienen el deber de proclamar el Evangelio en toda su verdad y poder, a tiempo y a destiempo, incluso cuando esa enseñanza sea inconveniente o cuando las verdades del Evangelio sean contrarias a las direcciones de la sociedad y la cultura en general. Debo señalar que nuestro nuevo presidente se ha comprometido a seguir ciertas políticas que promoverían los males morales y amenazarían la vida y la dignidad humanas, más seriamente en las áreas del aborto, la anticoncepción, el matrimonio y el género. Es motivo de profunda preocupación la libertad de la Iglesia y la libertad de los creyentes para vivir de acuerdo con sus conciencias”.

Y hay más:

“Para los obispos de la nación, la continua injusticia del aborto sigue siendo la ‘prioridad preeminente’. Aunque preeminente no significa ‘única’. Tenemos una profunda preocupación por las muchas amenazas a la vida y la dignidad humanas en nuestra sociedad. Pero, como enseña el Papa Francisco, no podemos quedarnos en silencio cuando casi un millón de vidas por nacer son terminadas anualmente en nuestro país a través del aborto”.

En conclusión, Gómez dijo que esperaba que “el nuevo presidente y su administración trabajarán con la Iglesia y otras personas de buena voluntad”, para “tratar los complicados factores culturales y económicos que motivan el aborto y desaniman a las familias” y “para poner en práctica una política familiar coherente”, en el “pleno respeto por la libertad religiosa de la Iglesia”.

Pero poco después de la publicación de este mensaje, inmediatamente surgieron duras voces de discrepancia por parte de dos cardenales de la corriente, aún minoritaria entre los obispos estadounidenses, más cercana al papa Francisco y al partido democrático, el arzobispo de Chicago Blase J. Cupich y el arzobispo de Newark Joseph W. Tobin, absolutamente contrarios a involucrar a la Conferencia Episcopal en una sistemática oposición provida de las políticas de Biden.

Es una brecha que está presente desde hace años, especialmente después de la promoción de Cupich a Chicago en 2014, y que se ha manifestado también en la disputa sobre si dar o no la comunión eucarística a un político católico que apoya las políticas del aborto, como es el caso del nuevo presidente, disputa que refirió Settimo Cielo en la publicación anterior.

El papa Francisco también está, visiblemente, del lado de quienes prefieren el silencio a la protesta, todo lo contrario que su antecesor Benedicto XVI, quien el 18 de febrero de 2009, tras recibir en el Vaticano a la católica Nancy Pelosi, del Partido Demócrata, entonces y ahora “speaker” de la cámara de representantes de los Estados Unidos y también ella a favor del aborto, emitió este duro comunicado:

"El Papa ha aprovechado la ocasión para mostrar que la ley moral natural y la enseñanza constante de la Iglesia sobre la dignidad de la vida humana, desde la concepción a la muerte natural, obligan a todos los católicos, y especialmente a los legisladores, a los juristas y a los responsables del bien común de la sociedad, a cooperar con todos los hombres y las mujeres de buena voluntad para promover un ordenamiento jurídico justo, orientado a proteger la vida humana en cada uno de sus momentos».

El pasado 21 de enero, Nancy Pelosi reiteró sus posiciones, argumentando que quienes votaron a Donald Trump por su oposición al aborto, en realidad “were willing to sell the whole democracy down the river for that one issue”.

A lo que llegó rápidamente la respuesta de Salvatore Cordileone, arzobispo de San Francisco, diócesis de la propia Pelosi: “No Catholic in good conscience can favor abortion. Our land is soaked with the blood of the innocent, and it must stop.”

El día después hubo otro enfrentamiento entre el propio Biden y el jefe de la comisión provida de la Conferencia Episcopal, el arzobispo de Kansas City, Joseph Naumann, tras un declaración del nuevo presidente y de su vice Kamala Harris en apoyo del aborto legal en el aniversario de la sentencia Roe v. Wade.

Ni una palabra en "L'Osservatore Romano" sobre las intervenciones de Gómez y Naumann.

En resumen, la disputa continúa. Libertad religiosa sí, pero ¿para hacer qué?