Alemania, penúltimo acto

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Aunque no hay confirmación oficial, los obispos alemanes habrían presentado ya en el Vaticano, para que fueran estudiadas, algunas de las propuestas aprobadas en su asamblea sinodal. Entre estas figuran la elección de los párrocos y de los obispos por parte de los fieles, la existencia de comités formados por laicos con poder para anular las decisiones de los obispos si no les gustan, y que se lleve a votación entre todos los católicos si se acepta o no el sacerdocio femenino. Todo esto formaría parte del Foro 1 del Sínodo. Además, otro de los Foros ha aprobado un documento que establece que la comunión podrá ser recibida tanto por católicos como por protestantes.

Estoy convencido de que el Vaticano rechazará todas esas propuestas -la de la intercomunión con los protestantes ya ha sido rechazada por el cardenal Koch- y también las que faltan por aprobar, que van en la línea de bendecir las uniones homosexuales y aceptar todo tipo de relación sexual con tal de que no sea ilegal e impuesta mediante violencia. Una prueba de que ese rechazo se va a producir ha sido la destitución del obispo auxiliar de Basilea, tras haber pedido la convocatoria de un Concilio para la aprobación del sacerdocio femenino.

Este es el penúltimo acto de una tragedia. Porque el último tendrá lugar cuando todo eso se rechace. ¿Qué harán entonces los obispos alemanes y qué harán las poderosas organizaciones de laicos que han impulsado el Sínodo? Algunos, como el obispo de Essen, que es precisamente quien preside el Foro 1, ya dijo hace tiempo que irían al cisma y que éste tendría un alcance mundial, mucho más profundo y grave que el protagonizado por Lutero, porque sus tesis son aceptadas hoy por muchos sacerdotes. En todo caso, lo que ocurra será el final de esta desdichada historia. Se irán o no se irán, pero esto habrá acabado, y no sólo en Alemania. Si los cato-protestantes forman otra Iglesia serán una más de las múltiples sectas que hay y, si se quedan, tendrán que olvidar sus pretensiones porque otra pantomima como este Sínodo fraudulento no se sostiene.

Pero si estamos llegando al final de un camino, es necesario preguntarse cuál fue el principio. ¿Dónde empezó todo? Alguno podría pensar que todo este caos doctrinal, litúrgico y moral comenzó con el Concilio Vaticano II. Yo, por el contrario, creo que empezó justo el día después de que terminó ese Concilio. Porque inmediatamente después el Vaticano II empezó a ser atacado precisamente por aquellos que, aparentemente, habían triunfado en él. A estos, lo conseguido les supo a poco, a muy poco, y empezaron enseguida a hablar del “espíritu del Concilio”. Aunque nunca se definió con exactitud el contenido de ese “espíritu”, sí se sabía que consistía en rechazar la letra del Concilio e interpretarla de forma que se llevaran a la práctica las pretensiones de los que habían querido ir mucho más allá de lo aprobado y que se vieron obstaculizados por la advertencia de Pablo VI de que él no estaba dispuesto a firmar cosas que fueran contra la doctrina de la Iglesia. Pablo VI logró evitar lo peor, pero no pudo evitar que el Concilio naciera como papel mojado para la mayoría de aquellos que habían sido los impulsores de las reformas. Llevamos desde entonces bajo la dictadura del ambiguo “espíritu del Concilio”, que se atreve además a calificar de anticonciliares a los que no aceptan su interpretación radical del mismo, cuando son ellos, en realidad, sus peores enemigos.

Benedicto XVI, que fue teólogo del Concilio y que, al darse cuenta del rumbo que tomaban las cosas, se separó de los que habían sido sus compañeros, luchó siempre por una interpretación del Vaticano II en continuidad con los dos mil años de historia de la Iglesia. Eso le llevó a alejarse de personajes como Han Küng, por ejemplo, lo mismo que le llevó, a él y a otros, a dejar la revista Concilium para fundar una alternativa, Communio, en la que podían expresar sus ideas los que no creían que con el Vaticano II tuviera que nacer una nueva Iglesia. La hermenéutica de ruptura, sin embargo, se ha impuesto en muchos sacerdotes y obispos y ahora cristaliza en el Sínodo alemán. Éste es uno de los frutos del “espíritu del Concilio”. La Iglesia que rompe sus ataduras con el pasado -incluida la Palabra de Dios-, está llegando al final de su recorrido. La ficción de que esa “nueva Iglesia”, como les gusta denominarse, es católica está por acabar. El penúltimo acto ya se está representando y sólo falta el desenlace. O se entierra el Concilio o se entierra el “espíritu del Concilio”, porque éste va contra aquel, pero ambos no pueden coexistir dentro de una misma Iglesia, sobre todo si ésta quiere seguir siendo católica.