El mundo sin Dios

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

“Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa”. Es una frase de Chesterton que sirve como profecía de lo que está pasando. Nuestra sociedad no es la sociedad judía o pagana en la que surgió y creció el cristianismo primitivo; aquellos creían en Yahvé o en los dioses del Olimpo, pero tenían fe. Tampoco es la sociedad medieval, profundamente marcada por la fe en la vida eterna, con sus castigos y sus premios. No es la sociedad moderna, que se desangró por cuestiones religiosas y donde se dirimió con lanzas y cañones si eran necesarias o no las buenas obras para salvarse. Ni siquiera es la sociedad contemporánea que sigue a la revolución francesa, que, al fin, veía a la religión como un instrumento necesario para dar una cierta moralidad al pueblo. Hoy vivimos en una sociedad post cristiana, pero también post religiosa. Como dijo Pessoa, es una sociedad que, mayoritariamente, ha abandonado la fe de sus mayores por el mismo motivo por el que éstos tuvieron esa fe: por ninguno. Es una sociedad que no cree en Dios pero que tampoco cree en el hombre, porque se ha vuelto desconfiada e incluso con ramalazos anarquistas. Es una sociedad centrada en la búsqueda del bienestar, porque ha dejado de creer que después de esta vida haya algo. La cuestión de la vida eterna -presente en la Humanidad desde sus orígenes- hoy es irrelevante y la aportación de la Iglesia como guía moral de la sociedad es rechazada incluso con violencia.

Este no es un análisis pesimista de la sociedad, porque no soy pesimista. Tampoco, sinceramente, soy optimista. Simplemente, soy un creyente que tiene esperanza. Como creyente, sé que Dios es el Señor de la historia y que todo este ajetreo que se traen para construir un mundo sin Él, fracasará. La esperanza no sólo me sirve para mirar a los ojos a la hermana muerte sin que se me tuerza el rostro, sino también para estar seguro de que esta oleada de ateísmo adolescente pasará. Pero, además de tener fe y de tener esperanza, tengo un poquito de inteligencia y completo la predicción de Chesterton, que se está cumpliendo, con aquellas palabras que Jan Tyranowski, el sastre místico, le dijo al joven Karol Wojtyla cuando éste dudaba entre apuntarse a la resistencia armada contra los nazis o entrar en el seminario: “El mal se destruye a sí mismo, tú dedícate a hacer el bien”.

El mal se destruye a sí mismo. El mal sólo sabe destruir y, primero, empieza por destruir el bien que encuentra, pero luego se revuelve contra sí mismo y lo que deja tras de sí es un paisaje en ruinas. Unas ruinas en las que el hombre, ningún hombre, puede habitar. Por ejemplo: el Estado de Nueva York ha permitido los vientres de alquiler. Mujeres pobres se van a convertir en matrices asalariadas para aquellos que puedan pagarlas. Pero es que, a la vez, está permitido el aborto por decapitación (se interrumpe un instante el parto, una vez que ha asomado la cabeza del niño, y se le introduce una aguja en el cerebelo que le provoca la muerte, a modo del descabello que se da a las reses). Sumando las dos cosas, ¿cuánto tardarán en engendrarse seres humanos, en esos vientres de alquiler, para ser sacrificados al nacer y poner sus órganos a la venta? Si es que no se está haciendo ya, el negocio de las multinacionales del aborto va a aumentar considerablemente porque pondrán en el mercado órganos para trasplantes legalmente obtenidos. Engendras al niño, lo matas, lo despiezas como hace el carnicero, y lo vendes. Podremos llegar, incluso, a ver en internet ofertas de órganos y hasta rebajas por acercase la fecha de caducidad.

Ese es el mundo sin Dios. Ese es el mundo en el que ya no hay otra ética que la de la propia supervivencia, en la que siempre perderán los más débiles. Pero ese es, también, el mundo que se destruye a sí mismo. Como dijo Eliot, están haciendo el experimento de construir un mundo sin Dios. Fracasarán. Pero, mientras tanto, protejamos a nuestras familias. Y proteger a nuestras familias implica formar parte de una familia mayor, la de la Iglesia, que no ceda ante la presión de lo políticamente correcto y tenga la valentía de seguir predicando íntegro el mensaje de Jesucristo.