Daniel Baztarrika SJ

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Ayer viernes 15 de Febrero murió el sacerdote guipuzcoano Daniel Baztarrika, jesuita. Nacido en 1935 en Azkoitia, población colindante con la Azpeitia de San Ignacio, era un sacerdote bastante bien conocido en la diócesis de Bilbao. Varios años profesor en el colegio de los jesuitas en Bilbao y más tarde y durante muchos años sacerdote de la "residencia de los jesuitas" ofició la misa dominical en euzkera. Todos los días atendía el confesionario y en todas las misas dominicales se hacía una larga cola para que escuchase en confesión. Y así nos conocimos.

Fue hace casi 6 años. Mi mujer ya estaba embarazada de nuestro primogénito. Comencé a ir a la parroquia pues el horario me venía bien. Decidí confesarme. El cura estuvo agradable pero me dijo algo un tanto imprudente. Curiosamente no me sentó especialmente mal. Semanas después repetí confesor. Y así hasta hace 3 semanas, cuando me escuchó en confesión por última vez (sin saberlo ninguno de los dos). Su prioridad siempre fue lograr que no decayera. Que lograse mantener una tensión espiritual y no me alejara del sacramento de la penitencia. Me repetía dos cosas constantemente "sigue siendo bueno" y "aguanta" ante las dificultades maritales. Parecerá una bobada, pero ambas frases, acompañadas de un montón de horas de conversación y cariño me han ayudado mucho estos años.

En los pocos años que le he tratado (qué envidia me dan sus viejos amigos llenos de miles de experiencias compartidas) me ha dado para un puñado de anécdotas de dudoso interés para quien no lo conociera. Pero si en algo estiman mi opinión créanme cuando les digo que he tratado muy de cerca con un hombre bueno, con un Santo, más en la línea del beato Gárate que en la de San Ignacio. Humilde, servidor, prudente y fiel. Nunca le vi enfadado, aunque si le viese contrariado, nunca criticó a nadie aunque atacase y desmontase sus tesis (enorme labor la que hizo entre los jesuitas de Bilbao desmontando a Pagola y sus desatinos). Nunca le vi pidiendo un favor para él, aunque él los hiciera hasta hartarse.

Y como tantos profetas, en su tierra no fue admitido. El obispo diocesano, invitado a acudir a un homenaje público sabido su delicado estado de salud, prefirió enviar un escrito; entre sus pares le trataron con afecto, el afecto que se tiene a un buen hombre, sin apreciar que su bondad no era genética, sino que nacía de su amor por Jesucristo y por la Virgen. ¡Pues vaya si era mariano! Yo le ayudaba en misa, y le insistía en que cantaramos una bonita canción de los más reinvindicativa, que nos proclama como cristianos, como "de Cristo". Es una canción que se canta al despedir la misa. Pues nunca la cantábamos. Decía que la misa debía terminar cantandole a la Virgen y así lo hicimos siempre (excepto los 31 de julio, que le cantábamos a San Ignacio).

Desde que muriera mi hermana pequeña hace ya muchos años no sentía esta pena y esta tristeza. Me siento huérfano y creo que lo quería tanto como a mis padres. No desmerezca esto a mis padres (a los que tantísimo debo, quiero y respeto) sino que ponga en claro mi amor por él. Semanalmente ha sido mi sostén en mi vida religiosa. Me ha dirigido con sabiduria y amor. Ha hecho suyas mis penas y ha disfrutados con mis alegrías.

Como curiosidad diré que del grupo local de la escuela de agradecimiento, tres miembros hemos sido amigos y guiados por él, desde antes de que nos conocieramos. Somos de 3 generaciones diferentes, pero él tenía la capacidad de llegar a todos y llegar hasta el fondo del corazón.

El mundo ha perdido un sacerdote pero ha ganado un Santo que intercederá desde el Cielo. Me alegro por el mundo, pero yo lloro.