Tras la ascensión

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El 17 de Abril, el Papa Francisco dio una catequesis sobre la ascensión y puso el énfasis en dos puntos relevantes. Recomiendo su lectura. Pero mientras lo leíame fijé en otro aspecto que suele pasarse por alto y que quisera que nos hiciera reflexionar.

Primero leamos el texto bíblico:

"Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo.  Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría,  y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios."

El Papa Francisco se fija en el último acto de Cristo, la bendición (uniendolo a su carácter sacerdotal) y la alegría con la que los discípulos regresan a Jerusalén. A mi me ha llamado la atención lo que hacían en Jerusalén, "permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios". Estaban todo el tiempo en el Templo. Y todo el rato alabando a Dios. Tienen claro que el Señor del que se acaban de separar les ha dado tanto que su deber es, llenos de alegría, agradecer lo recibido. Y tienen claro que su deber de discípulos es estar en el Templo. Tiempo habrá para poner el acento en las obras de misericordia. Bien dice el eclesiastés "Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol". Lo primero en el cristiano es el debido agradecimiento a Dios por su infinita bondad. El deber del cristiano es permanecer en el Templo rezando. La oración es el inicio de todo. De ella se derivarán las obras de misericordia. Por eso es un error el planteamiento que hace una parte de la Iglesia cuando contrapone la ortopraxis frente a la ortodoxia y pone el acento en las obras de misericordia perdonando así las ligerezas teológicas, los incumplimientos en los mandamientos de la Iglesia y el abandono de la prácticas rellgiosas.

"Marta, Marta, te afanas y te preocupas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria. Pues María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada."

Este texto, de sobra conocido, deja muy claro el orden de prioridades. El servicio al prójimo, sin dejar de ser necesario es posterior a la primera obligación del cristiano, la alabanza a Dios. Que el ejemplo de los primeros cristianos permanezca en nosotros vivo, que la vida de oración esté llena de tensión espiritual, que no cumplamos ritos, sino que sepamos participar activamente en los sacramentos y que el mundo observe que nuestros actos de misericordia tienen su origen, adquieren su energía en el inicio, en la vida en el Templo.