Agradezco el infortunio

Print
There are no translations available.

Terminaba el mes de Julio, víspera de San Ignacio, santo tan querido por mi, cuando en una reunión imprevista se me anunció la disolución de mi contrato laboral con carácter inmediato. Lo primero fue la sorpresa. Lo segundo un pensamiento en mi esposa, ¡a ver cómo lo encaja! Vive España una crisis muy grande en todos los órdenes y lo normal es que tarde en encontrar otro trabajo; por ello la preocupación es lógica. Pero pasado el shock debo pensar ¿debo estar agradecido al Señor?

 

Agradecemos las cosas buenas que nos dan. Agradecemos un beso, no un sopapo. Agradecemos una sonrisa, no una burla. Por ello tendemos a negar el agradecimiento a las cosas que percibimos como malas. Los regalos "envenenados" los rechazamos y no los agradecemos. Pero ¿cuantas veces una contrariedad ha supuesto a la larga un gran bien? Nos dejó la novia (que todo el mundo menos nosotros entendía que era inconveniente) y conocimos a nuestra esposa. Suspendimos unas asignaturas y en la academia de verano conocimos a nuestro mejor amigo. Perdimos el autobús y gracias a ello dimos un hermoso paseo y conocimos mejor nuestro barrio...

Una mentalidad cortoplacista nos impide valorar honradamente los sucesos y ante la duda nos negamos a agradecer lo que nos acontece. Pues yo, agradezco lo que me ha sucedido, pues es posible que encuentre un trabajo en el que me respeten más, en el que se valore lo que hago y feliciten mis aciertos. Pero agradezco sobretodo mi desocupación pues me ha permitido pasar mucho tiempo con mis hijos, este verano, y dedicarles lo que más necesitan, la atención de su padre, no las migajas a las que les acostumbré debido a mi horario laboral. Agradezco mi tiempo y mi ausencia de estrés, debido a que mi matrimonio necesitaba de mi serenidad, mi mujer precisaba de mi completa atención y no era consciente de lo que ella me echaba de menos, especialmente con la mente completamente puesta en el hogar.

Económicamente las cosas durante un tiempo empeorarán, es lo suyo. Pero a donde vaya mi mente irá mi corazón;  y no pienso permitir que la necesidad (en cierta manera ilusoria) de consumir dirija mi vida hacia lo que no debe. Mi cabeza y mi corazón deben estar mirando a Dios y mi familia. Agradezco al Señor, que me haya dado la oportunidad de centrarme y le ruego que me sostenga cuando la tormenta arrecie.